Arlt y España

Categoría: Columnistas,Novela,Opinión |

Por Domingo-Luis Hernández.

 

El amor brujo es la última novela de Roberto Arlt. Cuando apareció en el año 1932, el escritor argentino hubo de percibir lo que se ha dado y persistido en llamar “fracaso”. Por varias razones que explican el discurrir de las aportaciones novelísticas de Arlt. Así, El amor brujo  es incomparable con Los siete locos publicada en el año 1929 y Los lanzallamas, su continuación, en el año 1931; y es incomparable asimismo con su primera novela del año 1926, El juguete rabioso. Desde esa fecha, 1932, y hasta su muerte, en julio de 1942, Arlt mantuvo las tareas periodísticas, dio a la estampa cuentos en número considerable, compuso la parte más intensa e importante de su obra teatral, pero no volvió a publicar novelas. De donde, vista desde semejante atalaya la historia del escritor Roberto Arlt, se deduce que El amor brujo remata al novelista que no supo desprenderse de la presión circunstancial y de la tensión ideológica. Lo uno no es caprichoso recordarlo aquí. Lo segundo es cierto: El amor brujo es el canto cimero del burgués medio atrapado por los convencionalismos sociales y productivos. Y lo uno y lo otro asolan porque este hombre dotado y excepcional sigue sin ser reconocido… Y es cierto que en El amor brujo se encuentran las introducciones más expresamente partidistas de cuantas señaló en sus relatos el otrora contumaz anarquista Roberto Arlt. De manera que, la última novela de Arlt condensa al sujeto más evidente de cuantos creó el autor en el periodo que va del año 1926 (primera novela) al año 1935 (viaje a España). Con ese tono, sin embargo, la crítica y la investigación literaria han tapado uno de los fenómenos más provechosos a la hora de interpretar la obra de Roberto Arlt y de señalar uno de los valores más sobresalientes de su vida. Situemos.

 

Primera instancia: el título. Es consecuente. Lo que soporta el muestrario es la historia de un hombre casado y maduro que seduce a una jovencita y ella se deja seducir por él a pesar de la edad y de estar casado. Mas el título es un robo y tal evidencia en Arlt debe hacernos sospechar. Entonces, Manuel de Falla, músico y música que Arlt adoraba, por sí misma y porque remitía al territorio predilecto de sus proyecciones: España. Es curioso que este momento de la obra narrativa de Arlt no se perciba como el último y angustiante tramo de la huida no satisfecha en la que lleva embrollado el escritor de Buenos Aires desde el año 1926.

 

Conviene desbrozar, entonces, el asunto por partes.

 

En primer lugar, hemos de recordar que la principal de las fugas planteadas por Arlt en sus novelas es la urdida por los conjurados en Los siete locos y Los lanzallamas. En efecto, la puesta en escena de Así habló Zaratustra (Nietzsche) ha condensado toda opinión sobre el asunto. Destruir la sociedad preexistente para dar paso a la nueva humanidad es admitir, como Nietzsche, los fundamentos de los elegidos. Lo nuevo tiene la marca del Paraíso y para ello hay que separar, eliminar.

 

Lo dicho es verdad, pero verdad parca. Lo que Arlt introduce en esa novela (contada en dos partes como el Quijote) es la disfunción entre el ser y lo que al ser se le permite exhibir, esto es, lo que Arlt muestra es la incapacidad del individuo singular para manifestarse tal cual es en un sistema ocupado.

 

La sombra de la locura señala, como reveló nuestro hidalgo castellano, que el equilibrio se encuentra fuera de los códigos intervenidos y manipulados. El paraíso a restituir se conjura con la enseña del origen en cuya esencia está, sin equívoco alguno, la cosa en sí. Por eso hemos de admitir, en segundo lugar, que el iluso arrojo de Augusto Remo Erdosain es equiparable al pavoroso arrojo de Alonso Quijano. Y la trama de Arlt y la trama de ese Cervantes preciso tienen el mismo destino. Arlt lo sabe, porque adora la novela de Cervantes. Por eso mata a su personaje en Los lanzallamas, como Cervantes acabó con el suyo en la segunda parte del Quijote.

 

De manera que si el sistema filosófico de Nietzsche Arlt lo articula en las dos impresionantes novelas que he citado, es evidente que, para concederles el valor que atesoran, es imprescindible contar con la espita de la tradición del idioma que Arlt relee y que centra el sentido de Los siete locos/Los lanzallamas. Repito: si ahí el modelo de pensamiento es Nietzsche y la focalización sale del Demonios de Dostoievski, no es Dostoievski quien proporciona el modelo actancial, ni el admirado novelista ruso y el adorado filósofo alemán son quienes dictan los caracteres definitivos de los personajes.

