El inesperado parto de la muerte

Por Antonio Jiménez Paz.

 

Luz de noviembre, por la tarde. Eduardo Laporte. Editorial Demipage. 183 páginas. 15 €.

 

Ya el mismo impulso de apetecerme escribir algo acerca de Luz de noviembre, por la tarde de Eduardo Laporte confieso que me complica el modo de llevarlo a cabo, qué encabezado elegir cuando son tantos los esbozos que se me ocurren… Nunca imaginé que leer en la contraportada un par de párrafos escogidos del interior del libro -uno sobre su madre, otro sobre su padre- , figuras sin las que Laporte no tendría nada que contar, acabara yo en este estado tan lamentable de incapacidad.

 

      Haciendo un esfuerzo y para ir abriendo boca apuntaría de entrada que el lector que decida adentrarse en el libro de Laporte se sumergirá en una historia terrible. En una historia terrible pero sin trucos. Ya el mismo autor advierte en el primer párrafo del prólogo y sin ambages su meollo: “Siempre supe que acabaría escribiendo sobre aquello. Sobre el penoso proceso de ver a un padre desvanecerse día a día, durante el otoño de 2000 que pasé a su lado. Su mujer, mi madre, había sido víctima de un fulminante cáncer de pulmón en febrero del mismo año”. Y a continuación ventila más datos sobre esos dos personajes, sus padres, sobre los que parece revolotear la historia: “Los dos [Philippe y María] eran Philippe Laporte, una firma textil que podría haberse colocado entre las grandes de la moda española, y que lo fue en buena medida durante los años ochenta”. Cuando leí este párrafo me llamó la atención que mi lectura de Luz de noviembre, por la tarde se insertara entre dos hechos noticiosos reales relacionados con el mundo de la moda: la muerte del diseñador español Jesús del Pozo y la exhibición un año más de la pasarela Cibeles. Consideré estos corchetes informativos como una de esas curiosidades que bien podrían formar parte de una hipotética historia de los contextos de lectura. Pero luego aparecieron mis primeras sospechas en forma de interrogantes sobre lo que a mí se me antojaba un desvelamiento casi torpe de Eduardo Laporte. ¿Cómo era posible que el propio autor estuviera interesado en destriparnos la historia? Si no, ¿dónde residía la gracia de este libro, como la de aquella película cuyo argumento alguien te destripa mientras tomas un café y ya no sabes hasta qué punto merece la pena pagar una entrada para visionarla? ¿Era posible que se tratara de un autor tan primo capaz de meter la pata? Pero uno, que también empieza a mosquearse, tropieza de pronto con una frase clave, que no es otra que la que apunta Laporte a continuación del anterior punto y seguido: “Luego se complicó todo”. Y así es: luego todo se complica. Y no me refiero a un enrevesamiento de la misma historia que se ha propuesto contar el autor, el hijo de María y Philippe, a una complicación argumental en favor de la truculencia de una telenovela de sobremesa. No hay un regodeo en lo previsto como catástrofe, pero tampoco un abandono de lo prometido. La complicación es otra. Y es entonces cuando empezamos a deshacernos de esas sospechas sobre  un posible autor primo y balbuciente. Se dejan atrás las páginas del prólogo y de repente se hace presente noviembre y uno se siente casi guarecido por su luz. Descubre de forma sorpresiva que la historia es otra, que no es la película aquella que nos habían contado mientras tomábamos un café sino el café mismo, el que tomábamos mientras nos destripaban lo que era otra película. Ni más y ni menos con lo que nos encontramos es con otra manera de contar “aquello”.

 

