Nos vemos, Nancy Botwin

 

Por FERNANDO J. LÓPEZ

Weeds nunca fue una serie convencional, ni en su evolución, ni en su planteamiento, ni muchos menos, en sus tramas y personajes, así que sería injusto intentar analizarla de ese modo. En realidad, no era fácil ponerle punto final a la travesía de Nancy Botwin –espléndida, en cada nuevo episodio, Mary Louise Parker- y no tanto porque la trama nos tuviera especialmente enganchados a la pantalla –algo que, tras su salida de la cárcel, nunca más volvió a sucedernos-, sino porque nos había ocurrido exactamente lo mismo que a Andy, su cuñado: sin darnos cuenta, nos habíamos enamorado de ella.

Por eso, a pesar de lo errático de las últimas temporadas –ocho fueron demasiadas, sí, aunque sus incondicionales le agradecimos que siguiera tanto tiempo con nosotros-, hemos acompañado a Nancy en su caos emocional y personal, en ese mundo de traficantes y mafiosos que, en realidad, no era sino una excusa para hablar de otros temas mucho más próximos, como el estrés de la vida diaria y la dificultad de encontrar un lugar en ese mundo de existencias tan idénticas como anodinas (little boxes on the hillside, cantaba el tema de apertura de cada episodio).

Ocho temporadas viendo cómo se paseaba Nancy –café XL del Starbucks en mano- por las situaciones inverosímiles, intentando ser madre, amante, empresaria, cuñada, amiga y, sobre todo, mujer. Un personaje que pudo quedarse en caricatura y que, gracias a la empatía que lograron crear con los espectadores, se convirtió en una de esas creaciones que se quedan para siempre en nuestra memoria.

Claro que no ha sido una serie ejemplar en su recorrido: fantástico planteamiento inicial, correcto primer tramo y progresiva decadencia hasta un episodio final imposible en el que, salvo el último plano –solo nos faltó Celia: ¿por qué dejaron escapar un personaje y una actriz como ella?-, todo resultaba algo acartonado y, sobre todo, precipitado.

A cambio, nos regalaron esa imagen final –el porro compartido por toda la familia Botwin, a la que, lo admito, sí voy a echar de menos- y, un episodio antes, nos dieron uno de los momentos de sexo más intensos que he visto en la televisión reciente. Un polvo desesperado y triste –seco y brutal en su concepto y en su sentido- entre Andy y Nancy en el mismo lugar en el que había muerto el hermano de aquél y marido de ésta. Ese cierre del círculo de un amor tan fatal y destructivo como el suyo es, posiblemente, uno de los mejores momentos de la serie. Todo un homenaje a la dignidad de sus dos grandes protagonistas –magnífica la creación de Justin Kirk- y, sobre todo, una forma de recordarnos que, más allá de sus idas y venidas de guión, Weeds nunca ha dejado de ser la serie adulta e incisiva que se había esbozado desde su piloto.

No se trata de una reflexión sobre la maldad como Breaking bad, ni de  una comedia folletinesca a lo Desperate housewives (dos series que, por cierto, también me entusiasman), sino de una propuesta mucho más disparatada, cercana –a ratos- al esperpento y rozando siempre lo inverosímil y hasta el absurdo, con una galería de secundarios sobresalientes y desmadrados en su evolución: Silas, Shane, Doug, Celia, Guillermo, Jill, Conrad, Heylia… Un sinfín de nombres para una serie asumidamente nancycéntrica.

Si alguien no la vio en su momento, que no se acerque a Weeds esperando ver una serie redonda.  Ni lo es ni creo, honestamente, que pretendiera serlo. Pero sí encontrará en ella una propuesta llena de momentos agudos, de frases inteligentes, de gags inesperados, de personajes entre lo repulsivo y lo entrañable. No se trata de un ejemplo de coherencia argumental sino, más bien, de un gigantesco collage que pareciera fruto de una larga sesión de la maría que da título y argumento –puro macguffin– a la serie. Y desde esa actitud, si se sienten capaces de afrontar que el mensaje final de Weeds –donde se afirma sin medias tintas que la infelicidad y la rutina son nuestros enemigos-, seguro que pueden disfrutarla. Porque entonces, pero solo entonces, descubrirán que Nancy es la gran heroína de la televisión. La única capaz de inventarse a sí misma una y otra vez con tal de hacer frente al más peligroso de nuestros antagonistas: el aburrimiento.●

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