David Vann: “No creo que la tragedia sea deprimente”

Por Recaredo Veredas.

 

David Vann es el entrevistado perfecto. Es simpático sin empalago y, aunque posea esa capacidad comercial innata en todos los ciudadanos de los Estados Unidos de América, promociona su trabajo sin excesos, sin rechazar cuestiones ajenas a su última novela. Le entrevisté durante el Festival Hay, que tuvo lugar en Segovia a finales de septiembre. Nos encontramos en el bonito y decadente Hotel Las Sirenas, que la organización había escogido como sede central. Está bastante calvo y viste exactamente igual que en todas las fotos que de él había visto: vaqueros, chaqueta azul y camisa blanca.

 

 

Vann ha escrito dos novelas magníficas y traumáticas, que renuevan el difícil arte de la tragedia y muestran a personajes atrapados por su incapacidad para manejar sus vidas y por un paisaje devastador. La segunda, titulada Caribou Island, ha sido publicada hace un par de meses por Mondadori. La primera, la sorprendente Sukkwan Island, fue publicada por la barcelonesa Alfabia. Vann es, por encima de todo, un auténtico escritor. Un profesional de la novela cuyo control la técnica narrativa le permite una combinación de improvisación y precisión, de tradición y modernidad, ni siquiera soñada por autores más bisoños. Por si fuera poco cuenta con un nutrido arsenal de traumas sobre los que puede aplicar el codiciado Stanislavsky literario. Sin duda, Vann es un serio candidato para ocupar el puesto de Cormac McCarthy en el altar de la literatura norteamericana y en el pequeño trono del gótico sureño. Aunque sus novelas, hasta la fecha, no transcurran en el cauce del Mississippi sino en la helada Alaska.

 

Admiro cómo ha conseguido transformar sus vivencias en materia narrativa. Cómo las ha moldeado, alejándose del testimonio y acercándose a una historia universal que cualquier lector puede hacer suya. ¿Le resultó difícil conseguir la distancia respecto de su propia vida, convertir un asunto tan ardiente como el suicidio de su padre en material literario?


Tardé 10 años en saber cómo debía escribir sobre mi padre. No solo por el trauma que me causó su suicidio. También porque todos los miembros de mi familia tenían una versión diferente sobre lo que había ocurrido y sobre por qué había ocurrido. Durante mucho tiempo sentía un exceso de emoción. Pude evitarlo gracias al tiempo y a que me di cuenta de que debe escribirse de forma indirecta sobre aquello que nos importa. Es decir, el autor debe seguir un proceso inconsciente: escribir otra historia para narrar la historia que necesita contar. Así pues, cuando escribí Caribou Island decidí confiar en el instinto y me centré en la descripción de ese espacio en blanco que es el paisaje. Solo contaba con el apoyo del conflicto de Irene, la protagonista. No sabía qué iba a ocurrir cada día. Ni siquiera sabía que el libro iba a tratar del matrimonio –y el libro entero trata del matrimonio- ni que iban a aparecer siete puntos de vista distintos. Había comenzado Caribou Island hace 14 años. Después de escribir 15 páginas no fui capaz de continuar. Luego, en enero de 2009, mientras caminaba por un lago helado, durante un día muy frío de la mitad del invierno, encontré la solución. Quité la primera capa de nieve para comprobar el grosor del hielo. Y me sorprendió comprobar que parecía negro, y muy profundo. Podía abarcar incluso 50 m. De repente me di cuenta de que ese bloque de hielo simbolizaba a Irene mirando hacia sus 30 años de matrimonio. Y en ese momento el libro se puso en marcha de nuevo.

 

Sus protagonistas, tanto en Sukkwan como en Caribou, viajan hasta islas para redimirse, en busca de una paz que se convierte en infierno ¿Por qué utiliza la isla como lugar de redención? ¿Qué significado tiene para usted y para su obra?


Existe una larga tradición, que va desde los poetas románticos británicos a los trascendentalistas norteamericanos, de conectar con la naturaleza para encontrar lo bueno del ser humano. Gary, uno de los protagonistas de Caribou Island, piensa así, cree que la cabaña le va a permitir encontrarse con lo mejor sí mismo. Yo considero, sin embargo, que la naturaleza es un espejo que amplifica y magnifica los sentimientos. Y como lo que ocurre en el interior de Gary no es bueno, lo que regresa del exterior tampoco lo es. Una isla es como un escenario vacío, una especie de teatro, un lugar donde no hay distracción ni escapatoria para los personajes. La isla presiona a los personajes, obliga a que todo lo que tienen dentro salga a la luz. Precisamente esa es la labor de la tragedia: pone de manifiesto las relaciones fundamentales, mostrar la esencia.

 

¿Cree que su obra puede redimir al lector o, por su dureza, hundirle? ¿Cómo es la actitud de los lectores respecto de su trabajo?