     No es nada fácil escribir de forma premeditada un libro sobre la muerte, sobre la muerte como tema central. Nada fácil, digo, y salir indemne. Eduardo Laporte, interesado en aquellos libros “en los que se adivina al autor” -según propia confesión- se ha arriesgado con el agravante de una necesidad de ajustar cuentas pendientes con un momento crucial de su pasado que ha venido tambaleando su presente, al tiempo que lo hace con la voluntad de engrosar ese listado de tipo de autores para los que la experiencia personal constituye el epicentro de sus intereses temático-literarios. Así que una vez despejadas todas aquellas primeras dudas sobre el autor vamos reconociendo su capacitación para convertir lo que temíamos y podría haber sido un dramón de padre y señor mío en otra función menos dramática y más serena, lo que no conlleva carencia de dolor. La función a la que asistimos es completamente la más inesperada. Es como si el prologuista Eduardo Laporte apenas tuviera nada que ver con el que escribió la historia que luego se desarrolla. Y así es: el Laporte prologuista es otro muy posterior cuyo rol es adelantar lo que el otro Laporte llevó a cabo un día, cinco años después del suceso real, bajo la tutela escapista de la memoria, a golpe de recuerdos. De esta manera y con la intención de llamar al orden a la dispersión divide el libro en tres partes diferenciadas que le permiten desgranar todo lo recordado en primera persona, llenar páginas con pormenores y lagunas, escenas color sepia, con recuerdos unas veces vagos y otras, de tan desnudos, crueles. Su memoria sobre los hechos va y viene, viene y va. Un vaivén fruto de unas intenciones naturales de imponer como sea paz y orden en lo vivido de forma desconcertante y casi en un estado entre inconsciente e incrédulo, como no podría ser de otra manera para un muchacho de apenas veinte años. El intento por comprender lo que pasó volviendo a visitar los escenarios donde se consumó la pérdida de sus padres, que en el libro se focaliza sobre la figura paterna, va ganando en intensidad, ilustrando con un estilo indirecto cuál es el tamaño de la orfandad, esa herida cruel y desalmada que quien lo vivió y lo escribe no puede mantener anidada en el silencio o el mutismo del paso de los años. Por eso escribe. Porque el tiempo no cura, y aunque la literatura tampoco al menos sí que puede calmar, sanear, ayudar a conseguir un punto y aparte cuando acucian unos renglones blancos para empezar a vivir independiente del pasado. Por eso Luz de noviembre, por la tarde se origina en un momento en que su autor está más que convencido de que la mejor estrategia de enfrentarse a ese pasado es haciéndolo presente, rememorando en lo posible lo sucedido y soportando por supuesto sus consecuencias. Así que será esa luz mortecina de noviembre la protagonista absoluta del libro: todas las figuras que se mueven dentro de su nebulosa no más que fantasmas que una vez fueron reales, y las escenas cotidianas no más que artilugios para atrapar ese color infame de la naturaleza humana con el que nos viste a cada uno de una forma u otra.

 

     Las armas elegidas para llevar a cabo todo lo expuesto no son otras que un simple cuaderno blanco dispuesto a contener todos esos garabatos o nubes permitidos por el recuerdo, “un cuaderno Clairefontaine con tapas de cartón”, y bolígrafos. Con estos elementos básicos Eduardo Laporte permitirá la entrada al temblor, a la inseguridad, a la duda balbuciente de no sentirse capaz de ser fiel a lo vivido, quizá de donde provenga esa predilección por el uso de frases cortas y aparentemente distantes que, pese a todo, dejan entrever escenas de alto dolor que el lector irá sospechando detrás de esa especie de orden caótico, escenas que casi uno contempla desde las rendijas de las páginas. El dolor siempre queda detrás de las bambalinas del papel interlineado, de los apuntes. El lector verá hospitales, la degradación física de quien va a morir, oirá dictámenes médicos, llegará a oler la muerte, a escuchar los sollozos de la familia, los tragos de saliva de cuantos tienen que ver con con lo acaecido, o simplemente a soportar lapsus de desconcierto que Eduardo Laporte sabe rellenar desde un punto literario de manera magistral… En definitiva, todo lo que puede alumbrar esa luz de noviembre mortecina, la de la tarde, “una negrura poco estimulante para un director de fotografía”.

 

     Lo más gratificante -que también lo hay, y mucho, aunque nos parezca imposible- son los resultados literarios, el artefacto de papel conseguido, el libro en sí mismo. Un libro que en ningún momento sucumbe, como ya indiqué, ante el peso del drama. Quizá tenga que ver en ello la incorporación de una banda sonora sui géneris, los fragmentos añadidos y puntuales de otros escritores, o la inclusión de cierto mapa que no permite perdernos por muy ajenos que puedan resultar para el lector los escenarios locales y diversos por donde se desplazan los personajes. Pero también creo que la pericia del autor como periodista y bloguero vinculada a su particular modo de entender lo que es literatura tienen que ver, incidiendo de una forma efectiva y original en unos resultados tan llamativos para ser su primera obra creativa. Descartando la restricción de los clásicos géneros literarios encuentra un lugar híbrido en el mundo como escritor. Y que todo esto haya sido elaborado y escrito bajo la luz de noviembre puede que también tenga que ver mucho: “Hoy, cinco años después, me acuerdo de él, pero no lo comparto con nadie, no hago nada especial. Sigo con esta rutina de escribir mañana y tarde, solo en el piso, con una actividad que para mí es trabajo y para el resto cualquier cosa”. Quien así se afana se llama Eduardo Laporte, un escritor que nació del parto de la muerte. Y que augura un gran futuro. Si él quiere, claro.

 


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