La que nos espera (15)

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Por Javier Lorenzo. 

 

– Quiero una hecatombe, Roger. Quiero un cataclismo, un desastre de proporciones bíblicas. Quiero que se organice la mundial.

 

– ¿Con la que está cayendo, señor? ¿Aún no le parece suficiente el mal trago que estamos pasando?

 

– Pues no, mi fiel fámulo. Todavía no es bastante.

 

– ¿Y puede explicarme entonces, señor, a qué vienen esas tendencias destructoras? ¿Acaso es la semana maya en algún centro comercial? ¿O es que está releyendo a Nostradamus?

 

– ¡Cá! Este ardiente deseo surge porque, una vez más, he llegado a la conclusión de que nos merecemos cuanto nos pase, Roger. Viene porque ya está bien de tanta tontería y tanta arrogancia. Queremos someter y domeñar el Mundo, la Naturaleza, la Vida, y hemos perdido de vista que no somos más que unas insignificantes briznas sujetas al ridículo Albur que nos concede lo Inevitable.

 

– ¡Ya estamos otra vez! Cuando empieza a ponerle mayúsculas a todo, en plan germano, me entran sudores fríos.

 

– Pues coge una toalla y sécate, currutaco, pero no me detendrás. Y voy a ponerme serio. ¿Es que no lees los periódicos? ¿Es que, una y otra vez, no te preguntas adónde vamos a llegar?

 

– De verdad, señor, que, más que serio, es usted de un tremebundo…

 

– ¡Pero si es que el mundo va al revés! Y ahí va un ejemplo. Ponte en la piel de esos padres que han sido denunciados por su hija de dieciséis años, la cual ha obtenido la muy pronta y eficaz colaboración de la Benemérita y de la Justicia. ¿No te escandaliza? ¿No te entran ganas de gritar, de romper algo? Y no sabes qué es peor: la indefensión de los progenitores, acusados de detención ilegal por haberla castigado sin salir de juerga una noche; la bajeza moral e ingratitud de la niña, a la que posiblemente nunca dieron un azote a tiempo; la desmedida colaboración de unas instituciones que interfieren y conculcan la sagrada esfera de lo privado o, por más generalizar, la blandicie y mansedumbre de una sociedad amorfa y medio lela. Si todo saltara por lo aires, ¿lo lamentarías?

 

– Con su permiso, voy a por el agua de litines.

 

– No huyas, cobarde. ¿Dónde quedan las raíces, las tradiciones, la coherencia? Entre todas las incongruencias y paradojas que nos rodean a diario, veo a un fundamentalista islámico fingir una paliza para ocultar una rinoplastia y, tiempo atrás, a unos etarras con la camiseta roja de la selección. Y vale que la gente normal, incluso los políticos y los jueces, se traicionen a sí mismos, ¡pero es que ya ni los fanáticos ni los canallas tienen principios! Y eso es mucho más preocupante, ¿no crees?

 

– Lo que me preocupa es que sea usted un jinete del Apocalipsis.

 

– Al contrario, Roger. Si algo bueno le encuentro a esta crisis es que es posible que se recuperen algunos de los viejos valores, porque en momentos de necesidad se prescinde de lo supérfluo y se va a lo esencial. Y no, realmente no quiero que esto se convierta en la Alemania de entreguerras ni en la Argentina del “corralito”, pero sí que impere el sentido común.

 

– No sólo es usted un antiguo, sino que además está como una cabra.

 

– Pasaré por alto tu impertinente desatino, Roger, y te confiaré que por todo lo expuesto suscribo plenamente el dictamen de la RAE sobre el lenguaje de género políticamente correcto.

 

– Hay que ver, señor, la de vueltas que da para hacer estas columnas.

 

– Eso, encima métete con mis métodos.

 

– Si es que parece usted un sacacorchos.

 

– ¡Calla, maldito! El lenguaje lo es todo. Todo es lenguaje. Y ya era hora de que la RAE tomara cartas en el asunto. Primero, porque esa tendencia presuntamente igualitaria que pretende eliminar el plural genérico en masculino lo que consigue es ensuciar y corromper el idioma, que se vuelve tedioso, largo y en ocasiones ridículo. Seguro que te viene algún ejemplo reciente a la cabeza. No se trata, pues, de sexismo, sino de belleza, de claridad, de lógica. También de eficacia. ¿Viste a la filóloga que en el telediario acusaba a la RAE de estar desconectada de la realidad?

 

– ¿Fue cuando el señor comenzó a aullar y a soltar espumarajos?

 

– En efecto. Sostenía, por ejemplo, que era mucho más respetuoso decir Asociación de personas sordas que Asociación de sordos. Y digo yo, ¿no nacería el término “sordos” con el objeto de acortar el de “personas sordas”? Y en una época en la cual la sintaxis se comprime hasta extremos espeluznantes a través de las nuevas tecnologías, ¿es sensato exigir que el idioma se estire hasta el absurdo en aras de una sensibilidad que, por otro lado, la mayoría de las mujeres no comparte? ¿Y es esa exquisita sensibilidad un argumento suficiente para retorcer y estropear una lengua? Elimínense los resabios sexistas que pueda haber en el castellano, pero el plural masculino correctamente usado no es uno de ellos.

 

– Ya dictó sentencia.

 

– No eches sobre mí tu sarcasmo, cuando es a un inglés a quien debo esta obsesión.

 

– No me diga.

 

– Si no has leído aún a Tom Sharpe, querido Roger, hazlo cuanto antes. Ya verás cómo te ríes cuando defina a los enanos como “seres de crecimiento restringido”. Una lástima que los defensores de lo políticamente correcto no tengan energías suficientes para desarrollar la décima parte de su ironía.

 

– No le digo yo que no, pero como sean la décima parte de serios que usted, estamos aviados.

 

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