El vértigo de la mesa de novedades

Categoría: Club Culturamas |

Por FERNÁNDO J. LÓPEZ. Cada vez tengo más claro que lo difícil no es escribir una novela. Ni siquiera llegar a publicarla (que también). Lo peor -sin duda- es todo lo que viene después.

Porque en el proceso de escritura hay una parte de placer -masoquista, sí, claro: ¿qué placer no lleva incorporada su cuota de dolor?- y, sobre todo, de descubrimiento. Una soledad buscada en la que no tenemos más enemigos que nuestros miedos e inseguridades (y no son pocos…), esos que, con cada nueva palabra tecleada, creemos vencer.

Y luego, en la lucha por publicar -y de eso sé bastante: antes de los primeros síes hubo muchos noes-, siempre hay un poso quijotesco, una necesidad de conseguir que lo escrito llegue a los lectores y se convierta en ese reverenciado objeto llamado libro. Pero, saltándonos la tenacidad y el estoicismo que exigen todos los noes que habremos de acumular de los editores a quienes se la enviemos, llegamos a algo supuestamente mucho más placentero. A la meta, en definitiva, de cualquier autor: publicar su libro.

Esta meta, sin embargo, lleva aparejada de la necesidad de darlo a conocer. Del trabajo que habremos de hacer para encontrar argumentos que faciliten la labor de nuestros editores, de los responsables de comunicación, hasta de los libreros, garantizando así que nuestro libro pueda estar, al menos unas semanas, dentro de la sección de novedades. De lo contrario, acabará arrinconado muy pronto en una remota estantería donde será inaccesible para quienes, de haberse tropezado con él, sí podrían haberse interesado.

Así que, durante esos meses -antes de, durante y un poco después de la publicación-, el autor debe convertirse en una suerte de improvisado publicista, capaz de interesar a los posibles lectores y, sobre todo, a los libreros y centros comerciales donde le gustaría saber que su libro sigue siendo expuesto en el mostrador de novedades a pesar del alud que aterriza en sus almacenes cada mes. Por eso, quizá, es más fácil ilusionarse con la tarea -solitaria- de la creación. Hasta con el momento de Sísifo de la búsqueda del sello que dará luz verde a nuestro texto. Y, sin embargo, resulta un poco más difícil hacerlo con las expectativas reales de cada nuevo libro, porque -novela tras novela- somos conscientes de que nuestro texto deberá luchar por hacerse hueco en un océano inmenso en el que no siempre resultará fácil hacer oír nuestra voz. Ni compartir nuestras palabras.

En mi caso, a tan solo un mes del lanzamiento de Las vidas que inventamos, con Espasa, siento ahora mismo todo ese vértigo y me pregunto qué suerte le deparará a mis personajes cuando, el 22 de enero, aterricen en sus primeras librerías. Y quiero creer que habrá lectores interesados en compartir con ellos su mundo, o curiosos que se acercarán a sus páginas por las imágenes del booktráiler que ahora estamos rodando, o quien busque esta novela porque todavía guarde un buen recuerdo de la lectura de la anterior. O…

Cada vez tengo menos claro qué hace que alguien se detenga en uno de mis libros. Solo sé que cada vez que esa mezcla de magia y azar ocurre, me siento más agradecido por ello.

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