‘Una edad difícil’ de Anna Starobinets

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Por Carlos Flor

 

Es curioso pero de repente un nombre como Anna Starobinets pasa de ser totalmente desconocido para mí a convertirse en alguien a la que quiero seguir la pista y su evolución como escritora. Y esto se debe, fundamentalmente, al trabajo encomiable de editoriales independientes que, por encima de todo, son profesionales. Podrán equivocarse con algunos títulos, pero al menos podrán tener la conciencia tranquila ya que habrán apostado por la calidad de la obra, no por el renombre que el autor pueda tener o por los miles de ejemplares que puedan vender. Claro que una editorial es un negocio. La diferencia entre los grandes grupos y las editoriales independientes estriba en un pequeño matiz: estas últimas entienden que NO solo es un negocio. Y arriesgan. Y, a veces, aciertan. Como con Anna Starobinets.

 

La presente antología recoge ocho relatos de diferente extensión: desde el que da título al libro, de más de setenta páginas, hasta el último relato, Espero, de cuatro páginas, siendo en la media distancia, en torno a las treinta páginas, donde la autora se encuentra más cómoda.

 

Solamente por el cuento titulado como el libro, Una edad difícil, ya compensa hacerse con este ejemplar. En él se nos cuenta la historia de dos gemelos, Maxim y Vika, que viven con su madre, Marina. Tras una otitis aguda, Maxim comienza a comportarse de manera extraña. Tiene ocho años. La historia va y viene hasta los dieciséis. El comportamiento de Maxim es cada vez más preocupante. Se vuelve cada vez más huraño; no se relaciona con nadie y no tiene amigos en el colegio. Además, cada día está más gordo y no se asea. La atmósfera que crea Starobinets es asfixiante e inquietante, capaz de erizar los vellos de punta.

 

Esta es una de las bazas más fuertes de la escritora rusa: la creación de ambientes desasosegantes dentro de la normalidad cotidiana. Algunos de los cuentos, como La grieta o Las reglas, son cuentos más de espacio que de trama.

 

La figura de la identidad y del yo está muy presente en cuentos como Vivos o La agencia, este último, a mi entender, muy borgeano, con una trama pseudopolicial/detectivesca que tanto admiraba el escritor argentino.

 

En La eternidad de Yasha, podemos ver más claramente su influencia patria, concretamente en la figura del genial Gógol. Ese hombre que un buen día se levanta y descubre que no tiene pulsaciones recuerda en gran medida al asesor Kovaliov que perdió su nariz. Pero también el protagonista de La eternidad de Yasha tiene ciertas similitudes con el protagonista de El capote al ser marginado por sus compañeros de trabajo; este por no llevar su prenda de abrigo, aquel por haber perdido el corazón.

 

Por último, La familia, puede leerse (y debe leerse) bajo la clave de la identidad, pero también, o de manera complementaria, en clave social: la monotonía del matrimonio y la vida conyugal.

 

Nos encontramos, pues, con un gran libro de relatos emparentados, por un lado, con la mejor literatura de terror y, por otro, con la mejor tradición rusa.

 

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