Historias enredadas a la telaraña comunista

Por Estelle Talavera Baudet.

 

Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma. Herta Müller. Ediciones Siruela. 196 páginas.

 

¿Qué mejor manera de hablar de una opresión sin mentarla explícitamente? Herta nos la hace vivir desde dentro de la piel, desde la zozobra de las vidas insignificantes y sin motor dentro de una torre torcida de pisos donde sus personajes vagan, circulan sin rumbo y se enredan en detalles sin fundamento para no tener que asomarse demasiado por la ventana; sería muy fácil caer por ella y poner un dramático e indecoroso final a todo.

 

Nuestra protagonista es citada una vez más para aparecer y soltar cuerda bajo un foco delatador. Trabaja en una fábrica de ropa en plena dictadura de Ceausescu. Salir del presente significa tener que hacerlo a hurtadillas, con el corazón desbocado porque no le pillen a uno cosiendo, en los forros de los trajes de caballero, la última esperanza: “Cásate conmigo”. No hay maldad en ello. No hay maldad en nada, pero un sistema torcido tuerce los gestos más naïf. Así, en un largo viaje de tranvía camino de la citación, la mente vuela a tiempos pasados y a personas que ya no están pero que estuvieron. Esa gran nube de incomodidad y apagamiento surca el techo del tranvía y todos sus viajeros. Entre ellos cruza la mirada de desconfianza.

 

“El viaje rápido. La joroba que el viento le inflaba en la cazadora al doblar la esquina de la calle. Cada mañana yo entraba en la fábrica contra mí misma.” (…) “Se cayó muerto ante nuestros ojos. Lo sacudimos, sus brazos se bambolearon, pero luego se pusieron rígidos. Las mejillas se le pegaron a los huesos, su frente era de bálsamo Vinilin frío, un frío que la gente no debería tener porque no se olvida. Yo se la acaricié varias veces y le abrí los ojos torcidos para que les entrase luz y lo obligase a vivir. Cada movimiento se volvía indecoroso. Su caída nos hizo ver cómo uno niega ayuda y se va quedando frío.” (…) “Sólo entonces salí del parque, pasando de una habitación verde a la acera. Inmediatamente después sentí un zumbido en la oreja, un bichito se había metido dentro. El ruido era definido e intenso, resonaba en toda la cabeza como zancos moviéndose por una sala vacía.”

 

La forma de narrar de Müller es realmente insólita. Decir sin decir abiertamente, sin contar para otro, sino para uno mismo; un diálogo interno que late y sale a disparos, a veces sin rumbo a cielo abierto. A menudo, sin querer, da de lleno en algún pájaro distraído. Su discurso baila de imagen en imagen, y a menudo pivota entre un cuadro colorista y un grabado oscuro y penetrante. 

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