No te signifiques (45)

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Por Jorge Díaz.

 

Una novela vale aproximadamente veinte euros. Diecinueve con noventa es lo que va a costar la mía, “La justicia de los errantes”.

 

–          ¿Momento promoción?

 

–          No me viene mal. Así os acordáis, que sé que estáis deseando leerla; ya sabéis: Plaza & Janés, a la venta el día 15. Si esa mañana veis a alguien parecido al gigante de Harry Potter merodeando por las librerías del centro de Madrid, pedidle que os la firme, seré yo.

 

Lo normal en un contrato de edición es que el autor se lleve el diez por ciento de las ventas, es decir, un euro con noventa céntimos por cada ejemplar, de ahí hay que quitar los impuestos. ¿Sabéis cuánto hay que vender para compensar los meses o los años que un escritor se pasa trabajando en ella? ¿Sabéis cuántos ejemplares se venden de cada novela en España? ¿Os dais cuenta de que para comprar unos zapatos baratos – de esos que yo no uso – hay que vender unos ochenta ejemplares más impuestos? ¿Y que para unos Manolos – que tampoco uso – tendría  que vender una edición prácticamente entera? ¿Os dais cuenta de que necesito ir a la sección de tallas grandes y allí la ropa es mucho más cara? Eso sin contar que soy un poco pijo…

 

Muchas veces discuto con la gente sobre el pirateo, sobre las bajadas de internet, ¿os parece justo? No es una cuestión de leyes, ni Sinde, ni Sopa, ni nada, es una cuestión de ética. ¿No creéis que el autor merece una compensación por esas horas que ha quitado al sueño, a la familia, a los amigos, al ocio…?

 

–          Me llena de pena tu lamento. Yo que tú le escribía al director de El País. Lo mismo tienes suerte y te la publican.

 

–          Que sí, que en esta España de pensamiento único es más popular decir que todo el mundo tiene derecho a la cultura y todas esas falsedades, pero que yo no estoy de acuerdo.

 

–          ¿Falsedades?

 

–          Sí, ni el ocio es cultura, ni los conocimientos técnicos son cultura, ni todo el mundo tiene derecho a la cultura.

 

Hay algo más de cinco millones de parados, el mes de febrero la cifra ha subido más aún, hay muchas familias para las que veinte euros ahora mismo son una pasta.

 

–          ¿Ellos no tienen derecho a leer una novela?

 

–          Todo el del mundo. Las bibliotecas se inventaron hace cientos de años – la Nacional acaba de cumplir trescientos –, las hay presenciales, las hay que prestan los libros y te los llevas a casa, las hay hasta en el metro…

 

A mí alguien me dice que ha leído mi novela en la biblioteca de su barrio y me hace feliz. Yo quiero que me lean y me dan exactamente igual las diecinueve monedas de diez céntimos que acabo de perder.

 

–          ¿Y qué más te da que sea en una biblioteca o que alguien se la baje en su ordenador?

 

–          Lo primero el número, del ordenador se la pueden estar bajando miles a la vez; lo segundo, que el que la pide en una biblioteca la lee, el que la baja la posee. Si quiere poseerla, quiero mis diecinueve moneditas.

 

¿Sabéis cuántos ejemplares tengo que vender para ganar lo que el yernísimo en uno de sus informes copiados de wikipedia?

 

–          Aunque también os digo que nada me haría más dichoso que enterarme de que me han pirateado cientos de miles de veces. Eso querría decir que la novela ha gustado. No llenaría mi bolsillo pero colmaría mi vanidad.

 

–          ¿Tan importante una como la otra?

 

–          No, mucho más importante la segunda. Escribo para tener obituario, lo digo siempre.

 

Pero aún así, quiero cobrar por mi trabajo, como los cada vez menos que tienen trabajo. No me voy a pelear – dialécticamente, entiéndase – con nadie que descargue mi novela pero sí con los que me digan que tienen derecho. ¿Lo quieres hacer?, asunto tuyo, pero no me des con el pensamiento único en la cabeza: no es un acto de justicia social, no se llama piratear, se llama robar.

 

Ah, La justicia de los errantes, mi próxima novela va de anarquistas, de la CNT, de los que se enfrentaban a los pistoleros de la patronal y aprendían desde niños a hacer bombas Orsini; de los que estaban tan distantes de los fascistas como de los comunistas; de los que pensaban que los socialistas eran sólo burgueses moderadamente bienintencionados. Anarquistas de verdad, de los que se la jugaban para que los trabajadores tuvieran derechos y una vida mejor, no niños bien jugando a ser griegos.

 

–          ¿Y te caen bien?

 

–          Me caen bien y los admiro a ratos: todo lo contrario que a los del pensamiento único.

 

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