Entrevista a Luis Leante por “Cárceles imaginarias”

 

Por Benito Garrido.

 

A propósito de su última novela Cárceles imaginarias (Editorial Alfaguara, 2012), hemos entrevistado al escritor murciano Luis Leante.

 

Luis Leante (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1963). Licenciado en Filología Clásica. Ha cultivado diversos géneros literarios: relato, teatro, novela, poesía, ensayo, artículos periodísticos. Además de escribir guiones cinematográficos, algunos de sus relatos han sido adaptados al cine. Ha publicado los libros de relatos El último viaje de Efraín (1986) y El criador de canarios (1996), y las novelas Camino del jueves rojo (1983), Paisaje con río y Baracoa de fondo (1997), Al final del trayecto (1997), La Edad de Plata (1998), El canto del zaigú (2000), El vuelo de las termitas (2003), Academia Europa (2003) y La Luna Roja (Alfaguara, 2009). En el año 2007 fue galardonado con el Premio Alfaguara de Novela por la obra Mira si yo te querré. También es autor de literatura juvenil.

 

Cárceles imaginarias.  Luis Leante.  Editorial Alfaguara, 2012.  Novela.  360 páginas.  18,50 €

 

A veces la historia se convierte en una especie de madeja enredada de la que no se puede sacar nada, por mucho que tires de un extremo. Pero otras veces las casualidades te abren unas puertas a las que tú ni siquiera has llamado.

 

Cuando Victoria, la mujer con la que vivía, muere en un accidente de coche, Matías Ferré cae en una profunda depresión y abandona su trabajo de profesor de historia. Con el paso del tiempo consigue salir del abismo y obtiene una plaza de bedel en el Archivo Histórico de Barcelona. Diez años después del accidente, el encuentro fortuito con un antiguo colaborador de Victoria lo pone en la pista de una investigación en la que ella trabajaba cuando murió. Se trata del atentado anarquista del Corpus en Barcelona, que en 1896 provocó varias muertes, numerosos heridos y una represión brutal y desmedida que mereció una denuncia internacional. En el centro de esta historia surge el personaje de Ezequiel Deulofeu, presunto autor del atentado, cuya vida atrapará, más de un siglo después, al joven Ferré. Dos destinos cruzados que demuestran que el azar puede marcar nuestras vidas. Una novela sobre la importancia de no enterrar la memoria de los acontecimientos y de las personas que nos precedieron.

 

La Barcelona anarquista de finales del siglo XIX es una ciudad convulsa en la que se produce la fractura de un falso equilibrio entre el burgués empresario y el proletario trabajador. Esta historia nos introduce en lo que debieron ser las tertulias anarquistas, en grandes sueños cargados de ideología y pólvora, pero también en torturas, sumarios, prisiones y exilios. Cárceles imaginarias son dos novelas en una, entrelazadas, cruzadas, como lo son casi todos los destinos.

 

Buscamos en el pasado las respuestas que no encontramos en el presente. Y me temo que no siempre hay respuestas para todo”.

 

Entrevista:

 

P.- ¿Cómo  surgió la idea de escribir esta novela?

La novela surge de dos experiencias que con el paso del tiempo se mezclaron y se unieron a otras pequeñas historias que fui atrapando en el proceso de documentación. La primera fue una visita fugaz en 2007 a la ciudad de Valparaíso, que me sedujo por un pasado glorioso y un presente más bien en decadencia. La otra fue la lectura del libro Senior Service, biografía de un editor, donde habla de las pasiones políticas de Giangiacomo Feltrinelli, que es mi editor en Italia. Pero necesitaba distanciarme de un personaje tan cercano en el tiempo y decidí llevarme la novela al siglo XIX.

 

P.- ¿Qué pueden encontrar el lector novel de Luis Leante en Cárceles imaginarias?

La novela es la suma de muchas historias en las que hay dos constantes que se repiten: la curiosidad de buscar en el pasado de las personas para entender mejor el presente y la creencia, casi ciega, de que la vida de las personas responde a un conjunto de casualidades, de cruces de caminos, que nos llevan a las metas más insospechadas. No sirve de nada hacer planteamientos trascendentales de la vida, porque el hecho más insignificante en apariencia nos puede llevar por caminos que nunca entraron en nuestros planes.

 

P.- Investigación, política, historia, aventuras… Si tuvieras que colocar tu libro en el estante de una librería, ¿dónde lo harías?

