No te signifiques (46)

 

Por Jorge Díaz.

 

Un día abres un documento de Word y te pones a teclear:

 

–          Ni cuando se está convencido de que es de justicia, resulta fácil matar a un hombre…

 

Está bien, lo reconozco, es una licencia poética, no es así. Evidentemente, antes has leído mucho sobre el tema, has diseñado más o menos la historia y los personajes, has recopilado información…

 

Y lo cierto es que la primera frase del libro tampoco te sale a la primera, le das muchas vueltas, cambias de idea, piensas en empezar por otro sitio… Yo tenía la novela casi acabada cuando la redacté. He pensado varias veces en cambiarla, pero al final se quedó ésta y estoy contento con ella. No es como la de Melquiades, tampoco a mí me pegaría lo del coronel, el pelotón de fusilamiento, el gitano y el hielo. Así que, para lo que yo la quería, la mía es mejor.

 

Vamos a simplificar el proceso de la escritura, sólo para que me quede bien en la columna. Vamos a hacer como si escribir una novela fuera fácil. Volvemos a empezar…

 

Un día te sientas ante el teclado del ordenador, estás en pijama – o en pantalón de chándal y camiseta, que hay de todo – y te has puesto un café en taza grande, americano cortado con un chorrito de leche fría. Abres un documento de Word y escribes:

 

–          Ni cuando se está convencido de que es de justicia, resulta fácil matar a un hombre…

 

Es la primera frase de mi novela; mi tercera novela aunque de momento sólo sea la segunda publicada.

 

La lees, está estupenda. Tienes que archivar, no la vayas a perder, escoges un nombre: novela_durruti_v1, fue el que yo puse. Creas una carpeta nueva: Durruti. Vale, ahora sí, puedes seguir. Ya llegará el título definitivo:

 

–          La justicia de los errantes.

 

No queda mal, ¿no?

 

Han pasado años desde que se te ocurrió que te apetecía escribir una novela sobre ese tema. En mi caso más de diez desde que leí en una novela de Rosa Montero, La hija del caníbal, que dos anarquistas españoles habían recorrido Sudamérica atracando bancos para financiar la revolución en España. Aquel día lo pensé: pues si fueran americanos se habría hecho una película, como son españoles se joden, desconocidos para siempre… Diez o doce años después, en pijama, me senté y empecé a hacerles justicia.

 

Unos meses más tarde, tras muchas horas sentado en pijama delante del ordenador, tras varios cientos de cafés americanos cortados con un chorrito de leche fría, tras decenas de mañanas consultando libros y periódicos en la Biblioteca Nacional, tras exclamar mil veces ¿quién me mandará a mí meterme en este lío con lo bien que vivo con mis guiones?, tras kilómetros de paseos pensando en tus personajes y su peripecia, tras saber de esos dos anarquistas – Durruti y Ascaso – casi tanto como sabían sus madres, te dices a ti mismo.

 

–          Esto está finiquitado, vaya novelón que me he marcado.

 

Nada de modestia, ya tendrás que ser modesto después. En este momento eres el rey del mambo, has llegado donde querías.

 

¿Qué haces cuando acabas? Yo tengo una costumbre poco edificante: me voy a la nevera, saco una botella de champán francés que estoy enfriando para este instante y me la bebo. Yo solo, poco a poco, mientras voy leyendo fragmentos de lo que he escrito. Lo hice en la primera novela y lo pienso repetir cada vez que acabe una novela. ¿Por qué francés? Era el que había aquella vez, probablemente resto de una cesta de navidad de los buenos tiempos. Si la botella hubiera sido de sidra probablemente tendría la misma costumbre y sólo cambiara la bebida, no es un momento gourmet, es una superstición. No tengo nada en contra del cava, al contrario, me encanta, pero al acabar la novela me bebo una botella de champán francés, sin invitar. Y pienso desgravarla, si hace falta presentaré esta columna para demostrar que es una herramienta de trabajo.

 

Desde aquel día han pasado casi dos años: corregí, la mandé a mi agente, la colocó, se firmó un contrato, se hizo toda la labor de edición, se volvió a corregir…

 

La semana pasada la pusieron en las librerías, se me ocurrió pensar en todo lo que había pasado desde que yo me bebí la botella de champán: agentes, lectores, editores, ejecutivos, correctores, diseñadores de portadas, encargados de prensa, comerciales, operarios de artes gráficas, camioneros, libreros y todos los pasos que por ignorancia u olvido me falten. Un montón de gente currándoselo.

 

Y yo la empecé en pijama. La que he montado…

 

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