Entrevista a Ignacio Ferrando por “La piel de los extraños”

Por Esther Ginés

 

Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) no es ningún extraño en el panorama literario actual. Quienes lo conocimos con “Sicilia, invierno” (2009) estábamos deseando dejarnos envolver, de nuevo, por su particular y cuidado universo, por el ritmo de su prosa y su habilidad para domar el lenguaje y ponerlo al servicio de sus historias psicológicas, insólitas y, a la vez, tan cercanas. Su tercer libro de relatos, “La piel de los extraños” (Menoscuarto), huele a autor consolidado, a escritor que sabe muy bien por dónde quiere llevar al lector. Confiesa que escribir relatos es “un camino arduo y pesaroso”, pero merece la pena por la libertad que le otorga recorrer esa senda. Con este género ha cosechado no solo grandes premios (el NH Mario Vargas Llosa o el Hucha de Oro, por citar algunos), sino el aplauso de la crítica y la fidelidad de unos lectores que cada vez son más numerosos. Pero él no baja la guardia. Es un autor cuyo compromiso con la literatura es encomiable, y eso es algo que nunca pasa desapercibido, tanto para un buen lector como para un crítico que se enfrenta a su obra.

 

“La piel de los extraños” nos presenta once relatos de esos que enganchan, que revuelven por dentro y luego nos dejan pensativos. En ellos, Ignacio Ferrando nos lleva a lugares muy lejanos (Tagfraut y el polvo de su desierto de dunas suaves; las calles silenciosas y desiertas de Nueva Cartago o los tejados de pizarra y las chimeneas de Misjory), pero que podrían estar a la vuelta de la esquina, en la boca del metro que usted coge todas las mañanas. Relatos que nos hablan fundamentalmente de identidad, de relaciones de pareja a través de las cuales comprendemos que no somos quienes creemos o nos decimos ser, historias con personajes al límite. Una brillante metáfora de la vida que llevamos actualmente. No les digo más. Les propongo el juego de adivinar cómo es el tacto de la piel de esos extraños que están esperando a que abran el libro y los dejen echar a andar.

 

-Este es tu tercer libro de relatos, un libro que se lee como un conjunto de historias de un autor muy consolidado. ¿Cómo te enfrentas a él? ¿Percibes un cambio en tu narrativa (o en tus obsesiones literarias) desde el primer libro de relatos hasta este?

Te confesaré que también yo tengo la sensación de que mi búsqueda, que al principio era frenética, es ahora más lenta, como si hubiera encontrando mi lugar y fluyera hacia algo más estable, más remansado. Eso no quiere decir que sepa a dónde voy. No lo sé. Pero sí significa que “La piel de los extraños” es, por ahora, mi libro más maduro. Sigue representando, eso sí, mi mundo personal, el de los comienzos, un dédalo frecuentando por mis miedos, por mis más feroces e insospechados recodos; el estilo, el lenguaje, todo, me resulta más propio. Aunque veo con claridad mis influencias, ya no soy una mezcla de ellas. Incluso las estructuras, la modulación y el componente de búsqueda me resultan menos vertiginosos. Si el camino es largo, con “La piel de los extraños” tengo la sensación de haber recorrido un buen trecho. Y el balance es positivo, claro. Escribir relatos es un camino arduo y pesaroso, pero la libertad que me brinda el camino y las satisfacciones que, en mi caso particular, me han deparado, ha hecho que la balanza sea satisfactoria. O no. Pero no siempre eso es lo más importante.

 

-¿Qué era lo que más te interesaba abordar en “La piel de los extraños”? Hay una frase, en ese relato precisamente, que define muy bien lo que es uno de los ejes del libro: “La piel de los extraños es más caliente o más fría, siempre hay unos grados por encima o por debajo de la nuestra. Y ese diferencial térmico marca y define la intimidad. Uno se acomoda a esa temperatura (…)”. En este texto, y en general en todo el libro, abordas de una manera muy acertada temas como la identidad, la intimidad con la gente que más cerca tenemos, lo que nos decimos, día a día, que no somos, los extraños que habitan en nuestra propia piel. En algunos relatos como ‘Los atardeceres de Tagfraut’, ‘Sistemas’, ‘Liberación’, ‘Babel’ o ‘La piel de los extraños’, por ejemplo, pones a tus personajes en situaciones muy al límite, que se escapan de las manos. ¿Es un libro para este momento actual, en el que todos vivimos casi sin saber qué es lo que nos veremos obligados a hacer mañana?