Me cuesta trabajo ponerle una etiqueta a las cosas que escribo. Soy una persona muy ecléctica en lo personal y en lo literario. Por eso creo que cada lector puede darle una interpretación distinta a la novela y hacer suya la historia. En realidad en esta novela hay un poco de esas cuatro cosas y muchas más, pero mi intención cuando comienzo a escribir no es otra que contar esas cosas que llevo dentro y que me provocan inquietud, a veces insomnio. Es como echar demonios fuera para que otros disfruten con ellos. Si yo fuera librero tendría problemas para colocar el libro en un estante determinado.

 

P.- Del conflicto del Sahara (Mira si yo te querré) a Filipinas.  El tema de las antiguas colonias es algo que te atrae.

La historia me apasiona. Pero sobre todo la historia que no se cuenta en los libros de historia, o que apenas ocupa unas líneas. Para bien o para mal España tiene un pasado colonial muy extenso y para un escritor es una tentación enorme meterse en ese mundo. Y a pesar de todo, creo que es un asunto que no se ha tratado mucho en la literatura. Quizá sea por esa sensación de vergüenza colectiva que a veces nos provoca ver nuestro pasado colonial con distancia. Es un tema al que vuelvo sin darme cuenta, pero siempre está ahí.

 

Luis Leante. Foto © Mª Ángeles López

P.- El anarquismo barcelonés se convierte en uno de los centros de la trama. Algo realmente desconocido para muchos de a pie como yo, que ni siquiera lo estudiamos en el colegio.

Es cierto. Al menos en mi generación tenemos la sensación de que nos han robado una parte del pasado que no aparecía en los libros de texto. A veces es la literatura la que ha ahondado en esos temas más que los propios historiadores. No sé si ahora las cosas están cambiando, pero en general hay lagunas muy grandes sobre cuestiones históricas en los planes de estudios. Empezamos con mucha fuerza estudiando el Cid y la reconquista, pero cuando llegamos al siglo XIX y XX a veces pasamos de puntillas o nos centramos en la historia de nuestra Comunidad Autónoma, de nuestra ciudad, de nuestro barrio. Ese estudio sesgado de la historia es una de las grandes catástrofes de los planes de estudios de los últimos 30 años.

 

P.- El factor destino es algo que marca la trama de tu libro. Realmente, ¿las casualidades de la vida pueden ser tan decisivas a la hora de transformar a una persona?

Para contar todo esto recurro a la experiencia personal. No me interesan las teorías filosóficas o vitales sobre el asunto. Y la experiencia me dice que de las casualidades intrascendentes que se dan en lo cotidiano surgen los grandes acontecimientos que condicionan nuestra vida. Tomar un vuelo por la mañana o hacerlo por la tarde, puede condicionar tu vida. Tomar un taxi o ir a pie, puede ser una elección que te lleve a ser feliz o muy desgraciado. Tomar el camino de la derecha o el de la izquierda en una intersección, puede ser determinante para tu futuro. Por suerte no reflexionamos sobre estas cosas, de manera que los grandes acontecimientos de nuestra vida terminan ocurriendo por casualidad.

 

P.- El pasado y el presente se dan la mano en tu novela. ¿Hasta cuanto condicionan nuestro presente los acontecimientos históricos pasados?

En Cárceles imaginarias el viaje al pasado sirve para explicar el comportamiento de determinados personajes en el presente. Ocurre a veces, cuando somos jóvenes, que tenemos la falsa sensación de que el mundo comienza con nosotros. El pasado es algo borroso sobre lo que no merece la pena ahondar. Hacemos planes, siempre mirando al futuro. Es algo que se oye incluso como un consejo de superación: “hay que mirar hacia delante”. Yo creo que el futuro no existe, y por lo tanto no hay que preocuparse por algo que no existe. Sin embargo, conocer el pasado nos ayuda a entender nuestro presente. Si buscamos en el pasado de nuestros padres, de los abuelos, de las generaciones que nos precedieron, podemos dar respuesta a muchas cosas con las que convivimos sin entender. A veces, nuestros padres guardan silencio sobre su pasado porque quieren protegernos de esas sombras que hay en todas las familia. Por el contrario, yo pienso que cuando uno sabe y conoce es más sabio y más feliz. Es como cargar con una mochila por el desierto sin saber si lleva piedras o agua. Yo quiero saber lo que hay detrás de mí.

