El caparazón de plomo

Por Recaredo Veredas.

 

Pocos libros son capaces de causar un insomnio constante. Tierras de sangre (Timothy Snyder, Galaxia Gutenberg) es uno de ellos. El lector que se enfrente a sus páginas debe asumir noches en vela o, al menos, un incremento sustancial en la densidad de sus pesadillas. Las tierras en cuestión ocupan la franja que separa a dos de los paises más impulsivos y dominantes del planeta: Alemania y Rusia*. Allí, en Polonia, Ucrania, Bielorrusia o las repúblicas Bálticas fueron asesinados 14 millones de no combatientes. 14 millones. Imaginadlos uno detrás de otro. No cabrían en Madrid, ni en Barcelona, los muertos invadirían los valles y las montañas, formando una conurbación como Mexico DF o Buenos Aires. Tierras de sangre es un libro revelador porque muestra que la imagen colectiva que poseemos de la masacre nazi-soviética es solo parte de un horror mucho mayor, solo atisbado por testigos directos, como Vasily Grossman. Evidencia que nuestra visión del espanto queda limitada por el alcance de la penetración aliada en Europa. Las zonas ocupadas por los rusos quedaron en sombra, envueltas en una negrura que solo ahora, después de décadas, empieza a deshacerse. Y lo hace mediante un despertar que el paso de las décadas y la omnipresencia del olvido, sea natural o premeditado, convierte en una reconstrucción.

  

Leyendo Tierras de sangre cualquiera duda sobre las posibilidades de futuro de esa bonita península de Asia en la que habitamos. Se pregunta si la actual paz no es, simplemente, una toma de resuello antes del regreso del estado natural del continente: la masacre. Y se plantea, en consecuencia, si no convendría a la humanidad que, de una vez, nos convirtiéramos en un parque temático poblado por catedrales góticas, delicias gastronómicas, bolsos de 3000 dólares y escritores provocadores adictos al tabaco. Ojalá existan otros caminos. Millones de víctimas potenciales agradecerían que los europeos aún creyéramos en nuestros autoproclamados valores y fuéramos capaces, por una vez, de controlar nuestras inercias. 

 

Acabo de regresar de Estados Unidos. En los rostros de sus jóvenes, al menos de sus jóvenes pudientes, aún brilla la inocencia, la creencia en el futuro y en el ser humano. Sí, han provocado golpes de estado, han invadido países solo por su capricho y han envenenado aire, mar y tierra pero llevan muy poco tiempo imitando nuestras más inveteradas costumbres. Esos hábitos, esa tradición milenaria que entorpece todos nuestros pasos, que nos obliga a movernos con la lentitud de quien soporta un caparazón de plomo. 

 

*Tal actitud no les pertenece en exclusiva. Nosotros también disfrutamos de nuestro momento. En América aún lo recuerdan. 

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