Carlos Berlanga, un dandi entre pelos de colores.

 

 

Por Diego Puicercús.

Con la perspectiva que da el tiempo se puede decir que Carlos García Berlanga fue el auténtico motor de “la movida” en el aspecto musical. Su ambivalencia en la relación con la fama y el mundillo del espectáculo marcaron claramente su desarrollo personal y artístico, aunque en lugar de aprovecharlo en su favor acabó volviéndose en su contra. Su origen familiar también fue determinante en muchos aspectos de su carácter que, en lo que a nosotros respecta, hizo que su carrera en solitario no alcanzase las cotas que de él se esperaban. Pero sería injusto, llegados a este punto, no poner sobre la mesa otro nombre clave sin el que Carlos no habría ganado su plaza en el Olimpo. Se trata de Nacho Canut, su socio durante años, junto al que compuso sus mejores canciones y con el que mantuvo, de facto, una fructífera relación de pareja de hecho musical.

La realidad es que ambos se complementaban formando un tándem perfectamente engrasado en el que uno suplía la carencias del otro aunque, cuando se separaron definitivamente, fue Nacho el que demostró mayor capacidad para partido a sus virtudes y disimular sus defectos. Se conocieron por la amistad que unía a sus padres y, como sus gustos e inquietudes coincidían, enseguida se hicieron inseparables. Cuenta la leyenda que en 1977 conocieron a Enrique Sierra, Alaska y Fernando Márquez “El Zurdo” en el Rastro mientras vendían sobre una manta cintas de las Vainica doble y que de allí surgió la idea de formar Kaka de Luxe.

Todos venían de familias de posibles lo que les permitió a lo largo de esos primeros años viajar a Londres y empaparse tanto en lo musical con en lo estético de lo que allí sucedía. A su favor hay que decir que lejos de ser los típicos niños de papa apoltronados supieron sacar partido a esa posibilidad que la vida les había dado que, unida a su fuerte personalidad, confianza en si mismos y una falta absoluta de complejos les llevó a pisar caminos que hasta ese momento por estos lares nadie se había atrevido a pisar (con permiso de La Banda Trapera del Río y un primigenio Ramoncín que tuvieron en su momento una menor repercusión precisamente por no ser los “hijos de” pegando gritos y diciendo burradas).

Coincidiendo con la marcha de Nacho Canut y Enrique Sierra a la mili se da por disuelta la banda y, junto a Fernando Márquez, empieza a trabajar en un nuevo proyecto que sería el primero eminentemente pop dentro de la llamada movida que empezaba a nacer. El origen de Paraíso hay que buscarlo, según palabras de Márquez, en su evolución personal lejos de esa invasión de petardeo superficial y anodino que tanto aborrecía y que cada vez era más influyente en Kaka de Luxe. Juntos componen “No te equivoques” y “Crimen pasional” y como parece que la cosa funciona se convocan para después del verano de 1978 para continuar con lo iniciado.

A la vuelta de las vacaciones se encontró con que “El Zurdo” ya había reclutado los músicos para la banda (Mario Gil a los Teclados, Antonio Zancajo e Isabel San Gabino en las guitarras, Paco Díez de Velasco con la batería y Gregorio Pérez al bajo) y, después de un primer ensayo muy tenso, pidió que se los echara. Ante el dilema Marquez optó por quedarse con la gente que había estado trabajando esos meses por lo que Carlos, ante su pérdida de influencia, se fue borrando poco a poco hasta que desapareció.

Tras el chasco decide formar junto Nacho y Alaska una nueva banda que llaman Pegamoides y a partir de este momento es cuando Berlanga empieza a tomar conciencia de sus dotes compositivas. De esta época son “El hospital” y “Otra dimensión” (sus primeras obras maestras) pero, con la inclusión de Eduardo Benavente su posición en la banda pierde fuerza y los gustos mas oscuros y siniestros de este acaban imponiéndose a los más pop de Berlanga. El choque de personalidades hace que finalmente Carlos abandone la banda y empiece a trabajar en un nuevo proyecto al que casi de inmediato se apunta Nacho Canut.

