La que nos espera (7)

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Por Javier Lorenzo.

 

Esta noche me han llamado de comisaría.

 

– ¿Conoce usted a un tal Javier Lorenzo?

 

Era una voz varonil, de esas que están acostumbradas a exigir la documentación.

 

– Sí –me he atrevido a contestar-. Algo le conozco. Ligeramente. ¿Por?

 

– ¿Responde usted de él?

 

– Hombre, responder, responder… ¿Le vale con una interjección?

 

Interjección la que me ha dedicado él, tras lo cual me ha pasado con el interfecto. Le he pedido a Roger que se quedase a mi lado como testigo, decisión que me ha sido muy beneficiosa pues, de habérselo contado yo más tarde, jamás me hubiera creído. El caso es que, como recompensa a sus méritos como interno, la santa institución que  acoge al Lorenzo estimó conveniente y hasta saludable devolverlo durante un día a la sociedad de la que hace tiempo renegó. Ahora se estarán lamentando de tanta liberalidad, que a esta clase de sujetos hay que atarlos en corto. Y aunque le obligaron a que un celador le acompañara en la excursión, el Lorenzo aprovechó que se cruzaron con un fervoroso mitin callejero para, más que escabullirse, salir zumbando como un poseso entre la multitud.

 

La noticia de su fuga pudo causar el alivio de muchos, pese a lo cual se organizó una operación de búsqueda por los lugares que, se suponía, más podía frecuentar: bodegas con barra de zinc y cabezas de gambas en el suelo, antros clandestinos de fumadores no menos clandestinos, sórdidas timbas de cinquillo y pocha y, en el peor de los casos, alcanforadas salas de bingo. La búsqueda, en cualquier caso, fue infructuosa. Nadie podía sospechar que el Lorenzo, según me estaba contando en esos instantes, había hecho algo tan simple como viajar durante todo el día en el metro.

 

– ¿Haciendo qué, tunante?

 

– Investigar –me ha contestado-

 

Así fue, en efecto. De línea en línea, de estación en estación, de andén en andén y de vagón en vagón, el Lorenzo pasó más de diez horas intentando encontrar a alguien que estuviera leyendo “El error azul”, que como sabrán, porque él es muy pesado, resulta ser su última novela. 

 

– Pensé también en los autobuses, pero ahí no se lee tanto. Y estaba lloviendo.

 

– ¿Y encontraste a alguien que lo estuviera leyendo?

 

Hubo un silencio, que empleé para indicarle a Roger que ya podía bajar las cejas. Luego, el Lorenzo me respondió con un profundo sí. Y precisamente ése había sido el problema. Al parecer, la casualidad quiso que topara con algunos lectores. Ante ello, su reacción enfermiza constó de los siguientes pasos: primero, fuertes palpitaciones y sudorosa sensación de bochorno; después, disimulado pero persistente seguimiento y observación del sujeto, así como análisis del más mínimo de sus gestos, y finalmente -justo antes de que se abrieran las puertas- un abalanzamiento sobre la desgraciada víctima, incapaz de entender quién era ese demente que le daba un abrazo de oso, un sonoro par de besos y un emocionado agradecimiento antes de desaparecer. “Cual centella”, ha añadido con su habitual cursilería.

 

El resultado de la aventura fue el que cualquiera se puede imaginar: sucesivamente, un paraguazo, un rodillazo en los testículos, una “metro movie” por los interminables pasillos de Diego de León y, por fin, horas después, una captura tumultuosa en la que colaboró con cívico entusiasmo todo el pasaje de un vagón de la línea 1. Y esto sin contar con las cuatro denuncias por acoso sexual –“obviamente, un malentendido”, ha alegado Lorenzo- interpuestas por tres damas y un escrupuloso caballero ante las fuerzas de Orden Público.

 

Tras colgar, he mirado a Roger que continuaba como si la Reina de Inglaterra se acabara de convertir al catolicismo.

 

– Pero no lo entiendo, señor. Al margen de su extravagante manera de fidelizar lectores, ¿de verdad es ésa su obsesión?

 

– En efecto, apreciado fámulo. Para este pobre loco no hay mayor satisfacción y empeño que el de hallar a una persona con uno de sus libros en las manos.

 

– ¿ Y por qué ha dicho que el tiempo se le acababa, que era su última oportunidad?     

 

– ¡Ah, Roger, Roger! En esto se ve lo bien que te trato, que no te ves obligado a usar el transporte público en horas punta; que si lo hicieras, verías cómo paulatinamente el libro está desapareciendo y está dando paso a las tabletas. Y con una tableta, ¿cómo demonios puedes descubrir con un mínimo de discreción cuál es el libro que está leyendo el del asiento de enfrente? Es como si vinieran forrados de serie y con las mismas páginas. Y al Lorenzo le afectará desmedida y superlativamente porque es un ególatra, pero, si lo piensas con cierta dosis de romanticismo, no deja de ser terreno que pierden la curiosidad y la ensoñación.

 

– ¿Y le va a dejar esta noche en el calabozo?

 

– Ya te digo, que cada día va a peor.   

 

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