En “La piel de los extraños” me interesaba abordar un fenómeno insólito que me sucede desde siempre. Y sé que, en esto, no soy el único. Ocurre cuando me presentan a alguien, un desconocido, cuando ese alguien toma mi mano o me abraza, cuando alguien me roza en el metro y se produce un contacto de piel. La piel de los otros es para mí un territorio hostil. No sé si es la variación térmica (como digo en ese texto) o la textura del otro, o ese contacto desapercibido. Pero yendo más lejos, invirtiendo el orden de los factores, yo diría que la extrañeza tiene mucho que ver con ese diferencial térmico, con la sensación de agresión que nos provoca la textura del otro. Esta es la metáfora tras de la cual se esconde un matrimonio que, aburguesado tras quince años de convivencia, decide empezar a des-conocerse. La mujer sostiene que el amor, lo que conocemos por amor, no desaparece a los tres años, ni es una reacción química, ni nada de eso. Dice que ese sentimiento se escinde cuando el otro no carece misterios, de esquina, cuando es previsible. Para ella conocer al otro no es amarle, es amar a un puñado de rutinas. Así que, cada miércoles, esta pareja se dedica a des-conocerse. Durante unas horas pueden actuar al margen del otro, libremente. Y esta certeza de carecer de jurisdicción moral sobre lo que el otro hace, provoca incertidumbres, oquedades, silencios, reacciones ambiguas o no previstas. Desde siempre me han interesado los relatos psicológicos, por lo que tienen de real y falso, por la empatía que suscitan, porque en ellos nos vestimos, durante unos minutos, de los que no somos. La tesis es la de que nunca conocemos al otro (ni a nosotros mismos), que solo hace falta una cierta variabilidad circunstancial para que todo se desmorone. Es cierto que la identidad es uno de mis temas preferidos. Y si la identidad es, además de lo que somos, lo que los otros dicen que somos, existe una relación biunívoca entre las relaciones personales y de identidad. De ahí que me interesen tanto las relaciones de pareja como mecanismos para descubrir los límites y carencias de mis personajes, sus sombras, sus comportamientos anómalos. Sostengo que cualquier hombre sería capaz de cualquier descabello, por brutal y terrible que fuera, bajo unas determinadas condiciones (solo esto explica la historia de la humanidad). Me interesa estudiar sus reacciones bajo estos supuestos “catalizadores”. Cuando escribo, me resulta familiar esa sensación en la que mis protagonistas actúan con una cierta autonomía, de que yo les trazo caminos y ellos emprenden la huida o la retirada por donde les viene en gana. Las situaciones límite, por las que me preguntas, ayudan a aumentar y acelerar el conflicto de que son víctimas cada uno de los personajes (por eso hay tantas series televisivas que transcurren en hospitales, secuestros, casos policiales…). En una situación extrema, bien lo saben los sicópatas, desaparece la hipocresía en que nos obstinamos día a día. Nuestras reacciones tienen un cierto porcentaje de interpretación (saludar a los vecinos, mostrarnos afables, ser unos perfectos cretinos). Pero no así este otro tipo de situaciones. Los protagonistas, de algún modo, se enfrentan únicamente a la verdad de sí mismos. La situación actual tiene un cierto parentesco con lo que digo. Acosados por la prima de riesgo (ese numerito con el que nos meten el miedo en el cuerpo, con el que nos estafan indecentemente a diario), por una clase política tristemente ineficaz y corrupta, y por trabajos cada día más precarios, el individuo se obliga a sobrevivir. Yo diría que vivimos en la antesala de lo incierto y eso provoca mucha angustia y una necesidad de buscar y encontrar al enemigo (por más que el enemigo, en democracia, se escude en la masa y sus ventajas). En este aspecto, el hombre de hoy, podría ser un personaje literario.

 

-La ciencia suele ser un elemento muy importante en tu narrativa. ¿Qué es lo que más te interesa de ella para llevarla al terreno literario?

 

Me interesa de las matemáticas su capacidad para modelar y acotar un pedazo de mundo. Al menos, para generar esa ilusión. Las matemáticas hacen tangible lo que no lo es. El protagonista de uno de mis primeros libros formulaba matemáticamente a Dios (una integral de orden n), nada menos. Supongo que es algún tipo de carencia en mi infancia. En serio. En el fondo, dentro de mi literatura, siempre se han debatido dos caracteres antagónicos. Alguien profundamente lógico y sistemático, y alguien que, a través de la abstracción, pretendía complementar al primero. Si puedo aportar algo a la literatura, creo que tiene que ver con la comunión de estos dos extremos históricamente irreconciliables. La lógica cartesiana ha evolucionado hacia la lógica difusa. Ya nada es cierto o falso en un 100%, como creíamos, sino que puede ser falso en un 23% y cierto en un 77%. Del mismo modo, las matemáticas han evolucionado hacia la abstracción y lo artístico ha dejado de ser un sistema para desdibujar la realidad y convertirse en una eficacísima herramienta de búsqueda. Las matemáticas, convertidas en literatura, se convierten en metafísica. Puede parecer paradójico, pero no me interesa la ciencia, ni lo científico, en mis libros me interesa la literatura y el modo en que el sustrato de la ciencia aporta nuevos supuestos y perspectivas a las relaciones que se establecen entre mis personajes.

