[SEFF´11] Regreso del fotograma en blanco y negro

Por Ana Rodríguez Aguilar.

 

El SEFF abre su undécima edición como si de un baúl de recuerdos repleto de recortes de otra época se tratase. Tres películas he tenido oportunidad de ver el pasado fin de semana en el Festival de Cine Europeo de Sevilla: nada tienen en común excepto su tono monocromo.

 

Los muertos no quieren morirse 

 

La encargada de inaugurar el certamen, mostrada por primera vez en la capital andaluza, Los muertos no se tocan, nene (2011), es una adaptación de la novela homónima de Rafael Azcona, una arriesgada vuelta a los años cincuenta que quiere cerrar la trilogía inacabada que el escritor español había iniciado en 1959 junto con el cineasta italiano Marco Ferreri, rodando El Pisito (1959) y El cochecito (1960).

 

Una propuesta valiente, en un tiempo difícil para el blanco y negro. La asumen Juan Gona como productor y un agradecido José Luís García Sánchez que, emocionado al descubrir una sala abarrotada de gente, se arrodilla y proclama al público una y otra vez “sois de puta madre”.

 

Retoman un guión de Azcona que con seguridad no habría logrado pasar por los filtros de la censura hace unos cincuenta años.

 

Luis García Sánchez arrodillado en el SEFF'11 (Fotografía de Ana Rodríguez Aguilar)

  

La mirada de un adolescente que se encuentra descubriendo, con la misma curiosidad, el amor y la muerte; mientras, asiste al funeral de su bisabuelo: don Fabián no consigue llegar a centenario, pues la urgencia de sus familiares de celebrar un funeral en el que el buen hombre habrá de ser nombrado “hijo ilustre” se lo impide. Viendo venir lo inevitable, con una sonrisa en los labios, pronuncia sus últimas palabras: patata, patata!, como quien espera inmortalizarse en el retrato de un grotesco velatorio, su velatorio, cargado de situaciones tragicómicas y ridículas que consiguen, por momentos, rememorar el cine de Berlanga o del propio Ferreri. Personajes todos ellos fuertemente estereotipados, la criada andaluza o la portera, secundarios representados por las actrices Mariola Fuentes y Tina Sainz, que destacaré por ser quienes, en mi opinión, consiguen impregnar de la verdadera esencia costumbrista a la película. De ellos afirma García Sánchez que “tienen una profunda violencia interior, están crispados, pero se traduce en risa”.

 

Contraproducente a esta ambientación es el resultado de un montaje que mezcla largos planos-secuencia para acabar recurriendo al actual encuadre bien cerrado, articulado en el plano contra plano y que, sumado a un deslucido doblaje, despista al espectador situándolo en el límite entre poder digerir con gusto una historia de otro tiempo o darla por desfasada y anacrónica.

 

Quizás por nostalgia o sea debido al desahogo que produce contemplar una ficción que no pretende calar hondo sino esbozar una sonrisa y rememorar a un grande del cine, la sala responde y disfruta. Otra cosa sería decir que la película se encuentre a la misma altura del homenajeado.

 

Corazón helado

  

En el contexto de una gala organizada en el sevillano teatro Lope de Vega que centra toda su atención en el cine ruso, se presenta Heart´s boomerang (2011). Su director Nikolay Khomeriki, dice haber elegido el blanco y negro para su película sencillamente porque le gusta. Es un hombre parco en palabras, que sale al escenario y no se le ocurre otra cosa que decirle a un expectante público que su película le salió aburrida pero que, eso sí, hizo lo que pudo. Tras semejante comentario, no estoy segura de haber podido tallar con objetividad el juicio que, durante la proyección, me iba formando sobre su obra.

 

El protagonista de esta historia, Kostya, trabaja como ayudante de mecánico en el metro de la ciudad. Un día recibe una mala noticia sobre el estado de su salud, y a pesar de que el médico le aconseja cambiar por completo de hábitos, él decide hacer caso omiso a las recomendaciones y guardarse para sí tan dura información.