El éxito por fin le llegó gracias a Dinarama con los que lograría el reconocimiento y popularidad deseados, pero también le hicieron descubrir sus dos caras y tomar conciencia real de cómo era. Cuando ya estaban grabando su primer disco Alaska decide subirse al carro (tras la desaparición de Pegamoides) limitándose a meter voces y ser la imagen de la banda. Para Carlos la situación se hace extraña ya que, aunque canta a dúo en casi todas las canciones, todos los focos apuntan hacia su compañera, cosa que por otro lado agradece ya que así puede mantenerse en un discreto segundo plano. Nunca llegó a sentirse del todo a gusto sobre un escenario y tener una imagen tan absorbente a su lado le permitía pasar inadvertido y no llamar la atención. Ansiaba el éxito pero no tenía claro si estaba dispuesto a pagar el precio que eso exigía.

El tramo medio de los 80 fue suyo logrando ser auténticos superventas con discos como “Deseo carnal” y firmando grandes canciones que todo el mundo acaba conociendo. En cualquier caso dentro la formación (como ya le había sucedido antes) lentamente se iba gestando un pequeño golpe de estado en el que Nacho y Alaska acabarían rompiendo la baraja para iniciar juntos una nueva aventura bajo el nombre de Fangoria. Si Carlos era partidario de cierto continuismo ellos apostaban por una evolución siguiendo los pasos de la música electrónica, lo que finalmente llevó a la ruptura de Dinarama y a unos años de fría y distante relación con sus antiguos compañeros.

Muchos vieron esta separación con buenos ojos pensando que por fin aparecería el ansiado trabajo en solitario de Carlos en el que debería mostrar toda su esencia y cualidades… Desgraciadamente no fue así y “El ángel exterminador” (1990), al margen de su escasa repercusión comercial, supuso una gran chasco para muchos de los que lo esperaban como agua de mayo. Fue clave la penosa producción y el escaso interés de Hispavox por lograr un buen resultado final, pero las canciones, en general, eran flojas y, aunque había algunas que aguantaban el tipo, la globalidad se quedaba lejos de lo esperado. Tal vez con otra producción la cosa hubiese cambiado pero en su momento sus seguidores se quedaron con una desagradable sensación de decepción…

Resulta curioso comprobar que la cronología de sus discos coincide con los primeros de Antonio Vega aunque, por desgracia para Berlanga, en la comparación sale perdiendo ya que mientras Vega fue un superviviente que hizo de su necesidad virtud, él fue un dandi preocupado más por el artisteo que por lo artístico confiando todo al talento. Su discográfica le despidió y cuentan que ese fue un golpe que le costó mucho superar. Se sentía maltratado e incomprendido y lo peor vino cuando se encontró que sólo las compañías independientes se interesaban por su trabajo. A él no le gustaban ya que no podían ofrecer las mismas garantías promocionales que una grande. Todo le parecía cutre y, como descartaba la alternativa de ser él mismo el que se la currarse visitando los medios y con actuaciones en directo (que apenas dio desde la disolución de Dinarama), la mayoría sus trabajos pasaron bastante desapercibidos.

En 1994 publicó “Indicios” con el que recuperó gran parte de su inspiración y crédito pero no las ventas (fue editado por “Compadres” que apenas lo distribuyó fuera de Madrid), y tres años después “Vía satélite alrededor de Carlos Berlanga” cuyo interés principal está en lo extramusical. Tras muchos años volvió a colaborar con Nacho Canut (produjo y compuso con él) y Alaska (se encargo de algunas voces) y, aunque el resultado estuvo lejos de resultar satisfactorio, tuvo más repercusión que sus discos anteriores y se vendió algo mejor. Su último trabajo “Impermeable” (Elefant – 2001) es seguramente su mejor disco en solitario y un ejercicio de madurez y autocontrol en el que muestra a su personaje en la frontera de la plenitud y la decadencia.

Probablemente una de las cosas que a lo largo de su vida más le molestó fue que se hablase de él de forma reduccionista (el autor de “Bailando”, el compositor de Alaska, el hijo del cineasta…) cuando consideraba que tanto en lo artístico como en lo personal era una de las grandes personalidades de la música española. Tocó todos los estilos, desde el punk al dance pasando por la new wave, el pop o el petardeo, fue pintor (suyo es por ejemplo el cartel de “Atame”) y compuso para otros artistas, pero sobre todo fue un enorme talento que al final se quedó a medio camino… Pocos fracasaron con tanta elegancia y triunfaron con mayor falta de interés como lo hizo Carlos Berlanga… 

Escucha a Carlos Berlanga en Spotify

 

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