 

P.- En tu libro apuestas por la memoria histórica, pero ¿crees que es algo que las generaciones venideras van a tener muy en cuenta?

Apuesto por la memoria de la historia. Pero la novela habla más de la historia individual, casi doméstica. En general, esta curiosidad por el pasado se despierta con los años. Yo no creo que las generaciones futuras vayan a ser muy diferentes a nosotros. Si nos quitan las tecnologías, los elementos propios de la modernidad y esas pequeñas cosas que nos esclavizan en la actualidad aunque nos resultan muy útiles, encontramos seres humanos con las mismas inquietudes, incertidumbres y angustias que hace cientos de años. El ser humano no evoluciona tan deprisa, lo que evoluciona es la técnica y la ciencia. Pero eso no es la esencia, sino un instrumento.

 

P.- Personajes complejos y de caracteres enfrentados, como si el momento histórico vivido también pudiese labrar la forma de ser de una persona.

Es un poco el reflejo de la historia. En nuestro país los enfrentamientos vienen de muy atrás: burgueses y anarquista; anarquistas y comunistas; derechas e izquierdas, monárquicos y republicanos. Los enfrentamientos políticos e ideológicos fueron el modelo social donde se miraron los españoles durante siglos. Y no estoy seguro de que no siga siendo así. Y estos enfrentamientos se reflejan en la vida cotidiana y, por extensión, en los protagonistas de esta historia, que trata de ser ficción, pero no ciencia ficción. Lo público y lo privado son dos caras de una misma moneda y se mezclan en la vida real y en la literatura.

 

P.- Dos narradores diferentes: uno para el presente en primera persona y más personal, y otro más omnisciente para el pasado. ¿Por qué de este cambio de perspectivas?

Primero, porque no quería que fuera una novela histórica, y un narrador desde el presente me ayudaba a conseguirlo. Y segundo, porque para buscar en el pasado me parecía que lo mejor era arrancar desde un presente inmediato. Pero además me daba una mayor perspectiva el cambio de época y me servía para reforzar el contraste entre los dos hilos narrativos o los dos protagonistas.

 

P.- En la parte histórica me parece un libro perfectamente documentado, incluso a nivel de usos de la época.  Un trabajo minucioso y concienzudo.

Para mí es importante el rigor histórico, pero no creo que sea imprescindible documentarse tanto. El proceso de documentación me suele llevar el doble de tiempo que la escritura propiamente dicha. Sin embargo, trato de que la documentación no pese como una losa sobre la historia. El exceso de documentación suele ser un lastre para lo literario. A mí me sirve para moverme con comodidad por la historia y preocuparme por los personajes sin necesidad de estar muy pendiente de cuestiones secundarias. Pero lo cierto es que el 90% de los datos que recopilo durante la documentación quedan fuera de la novela.

 

P.- El mundo de la prensa también tiene un papel decisivo en tu novela.

Lo tiene en la novela porque lo tuvo en la época histórica que se cuenta. Además, las hemerotecas han sido una herramienta de documentación muy importante en esta novela. En los periódicos se escribió la historia con bastante más pasión y menos objetividad que en los libros académicos. Eso he tratado de reflejarlo en la novela y por eso el mundo de la prensa tiene un peso importante como vertebrador de la trama literaria.

 

P.- ¿Qué es lo que te ha resultado más difícil en la escritura de este libro?

Ha sido complicado distanciarme de los personajes. Los dos protagonistas son mi antítesis, pero con frecuencia me veía reflejado en ellos, porque resulta difícil que no se vea la mano de creador. Una vez conseguido eso, a base de reescritura, lo que más trabajo me costaba era encajar las dos historias que se cuentan en el pasado y en el presente, sin que perdieran intensidad y la una devorase a la otra.

 

P.- ¿Es el de escritor, un oficio o una vocación? 

Creo que hay mucho de vocación, pero mucho más de oficio. Me parece que con el deseo de escribir no es suficiente. No solo tienes que tener cosas que contar y ganas de contarlas, sino que hay que saber contarlas. Y eso se consigue con oficio. En mi caso hay más de artesano que de artista. Es más, creo que no hay nada de artista.

 

P.- Entre el mundo de la enseñanza o el editorial, ¿cuál te resulta más complejo?

Es mucho más complicado el mundo editorial. La docencia es cuestión de trabajo y tesón. En el mundo editorial, además, influye la suerte y muchos otros factores externos que el escritor no controla. Y cuanto más tratas de controlarlos, más se te resisten.

 

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