El mundo y el periodista de hoy

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Por Anna Maria Iglesia

El mundo y el periodista de hoy: contra una mirada apocalíptica del periodismo actual

El mundo de hoy fue uno de los últimos libros de Ryszard Kapuscinski, cuya trayectoria llegaba definitivamente a su fin en el 2007. Ese mundo al que el periodista había dedicado sus años profesionales parecía concluir con él, tras su muerte, ese mundo de hoy se convertía en el mundo de ayer, un tiempo pretérito donde el término periodismo todavía conservaba un valor social y ético que, sin embargo, parecía desvanecerse junto a uno de sus maestros.

Se ha convertido casi en un tópico, y como todo tópico es repetido una y otra vez hasta convertirse en una verdad indiscutida: la pérdida de prestigio del periodismo es, actualmente, un hecho; los poderosos holdings mediáticos y la interferencia política en los medios públicos hacen que resulte imposible, al menos en apariencia, un periodismo independiente, apartidista, un periodismo incómodo no sólo con el poder, sino también con la opinión pública, pues como afirmaba Pulitzer –su libro Sobre periodismo editado por Gallo Nero debería ser lectura obligatoria- “a veces, uno de los deberes más importantes de la prensa es oponerse a la opinión pública”. Lejos de toda polémica, las palabras de Pulitzer describían aquel periodismo del cual, años más tarde, Kapuscinski se hizo defensor; por encima de las noticias, del conocimiento y de la inteligencia de un periodista, para Pulitzer debía prevalecer “su sentido moral,  su coraje, su integridad, su humanidad, su consideración por los oprimidos, su independencia, su devoción al bienestar público, su anhelo de proporcionar un servicio público”. Las palabras que, en su día, dirigió Pulitzer a los futuros jóvenes periodistas, siguen siendo, más de un siglo después, no solamente válidas, sino actuales porque toda generalización esconde una falacia: puede que exista una crisis del periodismo, puede que exista una desconfianza por parte de la sociedad respecto a los medios de comunicación, pero bien es cierto que, tras el rumor del descrédito, se esconden nombres como el de Jordi Perez Colomé, el de Ethel Bonet, el de Manu Brabo o el de Mayte Carrasco entre otros.

La mirada apocalíptica, a la cual aludía, aunque en otro contexto, Umberto Eco en 1965, atrapa en la añoranza de un pasado presuntamente mejor, un pasado, un mundo de ayer, al cual, como bien sabia Stephen Zweig, no hay regreso; el apocalíptico, al contrario que el integrado, no acepta el nuevo contexto histórico, un contexto que obliga al periodismo ha reformularse, a utilizar nuevos recursos, nuevos medios y nuevos soportes técnicos, innovaciones que el apocalíptico condena al no otorgarle ningún crédito. Como afirmaba hace una semana en Barcelona Gumersindo Lafuente, el nuevo contexto no sólo requiere unos recursos que, como es el caso de las redes sociales o de los dispositivos móviles, están a disposición de cualquier persona, sino que las actuales circunstancias requieren, y la audiencia así lo demanda, un periodismo de datos, un periodismo que lejos de basar su labor en filtraciones, se dedique al análisis, a la reconstrucción de los hechos, a la elaboración de las historias. El periodismo se convierte en servicio público cuando, más allá de los medios y de las herramientas utilizadas, los datos son contrastados, las historias son escritas y las noticias son divulgadas para dar a conocer aquellas verdades incómodas, verdades escondidas por poderes políticos y fácticos, verdades dolorosas para el poder e, incluso, para una sociedad que, sin embargo, reclama honestidad.

Los nombres de Jordi Pérez Colomé, de Ethel Bonet y de Mayte Carrasco son solo algunos, junto a ellos muchos otros cuya labor, en ocasiones anónima para el gran público, se hace indispensable. Periodistas de hoy que cogen el relevo de aquellos que vinieron antes, de aquellos periodistas, como Merriman Smith, aferrados a una máquina de escribir en la que poder transcribir los acontecimientos, en ocasiones históricos –Smith fue testigo del asesinato de Kennedy-, de los que fueron testigos privilegiados. El periodismo de Smith es aquel que se construye en la ineludible tarea de ir al lugar de los hechos, de contrastar lo que allí ha sucedido, de preguntar, de molestar a testigos y responsables, es el periodismo que no se basa en filtraciones, en aquello que otros dijeron, sino en aquello que el periodista vio y comprobó, siempre con mirada incrédula, pues incluso lo aparentemente evidente puede resultar falso. Para Smith y para los periodistas de aquellos años, la máquina de escribir era indispensable, a través del teclado era posible llegar a un gran número de personas que, al día siguiente, periódico en mano, leerían sus crónicas. Eran los años sesenta, cuando surgía un nuevo periodismo, cuando el género de la crónica y del reportaje aspiraba a un rango literario que, sin embargo, parecía serle negado. En esos años, y tras escribir su artículo El embellecido Cochecito aerodinámico, Tom Wolfe descubrió “de que era posible escribir artículos muy fieles a la realidad empleando técnicas habitualmente propias de la novela y el cuento”. Era 1966 cuando Truman Capote rompió la barrera entre los géneros con su extraordinaria obra A sangre fría, eran esos años cuando surgía una nueva manera de hacer periodismo: los nuevos periodistas, recuerda Tom Wolfe, “estaban traspasando los límites convencionales del periodismo, pero no simplemente en lo que se refiere a técnica”, la nueva forma “era más intensa, más detallada, y ciertamente consumía más tiempo del que los reporteros de periódico o de revista, incluyendo los reporteros de investigación, empleaban habitualmente”. Se empezó a hablar de la novela periodística, de la novela de no ficción, pero, más allá de toda clasificación y de todo esquematismo genérico, lo que se percibía era la necesidad, tanto de los periodistas como de sus lectores, de la narración, de aquellas estrategias narrativas que habían encumbrado a autores como Balzac, Dickens o Sir Arthur Conan Doyle y en cuyos textos –la mayoría aparecidos en periódicos antes de convertirse en libros- los lectores no sólo encontraban una ficción perfectamente verosímil, sino que encontraban el retrato de la sociedad de la que formaban parte. El filtro narrativo permitía vehicular un discurso crítico acerca del tiempo y de la sociedad presente, un discurso que la brevedad de los titulares hace imposible. De la misma manera que la pensadora Argentina Beatriz Sarlo no dudaba en afirmar que en la literatura había encontrado “las imágenes más precisas del horror del pasado”, el público de antes y de hoy encuentra en las narraciones periodísticas las imágenes precisas y verdaderas de los horrores que sólo el periodista puede iluminar.