 

-Dedicas tu libro “a los que cierran los ojos”. ¿Qué puedes contarnos de ellos?

Bueno, los que cierran los ojos son los que, de algún modo, sueñan. No los que se echan la siesta, sino los que no se conforman con lo que son, con casarse, tener hijos y todo ese tipo de cosas. Hay un alto porcentaje de la población que se complica la existencia en nombre de un intangible. Yo trato mucho con escritores, pero me he dado cuenta de que es un concepto mucho más amplio, incluso casi político. Quizá tiene que ver con algún tipo de enfermedad, de desequilibrio, de carencia, pero me merecen un máximo respeto, quizá porque soy uno de ellos. Yo me he pasado la vida complicándome la existencia. En el libro, uno de los relatos, ‘Los atardeceres de Tagfraut’, habla sobre una academia en la que el profesor ayuda a sus alumnos a viajar sin moverse del sitio. Visualizan una especie de desierto en un sótano lúgubre y oscuro y eso, al menos durante una hora, les traslada y les hace felices. Ven esos atardeceres en el desierto de Tagfraut. Están allí. En realidad, es una felicidad circunscrita a ese sótano, mínima, pero existe y es real. Luego, claro, todo se complica, el profesor es atrapado por sus sueños y… Ahora, más que nunca, vivir así, de un modo creativo, sin miedo a las servidumbres, nos permitirá afrontar los nuevos tiempos que se revelan, cada vez más, como portadores de cambios globales.

 

-¿Cuál es el relato que más te gusta o el que más te ha costado llevar al papel?Personalmente, destaco dos (por no extenderme) que me impactaron mucho: ‘Los atardeceres de Tagfraut’ y ‘Los tres violines’. Del primero destaco su atmósfera envolvente, es un relato muy visual, muy poderoso narrativamente, y la situación al límite que cuentas. Del segundo me encanta el tema de la identidad, un campo que da para tanto y que tú resuelves perfectamente en un relato.

Creo que mi relato favorito es “Liberación”, pero no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es de que no es el mejor relato, ni el más original, pero su voz es muy especial porque tiene una lírica muy fina y, a la vez, resulta brutal. Nunca antes he tenido tan presente esa sensación de ser, no autor, ni escritor, sino testigo de algo que me estaba siendo contado. Esa voz femenina era casi fantasmal. Otros textos me han requerido un mayor trabajo de corrección, pero este texto surgió prácticamente como ha sido editado (algo infrecuente, muy inusual en mi trabajo). Con la voz de “Tres violines”, el relato que comentas, pasó algo parecido. Me pregunté qué sucedería si un día tus vecinos, tus amigos, tu mujer, te negaran lo que tú dices que eres (algo que, por otra parte, sucede más frecuentemente de lo que se pudiera pensar, solo que de un modo menos metafórico). Ese es el punto de partida de Südeck, el protagonista. Tras unos años de guerra en que ha cambiado de un modo significativo, se enfrenta al regreso al pueblo de su adolescencia. Su actual compañera, que desconoce cuál es su pasado, es neutral y, de algún modo, es el espejo en que se mira el lector. ¿Será o no será Südeck? Ni el protagonista lo sabe. Aunque pronto veremos que lo más importante no esto.

-Los lugares de este libro se erigen como grandes protagonistas de las historias. Tagfraut, Misjory, Nueva Cartago, Wescen…el lector es conducido a escenarios muy lejanos, casi irreales. ¿Qué encontraste atractivo en ellos?