No creo en absoluto que la tragedia sea deprimente. Concede significado y sentido a la existencia. En la vida real, cuando mi padre murió, no me importó mucho. Simplemente ya no estaba. Se había ido. Que careciera de ese valor me resultó aterrador. Sin embargo su muerte sí tuvo significado dentro de mi primer libro. Cuando vivimos una tragedia nos damos cuenta de que nuestra vida importa y de que las relaciones que existen entre nosotros también son importantes. Leer tragedia permite que nuestra vida alcance un sentido. En distintos países, distintas personas me han dicho que este libro, en ciertos aspectos, conecta con su vida personal. Por ejemplo, una librera francesa, cuya madre intentó suicidarse,  decidió que no iba a volver a temer aquel recuerdo tras leer Sukkwan Island. Fue un momento muy hermoso, en el que establecí una conexión muy intensa con un lector.

 

Su literatura, por la soledad de los personajes en un paisaje inmenso, es netamente norteamericana. ¿Cómo se siente dentro de su origen y su tradición?


Me siento muy influenciado por Meridiano de Sangre, de Cormac McCarthy. Una novela que, a su vez, fue influida por Faulkner y Melville. Existe una larga tradición de literatura norteamericana centrada en el espacio, sobre todo en los paisajes del oeste y del sur. En las grandes obras de esta tradición literaria la vida interior de los personajes se relata a través de lo externo. Por lo tanto, los personajes se convierten en una extensión del paisaje figurativo. Por ejemplo, en el caso de Cormac McCarthy, describe montañas cuya geología real no es la roca sino el miedo. Esa ampliación del sentido de las cordilleras, convertidas en un paisaje interior que da sentido a todo, es lo que más me atrae de la literatura norteamericana. Cómo encontramos un espacio y lo cambiamos, lo metamorfoseamos para contar lo que queremos. En Caribou Island podemos encontrar varios ejemplos que conectan con esa gran tradición americana.

 

Su obra, aún siendo clásica, ha sido aclamada por sectores críticos muy modernos. ¿Se siente en la tradición o en la modernidad?


Me considero, definitivamente, un neoclásico. Tanto Sukkwan Island como Caribou Island se centran en relaciones esenciales y tratan, y trascienden, un tema tabú. Evidentemente son tragedias, cuyo origen se remonta 2500 años atrás. Lo que puede considerarse moderno es mi falta de control del proceso. Ni siquiera trato de seguir una planificación. En la mitad de Sukkwan Island, continué con la línea provocada por el acontecimiento dramático sin pensarlo, de manera instintiva. Y quizá en literatura clásica no se opera así sino que se continúa con aquello que está pensado y estructurado. Tal vez por eso los críticos modernos encuentran interés en lo que escribo. Porque no trabajo a partir de ideas, ni sé qué va a ocurrir. Es una especie de caos, totalmente incontrolado.

 

Sin embargo, sus novelas están muy estructuradas. Especialmente Caribou Island que es una novela coral y cuenta con un armazón muy sólido.


Sí, es una locura. Aparecen cuatro parejas y todas reflexionan sobre el matrimonio. Resulta increíble que no lo haya planificado de antemano. Es alucinante comprobar cómo el inconsciente puede dar forma, cohesionar y estructurar una obra.

 

Eso dice mucho de su habilidad como escritor.


He estudiado literatura y lingüística. También estructura dramática. Es decir, he estudiado la lengua en profundidad. Combino esa formación con lazos familiares que durante treinta años han estado ahí, queriendo salir. Escribí Caribou Island en cinco meses y medio, siguiendo este método. Y lo que se ha publicado es el resultado, el único añadido fueron seis o siete párrafos sobre el pasado de los personajes.

 

 

Todos sus personajes intentan hallar un equilibrio que no permiten ni su propia conducta ni las circunstancias. ¿Su fracaso es responsabilidad suya o de la sociedad que les rodea? ¿Hay implicaciones políticas en su literatura?


Cuando escribo me centro en los paisajes y los personajes. Cualquier idea política aparece de una manera indirecta. Por ejemplo, afirmar que no encontraremos nuestra bondad y nuestro lado más positivo en la naturaleza, en esa última frontera, es una idea muy antiamericana. Alaska, para los americanos, es una fuente de bondad. Sin embargo, como parece evidente, cuando escribí Caribou Island no lo tenía en cuenta. Lo supe después. En cuanto a por qué los personajes son fracasados o les va mal, así ocurre en la literatura clásica. Nada ha cambiado mucho. Creo que también aparecen reflejos de mí mismo, aspectos aterradores que están tanto en mi interior como en el resto de los seres humanos.

 

¿Cuál será su próximo proyecto?


En la siguiente novela no aparece Alaska, no hay suicidios, ni padres, ni salmones. Se desarrolla en California, en un paisaje ardiente durante lo más crudo del verano. Sucede en una plantación de nogales, está protagonizada por una joven madre y un hijo –otra relación primaria- y transcurre en el verano de 1985, en plena época New Age. Combina la explosión de amor propia de la época y relaciones muy intensas. Se publicará en mayo en inglés y un año después llegará a España.

 

¿Después de tanto abuso y descuartizamiento del salmón en sus novelas continúa comiéndolo?


Sí, claro. Me encanta el salmón ahumado.

 

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