La editorial Erratae Naturae rescata del olvido aquellos textos que iluminaron esos horrores, textos -todos ellos premiados con el Premio Pulitzer-, a través de los cuales es posible recorrer la historia más reciente del periodismo norteamericano: en Asesinatos en América, el lector comenzará su viaje de la mano de James W. Mulroy t Alvin H. Goldstein, quienes relatan el secuestro y posterior asesinato del joven Robert Franks, hijo de un rico relojero a quien los secuestradores habían pedido 10.000 dólares para el rescate de su hijo. Éste negro suceso es sólo el inicio de una trayectoria que, pasando por la traumática muerte de John Kennedy, llega a su fin con una de las masacres más consternadoras de estos últimos años, la masacre de Colombine. En Asesinatos en América, nombres como Christine Evans, James W. Mulroy, Merriman Smith, Susan Greene o James Herzog dibujan un escenario en el que el periodismo, lejos de toda crisis, conquista el protagonismo que nunca debería perder, pues, como indica Ana Pastor en Nueva York, 8:45 A.M., “fueron y serán algunos periodistas quienes podrán ayudar a encontrar las preguntas y las respuestas adecuadas”. Con Asesinatos en América Erratae Naturae recupera los textos periodísticos de un pasado cada vez más lejano, mientras que  Nueva York, 8:45 A.M regresa a ese once de Septiembre de hace más de diez años, pero cuyas consecuencias todavía son patentes en el ámbito político, militar y social. Con los textos entorno al 11-S, a sus causas –la yihad global y las relaciones, aunque posteriormente negadas, entre los Estados Unidos y países como Afganistán, Arabia Saudí o Irak, entre otros-  y a las consecuencias inmediatas –la guerra de Afganistán o la muerte de Bin Laden- Erratae Naturae recupera los reportajes que, a diferencia de aquellos que conforman Asesinatos en América, fueron escritos cuando las nuevas tecnologías, los nuevos medios –redes sociales, Internet, móviles- ya habían invadido el periodismo, obligándolo a su redefinición. Estos textos son el testimonio de cómo la narración de los hechos, independientemente de los medios utilizados, sigue siendo esencial para que el periodismo pueda dar voz a esas informaciones que, sólo en apariencia, ya no pertenecen exclusivamente al periodista. Sin embargo, y a pesar de que la circulación de información y datos se ha universalizado, la figura del periodista, a pesar de las apocalípticas advertencias sobre su crisis, sigue ocupando un lugar privilegiado, porque, como indica Ana Pastor en el prólogo del libro, “el papel de los periodistas se hace todavía más imprescindible en un mundo cada vez más complejo, confuso y rápido en sus cambios”. Puede que durante el 11-S, así como en el conflicto de Siria o durante la primavera árabe, los periodistas ya no fueran necesarios, en un primer momento, como intermediarios, pero, añade Pastor, “la labor de los informadores se hizo imprescindible después para explicar los hechos, contextualizar lo sucedido, y sobre todo, para narrar las consecuencias”.

Con la publicación de estos títulos, Erratae Naturae irrumpe en el panorama social dando voz a aquellos periodistas que con su labor demuestran que, a pesar de las constantes y frecuentes condenas, el periodismo con mayúsculas no sólo es posible, sino que existe. Judith Miller representa, junto a muchos otros, un periodismo sustentado en la ética, en el compromiso, un periodismo libre, que se sabe servicio público, un periodismo que, frente a las presione del poder político, frente al poder fáctico de las empresas y de los holdings mediáticos, responde con la denuncia, revelando aquello que, por muy incómodo que sea, debe ser dicho. Asesinatos en América y Nueva York, 8:45 A.M demuestran que las palabras de Pulitzer siguen guiando la labor de muchos de los periodistas de hoy y que el mundo de Kapuscinski sigue existiendo porque todavía hay periodistas, como la propia Ana Pastor, conscientes de que “sólo a través de la búsqueda de la verdad como objetivo más sagrado e incorruptible se puede ejercer esta profesión de una manera digna”.

La apocalíptica añoranza de quienes siguen mirando hacia un pasado pretérito debe ser sustituida por una visión de futuro, por una mirada hacia este mundo de hoy al que se dirigía Kapuscinski y al que hoy se dirigen otros muchos cuyas voces resuenas en las palabras con las que Ana Pastor termina su prólogo, palabras dignas de concluir también este texto: “sólo el periodismo valiente puede estar a la altura de la sociedad a la que representa”.

Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

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