La destrucción del mito contemporáneo

 

Por Jesús Villaverde Sánchez. (@jesusvs_txetxu)

 

El mapa y el territorio. Michel Houellebecq. Anagrama. 384 páginas. 21’90 €.

 

Sería complicado determinar, si nos preguntasen, cuál es el tema central de El mapa y el territorio. Depende, como todo, del prisma desde el que se mire. Lo que parece estar claro, y todo el mundo coincide, es que, con la nueva novela del enfant terrible dela Literatura, estamos ante la mejor obra europea de 2011.

 

El francés nos presenta a Jed Martin, un artista ciertamente extravagante, que se granjeó su fama con una serie de fotografías de los mapas Michelín. Durante casi toda la trama veremos como Jed prepara su nueva exposición junto a su galerista. Se trata de una colección de retratos de gente desempeñando su trabajo, en la cual nos podemos encontrar desde una bailarina de striptease hasta Steve Jobs conversando con Bill Gates en California.

 

Jed Martin es el personaje que se carga la novela a la espalda. Los temas que se hacen patentes a lo largo de la novela discurren siempre a través de él. El escritor francés utiliza la relación turbia de Jed con su padre, tan ausente como delicada, para reflejar su visión de las relaciones familiares actuales. Utiliza el trabajo artístico y profesional de su protagonista para desenroscar  la especulación y los vaivenes del nebuloso negocio del Arte. Incluso Jed Martin viajará hasta Irlanda para pedirle al propio Houellebecq, que aparece como personaje, un texto para su exposición. Su propia aparición en la novela servirá al autor de excusa para ironizar sobre las relaciones humanas y sobre su propia condición, atribuyéndose una imagen cuanto menos peculiar, y le proporcionará el personaje ideal para realizar su último giro en la trama.

 

Houellebecq descarta la etiqueta de pesimista que se le cuelga. Para él su Literatura no es pesimismo sino un simple reflejo de la realidad que ve. En El mapa y el territorio vemos familias rotas, eutanasia, el poder devastador del dinero, el ocio ignorante de los individuos, las inocuas relaciones humanas y la diaria invasión de la enfermedad y la muerte. Nada más lejos de lo que vemos en la sociedad occidental. Houellebecq recoge muchos de los mitos de la era contemporánea y juega a destruirlos, despedazarlos, convirtiéndolos en mediocres migajas sin ningún valor.

 

Es destacable el magistral giro, tan lúcido como macabro, con que el autor dota a la obra en su tercera y última parte, y con el cual parece deleitarse hasta límites insospechados. Por otra parte es bastante provocador el retrato que hace el francés de personalidades reales como editores, galeristas o su colega Frédéric Beigbeder, autor de Una novela francesa, entre otros. Por no redundar en la ácida representación que proyecta de él mismo en su personaje.

 

El mapa y el territorio gana enteros con cada página que dejamos atrás, hasta llegar a un final sorprendente en el que descubrimos una espléndida última obra de Jed, y un epílogo tan brillante como desconcertante para el lector. En esta novela, ganadora del prestigioso Premio Goncourt, el escritor deja al descubierto muchas luces, pero también muchas sombras, en la que, todos coinciden, puede llegar a convertirse en su mejor obra. 

 

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