El crítico

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El crítico. Jorge Callejo. 

 

El día que Bruno Villanueva decidió por fin entregar su carta de dimisión amaneció con una fuerte tormenta sobre la ciudad. Las calles se habían convertido en ríos desbocados que arrastraban todo aquello que se interponía en su camino: excrementos de perro, bolsas de plástico, cartones, botellas de vidrio e incluso alguna rata despistada a la que la lluvia había sorprendido lejos de su guarida. Bruno, de cincuenta años y más de media vida dedicada a la crítica cinematográfica, no pudo evitar sentirse dichoso ante aquel panorama, pues sabía que en las películas la lluvia representaba en ocasiones una metáfora del bautismo, un renacer, una segunda oportunidad para el protagonista. Pensó que cuanto mayor fuera la fuerza con que el agua golpeara los cristales de su dormitorio mayor sería la probabilidad de triunfo en esa nueva vida. Estaba firmemente decidido a memorizar así aquel amanecer: no sólo como una casual coincidencia climatológica sino también como un guiño del destino, una señal clavada en su camino para indicarle que todo iría bien, que había tomado la decisión correcta. Era su primer pensamiento positivo en los últimos meses.

Con el desayuno tragó la primera de las cinco pastillas que consumía al día. Era una píldora de color azul y tamaño medio, un compuesto a base de escitalopram que le ayudaba a pasar por alto ideas como la que en ese preciso momento amenazaba con estropear su feliz mañana: la coincidencia entre la lluvia y su decisión de entregar la carta no había sido casual. La carta llevaba más de un mes en el cajón de su escritorio, y si no había salido de allí antes no era porque no estuviera seguro de abandonar el trabajo o porque temiera las consecuencias de una decisión tan drástica, sino únicamente porque la ciudad atravesaba entonces una larga temporada de cielos despejados y clima seco. Sí, Bruno Villanueva, de cincuenta años, había esperado durante semanas a que llegara la lluvia antes de presentar su renuncia laboral.

Mientras desayunaba fue consciente por un momento de que algo anormal se escondía tras ese autoengaño. Se dijo a sí mismo que las precipitaciones atmosféricas no influían en el futuro de un ser humano, y que esperar la llegada de la lluvia para que el momento de entregar la carta fuera perfecto no era algo que se pudiera considerar propio de la conducta de un adulto. Pero la influencia de las películas en su vida era tan notable, o más bien su estado psíquico era entonces tan deficiente, que sabía que a fuerza de repetir aquella historia de las casualidades, las lluvias y las metáforas él mismo la acabaría creyendo, como ya le había ocurrido con otras muchas historias antes. Si él se convencía de que todo había sucedido de aquel modo, si lograba creer que la mañana en que decidió dejar el trabajo había amanecido casualmente con una gran tormenta, si veía aquella lluvia matutina como un buen augurio de futuro, la realidad acabaría plegándose a sus intereses y le concedería al fin la paz y la felicidad que tanto ansiaba.

Ese era en definitiva el razonamiento de Bruno, y lo cierto era que la gran tromba de agua que se deslizó por los cristales de su ventana aquella mañana no fue más que la señal que él estaba esperando, el disparo de salida que indicaba que había llegado el momento de plantar cara a la realidad y asumir de una vez por todas la decisión que había tomado tiempo atrás. Así que salió de su apartamento y caminó hacia la oficina sin nada impermeable que le protegiera del agua, permitiendo que la lluvia hiciera lo que tenía que hacer y empapase por completo su pelo, su cara, sus manos y su ropa, borrando las marcas de un pasado que quería olvidar.

Cuando llegó a su escritorio, una mesa abarrotada de papeles, revistas, libros y periódicos al fondo de un pasillo sin salida, buscó la carta de dimisión, la firmó sin detenerse a leerla de nuevo y la dejó en el despacho de su jefe, que también era su padre, junto al último ejemplar de la revista mensual que allí publicaban. Por fin estaba preparado para que se produjera un cambio en su vida.

El padre de Bruno, el señor Villanueva, había fundado la revista con solo veinte años, la misma edad que tenía cuando nació su único hijo, y los mismos años con los que éste entró a trabajar allí dos décadas después. A unos meses de cumplir los setenta seguía dirigiendo con pulso firme las mismas oficinas de la calle Barquillo en las que había comenzado el negocio editorial cincuenta años atrás. El parecido físico entre padre e hijo resultaba asombroso. Ambos eran altos, delgados, calvos, de nariz corva y gesto serio. Debían de pesar lo mismo, no más de sesenta kilos, y aunque el padre presentaba un aspecto más avejentado por las arrugas que se amontonaban bajo la cuenca de sus ojos, el hijo no le iba a la zaga y ya tenía a sus cincuenta años el aspecto cansado y vulnerable de un hombre de mayor edad. Si en algo se diferenciaban era en el trato que cada uno dispensaba al resto de componentes de la plantilla: el padre trataba con distante respeto a los seis empleados de la revista, mientras que el hijo se dirigía a sus cinco compañeros con desprecio y altanería.

