Díptico de otoño

Por Coradino Vega.


 

1. «Continúa la buena racha y casi no apunto nada», dice la primera línea del segundo volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte, que vuelven a ser una gozosa reunión de reflexiones y aforismos tan irónica como La tumba inquieta, tan luminosa como El viajero y su sombra, tan lúcida como los cordiales ensayos de Montaigne o las meditaciones de Marco Aurelio o los punzantes pensamientos de Pascal, pero en la que no hay asomo de moralismo, arrogancia ni cinismo. Si uno es feliz, para qué escribir. La templada alegría que desprende Uriarte no es sin embargo la de un idiota dostoyevskiano. Parte de un carácter bondadoso y tolerante, pero ni es ilusa ni inconscientemente risueña. En su libro hay conciencia de un mundo en el que se toman tranquilizantes, de que la vida puede ser amarga y de la inanidad que puede acabar por arruinarla. Pero todo depende de la mirada: «Hay rostros con un fondo de tristeza que son como una prueba viviente de que la felicidad existe y de que la conocieron». Depende de para quién, decir que se está contento puede resultar un motivo de sospecha o una broma de mal gusto. Cyril Connolly vivió obsesionado con escribir una novela que perdurara al menos diez años. Uriarte escribe en cambio casi como si no quisiera, en una prosa que es una especie de extensión de su temperamento carente de ambiciones: ser escritor, ser alguien en la vida. La historia está plagada de artistas frustrados a los que les importaron las opiniones ajenas más de lo razonable, el reconocimiento de los otros, ese «ser algo». En su diario, Uriarte no arremete; no tiene necesidad. Si acaso deja en suspenso un conato de juicio relativizado: «He leído los recientes libros de Marías y de Bolaño, obras maestras para muchos. No creo que vuelva a ellas nunca». Y aunque, como les ocurre a otros solitarios y perezosos similares, su perspicacia parta de la extrañeza, el distanciamiento y la perplejidad, más que por su spleen o la contundencia de sus certezas, Uriarte nos reconforta con opiniones como: «No me quejo mucho, desconfío poco de la gente, tengo fe en el progreso y tiendo a ver las cosas buenas antes que las malas», o lo que es igual, con la valentía de reconocer que por cuna o naturaleza es un optimista.

 

Si se es feliz, qué sentido tiene la escritura. El verdadero artista debe pasarse el día sufriendo. Pero el otoño es la primavera de la mente, dijo Connolly, quien más o menos compartía el tópico anterior aunque, en todo caso, lo expresaba con uno de sus característicos fogonazos de belleza e inteligencia que, a decir verdad, ayudan mucho a que se crea. Connolly es sublime sin interrupción, genial incluso cuando se refocila en ese tipo de falacias románticas. A veces, su tono sentencioso está a punto de caer en el ridículo, pero sale bien de cualquier situación utilizando un brillante humor que empieza por aplicarse a sí mismo, cuando por ejemplo se ve como un orondo dispéptico. Uno no sabe bien qué fue lo que impidió al afrancesado Cyril Connolly escribir su chef d’oeuvre: si la exigencia derivada de su lucidez o su incapacidad para tomarse en serio (después de flirtear con la depresión y el suicidio durante páginas, suelta: «No es interesante ser siempre infeliz, estar obsesionado con uno mismo, ser ingrato y malvado, y nunca estar del todo en contacto con la realidad. Los neuróticos son unos desalmados»). En cualquier caso, en él, ambas excusas resultan hoy de lo más loables, y si es verdad que no llegó a escribir la novela ideal que durante mucho tiempo tuvo en la cabeza, también es verdad que escribió dos libros entre autoficticios y ensayísticos que se han ido agrandando con el paso del tiempo. En ellos Connolly desmonta cualquier coartada de salud y felicidad típica de la clase media incubadora de «la apatía y el delirio», pero al mismo tiempo se acaba convirtiendo en uno de esos pesimistas que te mejora y amplía la existencia. Estaba convencido de que la estación creativa de un escritor llegaba con el otoño: «El invierno es el tiempo de la lectura, el estudio, la preparación del terreno; la primavera trae el deshielo y la vuelta a la vida; el verano hay que dedicarlo al aire libre, a saciar la necesidad de salud y actividad del cuerpo, pero desde octubre hasta Navidad es el momento de liberar la energía mental acumulada, la dura coronación del año».