 

Una película lenta no necesariamente ha de resultar aburrida, pero en la cinta de Khomeriki los planos se repiten hasta llegar a saberse uno la diaria trayectoria del personaje de memoria.

 

Presentación de la película rusa Heart's Boomerang (2011) (Fotografía de Ana Rodríguez Aguilar)

 

Una mirada es la protagonista de la pantalla: la del actor Alexandre Yatsenko, encargado de interpretar al joven Kostya; y se nos antojaría creíble y profunda, de no ser porque no varía en ni uno sólo de los sucesos que le acontecen a este antihéroe. Ni la trágica noticia de una enfermedad de corazón que puede acabar cualquier inesperado día con su vida, ni los encuentros con una simpática novia que, dicho sea de paso, le pone diálogo(o monólogo) al guión, o los escarceos compartidos con otra joven quien se muestra, de una forma desinteresada, dispuesta a enseñarle sus más voluptuosos secretos, le hacen al ruso cambiar la expresión oprimida de su rostro en todo lo que dura el largometraje. Tampoco llegamos a entender si es que la noticia ha sido para él un enorme shock que le ha dejado desarmado de sentimientos o si, en el desolador panorama que diariamente se le presenta, la vida le da lo mismo treinta que ochenta.

 

Los paisajes, eso sí, contraste de espacios abiertos en los que no se distingue elemento alguno sobre unas calles cubiertas por gruesas capas de nieve, con los claustrofóbicos túneles oscuros por los que transita, ruidoso, el subterráneo, consiguen trasmitir el mismo frío punzante que el equipo debió sentir cuando se encontraba rodando exteriores en un invierno de treinta y cuatro grados bajo cero.

 

En un conato de teorización podríamos deliberar sobre la soledad e incomunicación que impregnan un lugar con dificultades climatológicas; pero lo cierto es que este filme acaba sin terminar de definirse.

 

Nikolay Khomeriki, director de Heart's Boomerang (2011) (Fotografía de Ana Rodríguez Aguilar)

 

De arte

  

The artist (2011) no compite en la Sección Oficial del Festival de Sevilla pero es merecedora de las más atentas de las menciones. Esta película, que fue tímidamente mostrada en Cannes y que acabó siendo una de las grandes aplaudidas, sería una sensata candidata a los Premios del Cine Europeo (que concede la EFA), si no fuera por la sombra que le hace el planeta Melancolía

 

La obra, que está  firmada por el francés Michel Hazanavicius, se desprende de lo más artificioso del cine contemporáneo, quedándose desnuda ante un escéptico público, sin colores ni diálogos. Su argumento, lejos de ser novedoso, trata la historia de un exitoso actor de cine mudo que, a la llegada del sonoro, ve caer en picado su carrera, quedando su gloria poco a poco en el olvido. Pero es imposible no sucumbir a los encantos de un espléndido Jean Dujardin, reconocido con la palma de oro, representando a la estrella de bigote fino, George Valentín; y de una joven extra de cine de encantadora sonrisa, Peppy Miller, encarnada por la argentina Bérénice Béjo.

 

Comenta su director que le rondaba la idea de hacer una película muda probablemente porque los grandes directores míticos que más admira proceden del cine mudo: Hitchcock, Lang, Lubitsch, Murnau…; pero, sobre todo, porque entiende que como director uno debe afrontar la responsabilidad de contar la historia de alguna forma muy especial. Por todo, este bello ejercicio metacinematográfico rinde tributo a la historia del cine.

 

Ágil y divertida, no oímos una sola palabra pero su banda sonora es espectacular. La vemos en blanco y negro, sí, pero a mí en el recuerdo se me aparece a todo color.

 

Teatro Lope de Vega, sede del SEFF'11 dedicada al cine ruso (Fotografía de Ana Rodríguez Aguilar)

 

El SEFF´11 inició sus jornadas con entradas agotadas para 15 de sus funciones. El cofre de tesoros proyectados durante estos días en forma panorámica sigue abierto a un público que, si es capaz de deshacerse de sus prejuicios, tendrá la ocasión de disfrutar.

 

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