Manuel Rivas: el murmullo literario de “Las voces bajas”

 

Por Benito Garrido.

 

A propósito de su última novela titulada Las voces bajas (Editorial Alfaguara, 2012), hemos entrevistado al escritor gallego Manuel Rivas. Nacido En A Coruña, desde muy joven trabajó en prensa y sus reportajes y artículos están reunidos en libros como El periodismo es un cuento (1997) o A cuerpo abierto (2008). Una muestra de su poesía está recogida en la antología El pueblo de la noche (1997) y La desaparición de la nieve (2009). Como narrador destacan sus libros En salvaje compañía (Premio de la Crítica en Gallego 1994), ¿Qué me quieres, amor? (Premio Nacional de Narrativa 1996), El lápiz del carpintero (Premio de la Crítica española 1998) o Los libros arden mal (Premio de la Crítica en Gallego 2006). Su última novela, Todo es silencio (2010), fue finalista del Premio Hammett de novela negra.

 

Las voces bajas. Manuel Rivas. Editorial Alfaguara, 2012. 208 páginas.

 

«Las voces bajas es la novela de la vida. Son las voces de los niños, las mujeres que hablan solas, los emigrantes, los muertos, los animales… Las voces de los que no quieren dominar y se alimentan de palabras y cuentos.»

Así define Rivas esta obra intimista, delicada y singular, en la que el autor va desgranando recuerdos de su infancia y adolescencia, que se suceden a merced del suave viento de la memoria. Una obra escrita a modo de autobiografía donde todo puede ser verdad o no tanto (no en vano es una novela), y en la que el autor todavía niño va descubriendo lo que de extraordinario hay en la gente corriente, al tiempo que el Rivas adulto enseña el inmenso amor que siente por su familia y su profundo respeto por la literatura. Una mirada íntima, tierna, poética, llena de humor y dolor sobre los primeros quince o, a lo sumo, dieciocho años del autor, con la familia en ese mar de fondo y donde siempre está presente la hermana mayor, María.

«No sabemos bien lo que la literatura es, pero sí que detectamos la boca de la literatura. Tiene la forma de un rumor. De un murmullo. Puede ser escandalosa, incontinente, enigmática, malhablada, balbuciente. Yo conocí muy pronto esa boca. En aquel momento era, ni más ni menos, la boca de mi madre hablando sola.»

 

Entrevista:

 

P.- ¿Qué te impulsó a novelar esta colección de recuerdos?

No soy estratega a la hora de escribir, me muevo más a la manera del vagabundo, ya que así es como me gusta representar el andar de la literatura. Me gusta ese andar simultáneo, al estilo de Charlot, que pisa a la vez el día y la noche, una cosa y la contraria, el pasado y el presente, la ilusión y la desolación. Ahí vemos también la esperanza y el desasosiego. Uno tiene, dependiendo del día, la cabeza llena de pájaros, y entonces otra cosa es ponerse en marcha. Kafka decía que no había que preocuparse por la historia, sino sentarse con los sentidos alerta, y si estás en disposición, la historia va a ir a por ti. Esa sensación milagrosa me ha funcionado con mis mejores relatos.

 

P.- ¿Cómo funciona ese mecanismo que es la memoria?

En este caso recurro a la memoria, como un sentido interior del que parece no somos conscientes, y en el que las cosas transcurren de otra manera; digamos que es una memoria con imaginación. No existe una memoria que funcione a modo de karaoke, como en ciertos debates sobre la memoria histórica se plantea, a la espera de que llegues para ponerse a hablar. No. La memoria necesita un fermento, y siempre es una planta nueva pues tiene sus raíces en el principio de realidad.

 

P.- Libro que parece una amalgama de historias, con una estructura no muy marcada, como un más dejarse llevar por la memoria.

Tiene que ver mucho con esa forma de andar que te comentaba. Nabokov hablaba de los saltos de caballo en el ajedrez, para referirse a los saltos de la memoria, como los golpes de mar. Los personajes son, a su manera, clásicos, homéricos; hay por ejemplo un narrador que es un tío mío que era barbero. Siempre contaba una historia y al ritmo de las tijeras, con el propio hecho de cortar, cambiaba de tercio y contaba otra cosa, entonces el relato adquiría otra dimensión. Sí que hay una estructura interna en el libro, pero no responde a un esquema construido previamente. Me gusta más esa manera de formarse que tienen las aldeas, a medida que va naciendo gente y se van planteando nuevos espacios, esa armonía que tenía la arquitectura popular, y que ahora se ha perdido con tantas técnicas de arquitectura y planificación urbanística. Y luego necesitas encontrar palabras que sean como hojas, como claves que protegen al resto de la historia. En definitiva, el libro tiene una estructura que se parece mucho al andar, con sus meandros, cuestas y cascadas, que se va adaptando. Escribo como si estuviese marchando campo a través.

 

P.- ¿Dónde está entonces el germen inicial de tu novela?

