El doble giro a la tuerca

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Por José A.Cartán.

 

El versionar clásicos de la literatura nunca ha sido fácil. Me atrevería a afirmar que la tarea ralla en la casi imposibilidad de llevarla a buen puerto. Ya se sabe, cada forma de expresión debe regirse por sus propios códigos de lenguaje, sin que haya un solapamiento entre unas artes y otras. Bien es cierto que tiene que haber cierta reciprocidad en cuanto a las fórmulas que se usan, pero siempre han de imponerse aquellos parámetros lingüísticos que caracterizan la forma expresiva de la que se parte. Y es aquí donde La protectora consigue su propósito, ya que en ningún momento se desvirtúan los códigos lingüísticos del cómic a favor de otros, ya sean exclusivamente literarios, cinematográficos o pictóricos. En todo momento se sabe lo que se está haciendo. Son muy pocos los que saben realizar una amalgama interartística, por llamarlo de alguna forma, de tal calibre, logrando que su idea expresiva se imponga sobre las restantes influencias culturales. José Antonio Godoy, más conocido como Keko, es uno de esos extraños casos que suelen conseguirlo de manera automática.

 

Originario de la mítica revista Madriz, el artista madrileño ha dirigido su atención a lo largo de los años en pequeñas historias o recopilaciones muy sucintas, La isla de los perros, Voraz, Perros y pistolas  o La casa del muerto. A la hora de hablar de historias de mayor extensión son dos las que copan la atención del público: 4 botas y la obra que hoy nos ocupa, La protectora.

 

Ya desde sus inicios en el mundo del cómic se observan las constantes en las cuales Keko irá profundizando a lo largo de toda su carrera; una atmósfera muy influenciada por la estética expresionista y el film noir, así como la utilización superlativa del contraste entre el blanco y negro, que se hace imprescindible cuando se habla de dicho género cinematográfico, la presentación de ambientes sórdidos en los que prima la extrañeza y la presencia de un ligero, pero persistente, surrealismo que invade todas sus historias.

 

Hasta el día de hoy, se han realizado un gran número de versiones, la mayoría cinematográficas, de Otra vuelta de tuerca, de la maravilla literaria de Henry James. Entre las más conocidas habría que destacar la absorbente y claustrofóbica Suspense, de Jack Clayton. Otras, sin embargo, supusieron un duro golpe para la obra originaria, como Los Otros, de Alejandro Amenábar. Lo mejor de todo es que Keko no se limita única y exclusivamente a volcar una versión en cómic de la obra del americano, sino que realiza una continuación del desenlace de la misma. Es decir, ya desde el mismo germen de la obra existe una grandísima ambición por parte del historietista madrileño.

 

El que conozca la obra de Keko sabe que es innecesario comentar nada de cualquiera de sus argumentos. Sus cómics suelen estar repletos de una muy elaborada complejidad temática, alusiva y sugerida, y es de obligado cumplimiento adentrarse en ellas varias ocasiones hasta comprender todos y cada uno de sus detalles. Tal y como se comentaba anteriormente sobre las características que irradia su obra, en La protectora el autor realiza un despliegue técnico y narrativo de órdago. El dibujo es asfixiante, de una suciedad absolutamente deliberada, ahogando al lector de manera constante, sin darle un mínimo resquicio para la toma de un mínimo de oxígeno. El ambiente en el que transcurre la historia, de obvio carácter burgués, se mezcla con otros de claro influjo clasicista, naturalista e, incluso, cubista. Afirmo con total rotundidad que la página en la cual Keko recoge la herencia pictórica de Picasso es la más espeluznante que he tenido el placer de contemplar. Aparte del componente estético, el madrileño realiza un profundo estudio de los secretos del ser humano; los inconfesables y que están poblados de visiones de locura, reflejada a través de la desfragmentación de la viñeta, y la maldad, la cual suele estar apoyada por cinematográficos primeros planos y planos detalle.

 

 

La protectora supone la consagración definitiva de Keko en el panorama actual del cómic, si es que tras la publicación de la magnífica 4 botas aún no la poseía. Una obra de tal impureza estética y de tal sordidez narrativa que asienta a su autor, definitivamente, entre los maestros de lo sombrío.

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