 

Tres sobresalen: el castrado circunstancial Erdosain, el contrapunto Elsa (su mujer, esa suerte de ruina de la impar Dulcinea) y el falso profeta, el castrado real, el Astrólogo. Curioso: el castrado y falso profeta cumple con la huida de Buenos Aires. Lo hace con el dinero reunido por los cofrades y en compañía de la ex prostitutala Coja, que acepta al falso profeta sin pene y rechaza al iluso y joven Erdosain que tiene pene pero que no le sirve. ¿Estamos ante una suprema metáfora de Roberto Arlt? En definitiva, ¿quién puede huir, el que busca manifestarse en su integridad o el que cumple con los planes, aunque sean planes falsarios?

 

Volvamos al asunto: España. Ése es el destino ilusorio que elige Estanislao Balder a lo largo de El amor brujo. Los cuidados de la joven Irene con la anuencia de señora Loayza (figura madre-suegra) son básicos. Con el traslado propuesto y estudiado hasta el mínimo detalle por Balder (mapas incluidos e información suplementaria sobre hospedaje), dos marcas ilusorias se complementan: la proyectiva (que va de Silvio en El juguete rabioso al protagonista de El amor brujo) y la de la inmigrante señora Loayza, que ve abiertas las puertas del paraíso originario. Irene sabe que lo único que hará posible la unión entre ella y su “novio” Balder es el otro lugar. ¿Por qué Irene se encuentra en semejante contingencia? Para responder a la pregunta dicha repárese en una cosa: en este punto las novelas de Roberto Arlt resultan (¿circunstancialmente?) simétricas. El juguete rabioso se abre con el encuentro entre un viejo zapatero andaluz del barrio bonaerense de Flores (donde Arlt vivió, creció y está ambientada buena parte de la novela) y el protagonista Silvio Drodman Astier. ¿Por qué es esencial esa presencia en la primera posición del relato? Por una de las cuestiones que aporta un valor cimero a la narrativa de Arlt en esta época, antes del mes de marzo del año 1935: el peso del “Sueño Dorado”, la lucha de sus protagonistas, que son hijos de inmigrantes, contra el fracaso. El viejo zapatero andaluz es un traidor a su patria, España, por ser un inmigrante. Lo único que daría sentido a esa traición es el éxito. Pero el viejo zapatero andaluz es un fracasado. Eso muestra Arlt: el espejo de la diferencia. Silvio huye de la espuria imagen inicial en todo el relato. Por esa estampa traiciona al Rengo, el otro contrahecho de la historia, en el último capítulo de la novela. La traición busca un efecto, que el rico Arsenio Vitri ayude a Silvio a abandonar la ciudad de Buenos Aires.

 

El peso de la ciudad de Buenos Aires sobre Silvio Astier es igual al peso de la ciudad de Buenos Aires sobre Remo Erdosain y Estanislao Balder. Todos quieren huir. ¿A dónde? Y otra pregunta: ¿por qué Arlt elige para esa figura central de El juguete rabioso a un inmigrante andaluz, y no a un inmigrante italiano o polaco…? El viejo zapatero andaluz (1926) y la señora Loayza (1932) están unidos por la misma ensoñación: la perdida España. Silvio y Balder comparten con esos personajes el mismo objetivo: la búsqueda del paraíso que Arlt sitúa en España. Dos se cruzan: unos para regresar (y así compensar la traición); otros para perderse en lo absoluto.

 

El viejo zapatero andaluz le alquila a Silvio las diversas entregas de Diego Corrientes, de José María el Rayo de Andalucía o de don Jaime el Barbudo. El viejo estalla de gozo al recordar la Andalucíaque ya sólo es letras y memoria. La señora Loayza está dispuesta a cederle a Balder todos sus haberes a fin de reunir el dinero necesario para realizar el viaje de “regreso”. Ambos, pues, se ayudan. ¿Por qué esas elecciones, repito, de un andaluz y de un apellido vasco tan señalado para los argentinos en relación a España? (Recuerden: el Loayza de aquí es equiparable al Otálora de Borges en “El muerto”.) Porque esa entidad responde a la fábrica que ya dije de Roberto Arlt y porque esas figuras tienen un cordón que las une: la lengua. Y con la lengua libros que se comparten y que señalan rutas sobre el territorio dispuesto. Así, si hablé de Quijote para Los siete locos y Los lanzallamas, si nombré a Falla para El amor brujo, imposible no citar la picaresca en relación a El juguete rabioso. En la primera novela de Roberto Arlt repica lo esencial de esa parte de la literatura española que el escritor porteño conoce al dedillo. Y ahí no sólo se encuentra el Lazarillo; esencial es el Guzmán para interpretar la traición; y el Buscón para la marcha final. Y todas para la organización de los materiales y los sujetos que la pueblan.