Cuando me planteo una trama, la ubico en un lugar que “me ayude a contar”, que sea, más que cartón piedra o espacio físico, un personaje más. El lugar me ayuda a consolidar el significado, a darle verosimilitud de la historia. Es decir, que una trama como la de Südeck no puede ocurrir, creo yo, en Alcorcón o Alicante (sí otras historia, pero no esta). Hace falta una atmósfera, una cadencia física, un espacio donde sea posible que sucedan ciertas cosas sin que el lector, por cercanía, pueda dudar sobre ello. La mayor parte de esos sitios no existen, son “lugares generales”, que podrían ser este o aquel, pero que no se ciñen a ninguna geografía cerrada. Otras veces practico la arqueología topográfica. Pongo pistas, rastros, indicios que permiten a cierto tipo de lector acercarse a una nueva lectura a través de los símbolos. Por ejemplo, los protagonistas de “Mathilda y el hombre del tiempo” viven en Nueva Cartago. Es un lugar ficticio ubicado en algún punto de la costa de Estados Unidos, cerca de la Falla de San Andrés (esto sí era necesario por la trama). En realidad es un homenaje a los relatos de Cheever y esos microsistemas tan particulares que son las urbanizaciones de la costa oeste de Estados Unidos. Una mezcla del pueblo faulkneriano y la ciudad inconsciente de Döblin. Pero Nueva Cartago fue también un pequeño pueblo en Costa Rica que fue abandonado al mes de su fundación, en 1563. Los protagonistas de mi relato caminan por una urbanización que pronto (presumiblemente) será devastada por una ola. No hay nadie en las calles. Ese día, esta pareja, que son amantes, celebran su aniversario. Los vecinos (la mujer, la hija) han desaparecido. Los amantes, por fin liberados de la hipocresía de lo social, podrán hacer lo que siempre han querido hacer. Ir a cenar a cierto restaurante, vestirse de gala para la ocasión. El quid surge, precisamente, cuando esto sucede, cuando son liberados del enemigo de lo social y tienen un segundo para mirarse a plena luz del día. Entonces comienza otra cosa. Dicho esto, a tiempo pasado, me parece evidente que el espacio de este cuento, no podría haber sido otro.

-Siguiendo con el tema de la identidad, que en tus relatos está tan presente, encontramos a un Philip Marlowe muy indignado al sentir que Raymond Chandler le ha robado su nombre y su figura. Un relato muy ingenioso y ¿un homenaje a uno de los maestros de la novela negra?

Antes me preguntabas por el relato que más me había costado de llevar al papel. Entonces no te respondí, pero lo haré ahora. Creo que es este. De algún modo, como bien dices, es un homenaje al género negro (siempre manteniendo el tono narrativo del libro). Exageré el argot, las tramas, las situaciones. Su escritura me supuso un arduo trabajo de documentación y lectura. Me embebí en la correspondencia de Chandler y fue un proceso no siempre placentero. Y sí, de nuevo afloró el tema de la identidad. El protagonista de esta historia siente que alguien le ha arrebatado lo que es y ha negociado con ello, exponiéndolo al escarnio público. En este caso, ese personaje es Philip Marlowe, el famoso detective creado por Raymond Chandler. Sus encuentros y desencuentros se escenifican en un relato donde se entremezcla lo biográfico, la ficción y un cierto humor socarrón.

 

-Para terminar, una frase sobre la escritura del relato Un buen tipo demasiado sentimental: “Si sabes describir la cara de ese pez boqueando, tienes el éxito asegurado”. ¿Qué es para ti la escritura y qué entiendes por éxito literario?

Es algo que no solo dice el protagonista de esta historia, sino que sostengo desde hace años. Un pez fuera del agua es una imagen terrible de la que no podemos apartar la vista. Nos gustaría que terminara, pero aun así estamos obligados a seguir mirando. Para mí eso es la literatura. Un lugar del que no podemos apartar la vista por más que su contemplación nos provoque repulsa, por más que asistamos, una y otra vez, a la escenificación de la muerte. En cuanto a mi éxito literario, tiene poco que ver con el éxito literario. Por ejemplo, pocas personas entienden que este sea mi tercer libro de relatos, que no haya centrado mis esfuerzos en una nueva novela. Pocos entienden que escribir literatura es una pulsión y que, de nada vale escribir lo que otros quieren que escribas. Cada día me levanto, me preparo un café y me pongo con el texto del día anterior. Muchos (muchísimos) de esos textos jamás ven la luz. Pero yo tengo la sensación de vivir cegado, en mitad de una extraña bruma que no pocas veces se muestra hermética al mundo. Y ese es mi éxito. Mi éxito literario es, a la vez, mi transparencia. Tengo la sensación de no existir, o existir apenas para el lector y para el mundillo literario, y eso me permite una fabulosa libertad creativa. Mi éxito literario (que es un fracaso en toda regla) es seguir trabajando en mis libros, lograr que mi puñado de lectores sea cada día mayor y, eso sí, no tener que buscar, con cada libro, un editor. Y poco más. Me siento profundamente afortunado por desperdiciar mis días en esto.

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