En el Uadi

 

En el Uadi. Michèle Drouart. Ediciones Barataria. 304 pp. 19 €. 

 

Prólogo

MOVIMIENTO

 

En el principio fue el movimiento, el aliento de Dios sobre el vacío, una apasionada disposición a pronunciar el Verbo. El movimiento es nuestro primer espejo. Recién nacida veo el movimiento, manotazos y patadas al aire de cuatro tentáculos regordetes, cada uno con sus diminutas proyecciones que tienen vida propia. Sin embargo, sé que estoy ligada a ellos. 

Durante mi infancia aprendí a no moverme. Algo -¿la ansiedad de mis padres? ¿una voz de advertencia? ¿la sensación de ser mujer?- me dice que evite toda acción, incluso la de hablar. Esa nada absoluta, ese cero, avala mi innata ausencia de libertad. Pero la mente no permanece quieta. Algo cede y el fantaseo comienza. Viajes imaginarios.

 

Tenía diecinueve años cuando hice mi primer viaje real. Fue una excursión a la isla de Nueva Caledonia en un mixto francés de carga y pasaje. La actividad comercial de este barco me permitió prescindir del crucero de lujo (que de todas maneras no habría podido permitirme) y sustituirlo por el romántico y bohemio viaje de estudiante sin dinero. Mi plaza era un camarote de tercera clase, cerca de la bodega, que compartí con mi primer amor.

Dentro del camarote hacía tanto calor que muchas noches dormíamos en cubierta. Las siluetas de las grúas se alzaban como sombríos mástiles de viejos veleros recortándose contra el fondo de la Vía Láctea que se extendía detrás de ellas. O nos acodábamos en la barandilla de la cubierta para contemplar el reflejo de las estrellas de las agitadas aguas del Pacífico que hendía nuestra proa. 

Cielos lácteos y mares estrellados. Y otras cosas que no desentrañaba. 

El barco hizo escala en dos puertos de las islas Vanuatu, a veces llamadas New Hebrides o Les Nouvelles Hebrides, según cuál de las dos administraciones coloniales se refiriese a ellas. Una auténtica coparticipación. 

Eso fue sólo el comienzo, pero los comienzos son importantes. Creí que recordaría mejor los arrecifes coralinos, los peces de colores, la sorprendente tonalidad turquesa del agua. Pero ahora lo que más persiste en mi memoria es lo que hicimos: caminamos a lo largo de una blanca y resplandeciente playa cerca de Vila y “tomamos prestada” una pequeña canoa. Perdimos el remo. Cuando volvimos a dejarla en la orilla, miramos en busca de dueño. No había más que palmeras, agua, la playa de la blanca y fina arena, y esa canoa que volvimos a dejar donde la habíamos encontrado. La ausencia de gente nos facilitó las cosas, pero también nos las complicó. 

Una tarde, en Santo, contemplé desde la cubierta superior del barco junto a él -ese mismo primer amor- a una multitud de apuestos isleños que subían a bordo. Iban prácticamente desnudos, exhibiendo unos muslos maravillosamente fuertes, y con sus cuchillos reluciendo al sol abrían de un tajo grandes sacos de arpillera llenos de cocos, que a continuación introducían en la bodega con gran alboroto.

En Noumea aprendí a bailar el tamouré. En las montañas de Nueva Caledonia me bañé en manantiales de aguas cálidas y sulfurosas, y nadé en fríos arroyos contiguos. En la Isla de los Pinos hicimos el amor.

A pesar de todo, yo seguía envuelta en mi capullo como en una bolsa de líquido amniótico intacta. Sólo en siguientes viajes las aristas me rozaron, a medida que tomaba cuerpo la idea ligeramente  irritante de que yo no podía ser un cero perfecto conmigo dentro. Yo existía. Ocupaba mi lugar en el mundo, por insignificante que fuese. 

Movimiento. Desvinculación del tiempo y del espacio. Interrupción irreversible del “ser”. Y todavía y por siempre: el más mínimo aliento, revuelo o acto lanza destellos, vibraciones. En toda la trama cósmica repercute la caricia de mi mano, de mis pasos, de mi caminata, del paseo, del baile. 

Del viaje. 

Y la mente que recuerda y cuenta sus recuerdos. 

 

(…)

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