Palestina. El hilo de la memoria

 

Palestina. El hilo de la memoria. Teresa Aranguren. Ediciones Barataria. 224 pp. 11,50 €. 

 

Introducción….

A Oriente

 

-Hello, buona sera, bon soir…

Venía subiendo la cuesta desde la parte baja de la ciudad, donde queda el zoco y el bullicio constante. Acabábamos de salir del hotel, el Shepherd, junto al primer círculo, que así llaman a las plazas de la parte alta de Amán, la de la gente rica y los occidentales del cuerpo diplomático: primer círculo, segundo círculo, tercer círculo. Era un hombre que pasaba ya de los cincuenta, traje gris un poco arrugado de una tela ligera y barata con su fibra incluida. Lucía una sonrisa espléndida según avanzaba hacia nosotros recitando frases de bienvenida en todos los idiomas que le venían en ese momento a la mente; no incluyó el español aunque también, y eso lo supimos luego, formaba parte de su bagaje lingüístico.

Nosotros le respondimos en inglés, que es el idioma que siempre viene a la boca cuando hay que hablar en extranjero. No recuerdo bien las primeras frases que nos dirigimos pero sí su expresión tan feliz de haber encontrado compañeros de conversación, seres de otro mundo que respondían a su incitación. Porque respondimos en seguida sin dobles pensamientos, no paramos a hablar con él como si fuese lo más natural del mundo, como si de allí de donde veníamos Occidente, aunque en su versión quizá menos imponente, España (ah, Isbania, brother brother), eso, responder al saludo de un desconocido y detener la marcha, fuese también lo habitual, como si el encuentro fuese lo que se estaba esperando, ése, el motivo de haberse puesto en movimiento, levantarse, pasar por el cuarto de baño, coger las cosas, siempre hay algo que coger, bajar las escaleras, siempre hay unas escaleras que bajar, y salir finalmente a la calle; como si eso, digo, y no el mirar de frente y apretar el paso, fuese lo habitual allá al otro lado del Mediterráneo. 

Era el año 1980 y el mes de septiembre y nuestro destino no era Amán sino Irbid, la segunda ciudad de Jordania, al norte, muy cerca ya de la frontera con Siria, donde V., mi marido, iba a hacerse cargo del departamento de español en la universidad de Yarmouk. Era nuestra primera noche en Oriente. Apenas hacía unas horas que habíamos llegado al aeropuerto de Amán, donde nos esperaba el secretario de la embajada de España, un joven aristocrático que desde el primer momento nos cayó muy bien. Se comportaba con una exquisita combinación de cortesía y calidez que no era solo efecto de su educación de clase -buenas maneras, conversación agradable, no íntima pero tampoco estrictamente convencional- sino de una personalidad que trascendía los modales diplomáticos y dejaba entrever un ser humano bastante atormentado y con un finísimo sentido estético. Ese era J,. nuestro encantador anfitrión, que nos depositó en el hotel no sin antes haber indagado con interés auténtico acerca del ensayo y la traducción del Temblor y temblor, de Kierkegard, que V., había hecho años antes. Era evidente que le resultábamos dos especímenes humanos interesantes, especialmente V., lo que no era de extrañar. V. siempre atraía a las personas a las que le necesidad de autoafirmación no hubiera atrofiado la capacidad de dejarse seducir por la arrolladora combinación de sabiduría, bondad y alegría de vivir que emanaba. Pero no debo detenerme más en él porque está muerto y no es posible transmitir quién era cuando ya nadie puede oírle, mirarle a los ojos, verle vivir. 

Ya entrada la tarde y tras colocar someramente nuestras cosas en la habitación del Sheperd, nos lanzamos a la calle. Sin rumbo y en esta ocasión excepcionalmente sin mapa, solo caminar hacia el corazón de Amán, hacia los barrios no exclusivos de los adinerados, y nosotros allí, como europeos, profesores de universidad, éramos sin duda adinerados. Hacia el zoco. 

 

(…)

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