Sobre el inicio y el fin del mundo (El árbol de la vida y Melancolía)

Por Recaredo Veredas.

 

Si aplicáramos los símiles económicos que han invadido nuestro lenguaje, Melancolía (2011) sería una obra rotundamente procíclica y El árbol de la vida (2011) anticíclica, casi opuesta al ubicuo zeitgeist. Así ocurre porque nuestro mundo ansía con fervor el apocalipsis y Von Trier nos lo regala, envuelto en dorado celofán. Nos obsequia con heroína pura, inyectada en vena. Malick, sin embargo, aspira a una purificación propia de otros tiempos, de días que no han olvidado lo que supone el horror.

 

Melancolía (2011) y El árbol de la vida (2011) coinciden en su reflexión sobre lo inevitable, sobre el eterno dilema, que parecía agotado por la postmodernidad aunque no lo estará nunca. Sus preguntas son las obvias, las que atormentan a cualquier ser humano, cuestiones que no ocupan apenas espacio en el cine moderno, devoradas por la intrascendencia o por una trascendencia demasiado obvia y pesada, más filosófica que narrativa. Von Trier y Malick abordan nuestra debilidad con pretensiones, con solemnidad pero también con ligereza y, sobre todo, con talento narrativo. Exploran, en suma, las mejores posibilidades del cine.

 

El árbol de la vida (2011) de Terrence Malick

 

También coinciden en la reivindicación de un romanticismo puro, anclado en el XIX, que no anhela la muerte pero tampoco la disocia y en la necesidad de mirar más allá, tanto que ambas alcanzan lugares que nunca jamás pisará el hombre. La película de Von Trier mezcla la  Götterdämmerung wageneriana y el misticismo de Tarkovsky (la espera solitaria del fin en un entorno campestre recuerda, irremediablemente, a Sacrificio). Sin embargo, Lars carece de la espiritualidad del ruso y muestra un futuro tan impío como inevitable, un universo vacío, sin vida, de planetas que rotan en órbitas geométricas, de soles que no iluminan a nadie. Malick, por su parte, cree en la luz, muestra un mundo hecho a la medida de su criatura predilecta (nosotros) y promueve la exaltación de un misticismo complaciente, seguro, tanto como una clase de yoga bikram bajo el sol de California.

 

Desde una perspectiva de género, Malick es mucho más masculino. Von Trier, femenino. El danés, que ha sido acusado de misoginia, cree ciegamente –o parece creer- en la capacidad femenina para mirar más allá, para comprender los motivos del mundo, aunque sea bajo las veladuras del demonio.  Así lo mostraba en Anticristo (2009) y así, también, lo evidencia en Melancolía (2011). Los personajes masculinos de Von Trier son, básicamente, memos, no poseen ninguna capacidad para mirar más allá, para percibir, tras las ilusiones del mundo, el verdadero sentido de la existencia. Sin embargo los hombres de Malick son mucho más firmes, incluso en su fragilidad. Son buenos americanos, capaces de descifrar la cábala con una sola mirada a los horizontes eternos de su tierra.

 

Melancolía (2011) de Lars von Trier

 

La primera parte de la obra maestra de Von Trier podría recordar a The Dead (1987), aunque Huston ame a sus personajes y nuestra estrella les desprecie. Coinciden en la focalización en un  ritual social y en que a la protagonista se le impone una felicidad imposible, que contrasta con la evidencia de una verdad irremediable y dolorosa. La hipocresía provoca una pulsión destructiva, nacida en lo más profundo del espíritu de las protagonistas.  De las dos hermanas: la profeta y la humana. La que se enamora del vigor del planeta que va a liberarla de su dolor y la que, pese a su desdicha, quiere seguir viviendo, tanto que intenta huir con un ridículo cochecito de golf de aquello de lo que no puede escaparse.  Todo ello rodeado por metáforas que responden a la formación de un correlato útil, resultón, pero no imprescindible.

 

Melancolía (2011) es menos atrevida, utiliza recursos dignos del cine de terror más convencional, como el aislamiento en un entorno rural o la inquietud de los animales. Y lo hace con maestría, solo hay que comprobar cómo Von Trier incrementa, con ritmo imparable, la tensión. Cómo en ningún momento aparta la mirada y la mantiene hasta un final que no es el estallido del planeta sino el fundido en negro que le sigue. El silencio infinito, esa caída en la nada, que cierra la reflexión sobre nuestra limitada capacidad para captar lo obvio, para descifrar la realidad cuando, tantas veces, resulta evidente. Malick se muestra más conservador, más optimista. Su película evidencia una intensa confianza en nuestra capacidad para descifrar, mediante la intuición mística, lo que nos rodea. El optimismo no implica pérdida de riesgo. Al contrario, Malick arriesga mucho más, y no solo por su pulsión anticíclica, casi flirtea con el desastre: sólo hay que contemplar sus maravillosas elipsis, la ligereza y contundencia de su historia. Se adentra en terrenos tan frágiles, tan cercanos al ridículo, que solo pueden ser elevados por una extraña combinación de talento narrativo y coraje.

 

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