El vengador se llama Dexter

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Por JOSÉ A. CARTÁN

No es fácil conseguir que una serie de televisión sobreviva varios años en antena sin que muestre graves síntomas de flaqueza actoral, reiteración argumental o cansancio de los guionistas. ¿Cuántas series, tanto nacionales como internacionales, han sufrido los vicios mencionados arriba y se han ido diluyendo de la parrilla televisiva, así como del interés y de la memoria del espectador? Dexter, serie longeva donde las haya y cuya séptima temporada se está emitiendo actualmente en EEUU gracias a la cadena Showtime, no ha logrado esquivar las balas de la indecencia narrativa en sus más de seis años en antena. Sería muy fácil dejarse llevar por su perturbador argumento; un forense experto en hemoglobina que trabaja por las mañanas para el Departamento de Policía de la ciudad de Miami, pero que se convierte en vengador cuando se pone el sol, siguiendo la pista de homicidas, violadores y personas de la más baja estirpe que pululan entre la ciudadanía.

Una de los aspectos más atrayentes de Dexter es la pericia que han tenido los guionistas, desde sus primeros episodios, en poner al espectador de parte de la virulencia del protagonista. Porque, no nos engañemos, Michael C. Hall, el actor que da nombre a la serie, es un homicida (eso sí, con cierto entrecomillado y ciertas explicaciones relativamente extensas). No entraremos a debatir sobre la legitimidad o no de sus acciones, pero sí es cierto que gran parte de la audiencia ve con “buenos ojos” los actos violentos que comete el protagonista para salvaguardar el ecosistema social que le rodea.

El justiciero Dexter, siguiendo el código que le dictara su padre en su niñez, deberá enfrentarse no solo a enemigos más peligrosos en cada temporada, sino también a los ligeros cambios que va sufriendo su personalidad a través de su relación con familiares, compañeros de trabajo e incluso víctimas. Dexter no puede escapar de sí mismo y de lo que es, pero tampoco puede huir de las tribulaciones y de los sentimientos contradictorios que van siendo deshojados ante su persona. Es inverosímil que el asesino pueda escapar de su propia condición humana.

Como se comentaba al principio del artículo, toda serie que consta de un gran número de temporadas posee determinados momentos de desinterés y aborrecimiento por parte de la audiencia. Sin destripar nada a los lectores y considerando el final de la cuarta temporada como el cénit de la serie, se podría afirmar con absoluta rotundidad que las dos temporadas que siguieron a dicha cumbre televisiva, quinta y sexta, son de auténtico  y prescindible relleno. Es necesario constatar esta montaña rusa argumental de la que hace gala la serie a pesar del intento, por parte de los guionistas, de crear cliffhangers de auténtico escándalo para sobrecoger al espectador.

A pesar de que las dos últimas temporadas de la serie fueran un cúmulo de despropósitos argumentales, Showtime ha elevado el nivel en su séptima temporada introduciendo nuevos personajes, villanos y tramas. Dichas tramas, a priori secundarias, van modelándose de tal forma que convergerán en el núcleo mismo de la serie. Todo aquel que sigue las peripecias de Dexter intuye desde hace mucho tiempo cuál debería ser el punto y final para su protagonista. Aquel que nació de la sangre no tiene otro destino que acabar también en ella. ●

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