 

1926-1935, dije. ¿Es extraño que, cuando el periódico bonaerense El Mundo decidiera enviar a Roberto Arlt al extranjero para dar nuevos bríos a su columna “Aguafuertes”, Roberto Arlt eligiera como destino España?

 

Mirta Arlt recuerda el regreso a Buenos Aires de su padre en el prólogo a la edición de Fabril (1971) de las Aguafuertes españolas. Dice: “Un día apareció la misma proa blanca que se hacía cada vez más ancha. Y estuvo ahí. Igual pero distinto.” ¿Por qué “distinto”?, ¿qué ha ocurrido? Si se manejan bien los datos que conocemos de Arlt, no es difícil aceptar que el hombre que toca de nuevo tierra argentina ha partido su vida en dos: la que llega hasta el desembarco en el puerto de Cádiz en marzo de 1935 y la que se enuncia con el regreso a Buenos Aires desde mayo de 1936. Arlt no sólo lleva en las alforjas el exhaustivo recorrido peninsular que lo detuvo en Andalucía, lo lleva a Galicia, Asturias, Santander, el País Vasco y lo retiene en Madrid; no sólo la experiencia española prebélica, las huelgas, las manifestaciones, las señas del terrible conflicto español que se acercaba y por el que él tomó partido del bando republicano; no sólo se lleva la experiencia marroquí que tanto transformó su existencia y su modo de narrar, por vivir en la Edad Media (como dijo), por oír a los contadores de cuentos en el zoco de Tánger o por adentrarse en la complejidad humana y social de la que él no tenía noticias en Buenos Aires. Arlt llevaba en sus alforjas los pasos que dio sobre el paraíso soñado, las piedras de la historia que tocó, la convicción de que el mundo podía ser contado fuera de la trampa del hombre recluido en sí mismo, en la madeja circunstancial, existencial, que la cercanía le había deparado, cual expresó en la angustiante y decepcionante El amor brujo.

 

Desde el momento en que Arlt tocó el puerto de Cádiz su escritura es distinta. La periodística, de la que destaca la amplia serie dedicada a España, al conflicto español, a los lugares de España que visitó… y la narrativa, cuyo resumen propuso un año antes de morir, en 1941, en Chile y se llamó El criador de gorilas.

 

Pero eso no es todo; se equivocan quienes reducen esa parte de la obra narrativa de Arlt al mero requisito de lo exótico, eso que (conforme a tal mirada restrictiva) aporta Marruecos, y África, y España. No es cierto. Lo que plantea Roberto Arlt es la liberación del sujeto que se repite en el claustro que él nombró y vivió y soportó y padeció y que conocemos por el preciso nombre de Buenos Aires. Y tal cosa fue posible por satisfacer la inquietud en el otro lugar, que ya no es quimérico sino auténtico.

 

La certeza de la joven Irene en El amor brujo, aquí se cumple. Lo que allí fue imposible, aquí se agota. España transforma. La temática de Arlt acaso se extreme en algunos aspectos, como en el de la fatalidad, pero sigue siendo la misma en lo esencial. Cambian los lugares, cambian los ropajes, cambian las culturas; cambia la certeza al fin experimentada de que el peso de la letra puede soportar la alternativa. Eso contienen los cuentos de Arlt en esta segunda y, por desgracia, definitiva etapa de su escritura y de su vida. Varios hay dedicados a nuestro país: “El embrujo de la gitana” (1937), “Una aventura en Granada” (1939)…; alguno es meritorio, como “La fuga” (de 1939). Insisto en que semejante actitud la depara el traslado real al territorio que Arlt eligió como refugio y sentencia de su proyección: España.

 

Subrayo un hecho. Arlt vivió los molinos de viento en Flores, su barrio. A ellos les dedicó un “aguafuerte” a principios de los años 30.

 

Las aspas de los molinos de la infancia se mueven por un viento evocador: molinos que Arlt leyó en una novela de España. En las Aguafuertes españolas que Arlt seleccionó en el año 1936 hay otros molinos de viento, los de Vejer dela Frontera, en Cádiz; molinos de viento que se encuentran en los primeros pasos que Arlt dio por el territorio español. Pero esos molinos no evocan; muestran. Muestran a un personaje que se llama Quijote y que confundió los molinos de viento con gigantes en una zona precisa del lugar que comenzaba a recorrer Roberto Arlt, es decir, España. Tal hecho cobra una importancia capital en este caso porque, por semejante aventura, el tal Alonso Quijano se dobló definitivamente, para regocijo y entusiasmo de un tal Roberto Godofredo Christophersen Arlt. Eso ocurrió cuando Quijano logró el sueño de ser Quijote a fin de remediar entuertos y otros manejos de la arritmia y molicie circunstancial que atenazaba a España.

 

España, el país que Roberto Arlt visitó para asentar con solvencia su nueva posición en el planeta.

 

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