 

 

 

 

2. Todo depende de la mirada. Con prisa, y discutiendo, vamos una calurosa tarde de otoño a ver Las bodas de Fígaro. Tras una larga jornada de trabajo alimentario, tengo la cabeza como si llevara puesto un casco. Trato de serenarme fijándome en los árboles que hay junto al río. Winifred Gallagher piensa que el dominio de la propia atención es la condición indispensable no sólo para vivir bien, sino también para transformar todos los aspectos de la experiencia, desde el humor hasta la productividad, pasando por las relaciones humanas. Como cada cual se fija en cosas diferentes, decir que dos personas viven en mundos distintos no es nada exagerado. La vida es la suma de aquello a lo que prestamos atención, por lo que el bienestar no depende de factores externos. Aturdido y descentrado, intento aprehender la diferencia que hay entre un jacarandá y un naranjo, fusionarme con la naturaleza en armonía tipo Spinoza, pero no me sale. A esas horas de la tarde mi cerebro es una caja de guijarros que suenan igual que una clase de 2º de la ESO. No obstante, persevero. Estoy cooptado por el pensamiento positivo de Winifred Gallagher: «La alegría de vivir depende principalmente de tu capacidad para concentrarte en aquello que te interesa». Respiro hondo. Antes de entrar en el teatro, sin dejar de discutir pero habiendo olvidado el motivo por el que comenzamos a hacerlo, le pido a mi mujer un analgésico. Uno empieza a discutir por una camiseta arrugada o una lámpara y, dos horas después, puede acabar divorciándose. Nos sentamos. El tipo trajeado de mi derecha no para de mirar su BlackBerry. Saluda a un hombre que se sienta en la fila de delante. Ambos son médicos. Ambos han sido arrastrados allí por sus respectivas esposas. La del doctor sentado a mi derecha utiliza además un perfume mareante. Connolly no tenía una opinión muy positiva del matrimonio. Ni de los hijos. Ni del comunismo. Hay alguna butaca bien situada, de las caras, vacía. Hasta ese momento no caigo en que aún no he visto a ningún político. Entonces empieza la ópera y, al rato, ya no miro al móvil del médico trajeado, ni me marea el perfume de su mujer, ni me indigna que los políticos falten a la ópera o se pavoneen por allí, como si fueran inocentes. El 15-O, a la hora de las manifestaciones, yo estaba cantándole a mi hijo de cuatro meses: «¡Llantos no, sueño sí!». Pero ahora ni siquiera me acuerdo de Winifred Gallagher. Mozart capta toda mi atención. En el descanso le pregunto a mi mujer si es capaz de nombrarme a un artista que, a lo largo de la historia, haya sabido transmitir alegría mejor que Mozart. A la salida, la luna brilla con todo su esplendor y mi mujer y yo, como si hubiéramos tomado tres copas o tuviéramos veinte años o fuésemos dos idiotas dostoyevskianos, nos agarramos y nos ponemos a estropear una de las arias de Cherubino con Un desio…, un desio…, un desio ch’io non posso spiegar. Más que otoñal, parece una noche de verano.

 

Iñaki Uriarte: Diarios (segundo volumen: 2004-2007), Pepitas de Calabaza, Logroño, 2011. Cyril Connolly: Obra selecta, Debols!llo, Barcelona, 2009. Winifred Gallagher: Atención plena, Urano, Barcelona, 2010.

 

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