Bruno era siempre el primero en llegar a la oficina y el último en marcharse. Cuando salió del despacho del director aquella mañana aún no había llegado nadie al estudio. Se sentó frente a su mesa dispuesto a recoger sus pertenencias, los recuerdos de treinta años de trabajo, pero no vio nada que quisiera conservar. Sin embargo, al palpar con su mano en el fondo de un archivador encontró una vieja fotografía que llamó su atención. Recordaba perfectamente cuándo había sido tomada, pues fue a los pocos días de entrar a trabajar en la revista. En la foto aparecía un joven Bruno sonriente, apoyado sobre la misma mesa de madera que tenía ahora frente a sí. Le costó reconocerse en aquel joven estudiante de la facultad de Periodismo, gordo, obsesionado con los tebeos y las películas de monstruos, devorador incansable de bollería industrial coloreada, torpe y vago, juerguista y bebedor, que se sentaba frente a una mesa destartalada al fondo del pasillo. Sintió una punzada de rencor hacia ese muchacho, pero no supo si se trataba de desprecio o de un repentino ataque de nostalgia. Pensó que lo único que conservaba en común con aquel chico era la mesa de madera, y por poco tiempo. Guardó la foto en el bolsillo interior de su chaqueta, cogió una biografía de Howard Hughes que había empezado a leer unos días atrás y se marchó. Cuando salía por el portal se cruzó con dos de sus compañeros de trabajo, una joven rubia encargada de la maquetación de la revista y un hombre mayor que llevaba la contabilidad de la empresa. Se saludaron con un leve movimiento de cabeza sin dirigirse palabra alguna. En la calle la lluvia seguía cayendo con mucha intensidad, así que Bruno se dirigió a una cafetería cercana y se apoltronó en uno de los cómodos sillones del fondo del local. Pidió un cortado y una magdalena, y dedicó las siguientes dos horas a leer el libro al tiempo que de vez en cuando echaba una mirada a la vieja fotografía. La lectura se había convertido en el único placer que le proporcionaba unos momentos de sosiego absoluto sin que la ansiedad hiciera acto de presencia. Ni siquiera era capaz de ver una película entera sin que una pesada bola de acero ocupase parte de la boca de su estómago. En cambio podía pasar horas leyendo sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor.

Bruno no había sido siempre un hombre irascible y solitario. Cuando entró a trabajar en la revista que dirigía su padre, su fama de juerguista y bonachón atrajo la amistad y consideración de sus colegas de oficio. Llegaba tarde a trabajar, disfrutaba viendo películas de todos los géneros, conocía a gente nueva cada día, charlaba durante horas acerca de cualquier tema y se emborrachaba en los pre-estrenos. Se podría decir que era un crítico normal, un tipo feliz. Ahora, treinta años después, mientras apartaba la vista del libro y pedía un vaso de agua para tomarse la segunda pastilla del día, una fuerte dosis de bromazepam que le permitiría asistir a la sesión matutina de la película que tenía previsto ver sin sentir una fuerte angustia, intentó encontrar un punto de inflexión en su vida que explicase el gran cambio que había sufrido. Pero fue inútil. A su parecer todo había ocurrido en un declive progresivo apenas perceptible, su vida había pasado en un suspiro y sin embargo en lo que a él se le antojaba un tiempo escurrido como arena entre los dedos se había producido un descomunal desajuste en su forma de ser. Es cierto que en algún momento comenzó a escribir con mayor seriedad e incluso honestidad las críticas de las películas que veía, y que más tarde empezó a convertirse en una persona perfeccionista, casi puntillosa, pero no sabría decir cuándo ni cómo ni exactamente por qué había sucedido. Si no fuera por la fotografía que había encontrado en su archivador ni siquiera se habría parado a pensar en ello. Tampoco podía utilizarla como excusa para explicar su renuncia al trabajo ya que esa decisión la había tomado mucho antes de encontrarse con su yo pasado reproducido en papel fotográfico. Pagó la cuenta del café y la magdalena, no dejó propina, y salió hacia los cines de la Gran Vía.

 

(…)

 

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