Doce son las tribus, doce las notas… ‘Moses und Aron’ en el Teatro Real

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Por Eloy V. Palazón

La velada prometía y cumplió. Parece que el Teatro Real gusta de dar golpes de efecto al principio y al final de la temporada, intentando mantener el nivel a lo largo de ésta. Y éste ha sido uno de ellos.

La ópera que ha abierto uno de los años más complicados del Teatro –a nivel institucional– ha sido Moses und Aron de Schönberg; es decir, un estreno de alto voltaje. Un duelo de titanes entre dos voces masculinas, con un potente coro por detrás y una nutrida orquesta en una obra cuyo simbolismo escapa a la mente más sesuda. Las explicaciones de que Aron no lleve la segunda “a” –recordemos que es Aarón– van desde la más mística –o maniática, para que el título esté compuesto de doce letras, doce tribus y dodecafonismo o doce notas– hasta la más neurótica –si fuese Aaron entonces el título tendría trece letras y, se supone, que el maestro alemán era triscaidecafóbico; a saber, que le dan miedo los treces.

Moses und Aron en el Teatro Real.

Moses und Aron en el Teatro Real.

Una obra en tres actos que sólo tiene musicalizados dos de ellos. A veces se suele representar los dos primeros y se recita el tercero; pero, en este caso, se ha optado por representar –musicalmente hablando, pues ha sido una versión en concierto y no escenificada, lo que nos permite concentrarnos más en la parte musical– sólo los dos primeros y obviar el tercero.

El duelo entre Moses y Aron es la discusión entre la idea y la imagen: adorar a una idea de la divinidad o la necesidad de representarla de alguna forma, que, trasladado a la ópera, es el clásico debate de si ésta está más cerca del teatro o de la música; es decir, entre la palabra y la música.

La orquesta con la que comienza el curso no es la del Real, pero no nos es desconocida, ya que pudimos disfrutar de ella hace poco más de un año en el maravilloso San Francisco de Asís y esta vez ha vuelto a encandilar, con un sonido potente y una claridad que dejaba trasparente la estructura de la partitura, dirigida por un eficaz Sylvain Cambreling, habitual en el coloso madrileño desde que Mortier asumió la dirección.

Vocalmente hablando, el coro es la gran red sobre la que las demás voces se elevan, un coro, el EuropaChorAkademie, que crece y se afianza conforme la obra va avanzando, al igual que las voces protagonistas. El Moses de Franz Grundheber comienza con grandilocuencia y acaba con contundencia, una voz con presencia que disimula el discreto comienzo de Andreas Conrad (Aron), que resuelve con maestría los agudos pero que tiene altibajos a lo largo de la obra.

El resto del elenco vocal resuelve con solvencia el papel asignado pero sin nada resaltable.

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