No hay una tesis previa. Esto arranca como el juego en el que planteas: ¿cuál es el primer recuerdo que tenemos?, ese recuerdo que impresiona y prende en la mirada, el que de alguna manera, marca una pauta en tu vida. La epifanía, el arranque de esta historia y lo más significativo, es lo primero que yo recordaba. Y eso era el primer miedo: los cabezudos con la cara de los Reyes Católicos que me asustaron en una feria cuando iba con mi madre. Luego, cuando los estudiaba en clase me daba la risa, pero el primer miedo fue el que supuso aquel encuentro, un temor que se termina convirtiendo en algo cómico. Y esa ironía y ese terror marcan el resto del tejido del libro, ya que actúan como la primera puntada de una prenda.

 

P.- ¿Cuánto de ficción y cuanto de realidad tiene tu novela?

Lo que haya de ficción forma parte de la propia realidad, es como la imagen de unos círculos concéntricos. A veces hay una idea limitada de lo que es la realidad, una concepción un poco estrecha de lo que es el realismo, como un equivalente de una reproducción o una fotocopia; y además es algo que produce cierto miedo a salirse del papel en el que se ha impreso. Con la imaginación podemos acabar formando una imagen que puede distar del pasado, pero que tiene más vida.

 

P.- ¿Qué papel juega entonces el escritor?

Decía Ferlinghetti que la poesía es escrita por una cuarta persona, algo entre el singular y el plural, entre lo individual y lo colectivo. Yo quería que mi hermana María me acompañara en este camino, pero también otros muchos personajes. Esta historia es más de esa cuarta persona que de un yo. Y entonces llegas a un descubrimiento asombroso de cómo es la gente. Como por ejemplo ese Farruco, una persona inexpresiva que los domingo colocaba al sol todos sus zapatos y los limpiaba. Te estaba mostrando su vida a través de esos zapatos.

 

P.- Personajes cercanos que podrían ser no solo de tu Galicia natal sino de cualquier otro lugar.

Sí, eso es cierto. Hay mucho de intrahistoria común en este libro. En la larga infancia y juventud había muchas cosas que no se podían hablar, pero con las voces bajas siempre se encontraba una manera de decirlas (el chiste, las canciones de carnaval…). Siempre había una estrategia del lenguaje para alcanzar la libertad. La gente se identifica porque todo ocurre en una psicogeografía que puede no ser muy extensa (la torre, la cárcel, la iglesia, el cementerio, el instituto, la aldea…), como un pequeño mapamundi. Decía Miguel Torga que lo universal es lo local sin paredes. En ese espacio esencial pasan cosas muy comunes a todos. Aquí los héroes son los emigrantes, el valor se reconoce en la normalidad. Decía Lincoln que a Dios le gustaba la gente corriente, y por eso hizo mucha. Yo creo que la gente corriente no es nada corriente, es extraordinaria.

 

P.- ¿Crees que la tradición oral se está olvidando?

Yo creo que la televisión está ocupando cada vez más espacio, pero todavía se agradecen las historias que los padres cuentan a sus hijos. De vez en cuando voy por escuelas a hablar con los niños, y cuando les dices de contarles un cuento, prestan toda su atención. Creo que es posible conectar con cualquier niño desde el momento que le planteas que le vas a contar una historia.

 

P.- Emociones y sentimientos que también son silencios y miedos. ¿Cuáles eran en tu niñez esos silencios?

Era un tiempo muy condicionado, el miedo estaba omnipresente en la atmósfera. Había gente afectada por miedos políticos, o a ser diferente, el miedo sexual o los tabúes que te metían en la cabeza… Por eso eran tan importantes las voces bajas, era como contra susurros que te invitaban a no hacer caso de esos miedos. Miedos y silencios muy universales que se podrían trasladar a cualquier lugar geográfico del mundo. Todos somos muy parecidos.

 

P.- ¿Escribes en gallego o castellano? ¿No crees que la lengua es algo inherente a la novela, que la determina?

Escribo en gallego y luego es traducido. En este caso, como en poesía, la traducción la he realizado yo mismo. La literatura es laboriosa pero también debe ser placentera. Y la traducción es como un calvario, de ahí que la mayoría de mis libros los traduzcan otros.

Cada uno tiene su propia lengua para escribir. La traducción es como una trasmigración de las palabras y eso es algo extraordinario.

 

P.- ¿Crees que queda todavía mucho por decir sobre la Guerra Civil?

Sí, mucho, muchísimo, pero además ¿quién puede poner límites a lo que hay que decir?, ¿quién puede cuantificar si hay muchas novelas o no sobre este tema, o sobre cualquier otro?, ¿no seguimos leyendo historias sobre la guerra de Troya? En ella confluyeron todos los  vientos de la Historia, y aquí pasó algo similar. Nuestra guerra, como aquella, no solo nos atañe a nosotros. Es la guerra de todas las guerras: una cruzada para unos, o el camino a la utopía para otros. A mí no se me ocurre decirle a nadie por qué hacer una serie sobre Isabel la Católica. Lo importante es que se cuente lo que sucede con las personas en un escenario límite.

 

P. ¿Para cuando una nueva novela negra?

Con lo que te conté antes, creo que cada vez voy a vagabundear más, y no sé cuando será. Aunque las novelas sobre la guerra son un poco novela negra. En España sería conveniente dejar de hablar de novelas de guerra y empezar a hablar de novelas de la serie negra española.

 

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