Louise Bourgeois. Útero exterior

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Por Pedro Bosqued.

  

Louise Bourgeois. “HONNI soit QUI mal y pense” (Mal haya quien mal piense).

La Casa Encendida

Ronda de Valencia, 2. Madrid. Hasta el 13 de enero de 2013.

  

Una exposición es el momento en el que el artista se desnuda o al menos cuando queda más a la intemperie; el instante en el que muestra el interior de manera más amplia. Y la hasta el momento última exposición programada en La Casa Encendida por Bankia, es también la de la última época de la parisina. Sus diez últimos años creativos conmemoran los que cumple La Casa Encendida. Los años del inicio del siglo XXI, la obra que generó en Nueva York. Manufacturas refinadas, coloridas, en series agrupadas que confirman la evolución sin fin de una artista que se quedó a las puertas de ser centenaria, pero que trabajó hasta el final por lo que de verdad vivía, su obra.

 

 Temáticas que arrancan en la infancia. Dos momentos determinantes. El trauma de sentirse traicionada por los adultos, primero. Y el descubrimiento artístico a través de los tapices que su padre colecciona y vende. La Bourgeois (París, 1911 – Nueva York, 2010) le ayuda a restaurarlos, y en ese punto comienza su dedicación plena. Como plena es su sinceridad como artista. “Hay que tener el coraje de ver lo ridículo que es uno, y de esto trata mi trabajo”.

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 Énfasis aparte, la muestra con más de sesenta obras se divide en cinco salas. Enigmática la sala que cobija la Célula (Días negros), el espacio cerrado al que no podemos entrar. Queda el espectador de voyeur. Como una celda, una casa vacía que se ve pero que no se penetra. Acero, tela, mármol, vidrio, madera, goma, hilo. No son espacios de reclusión, más bien lugares en que deposita sus angustias. Para ella, la casa fue donde tuvo lugar su más alta traición, donde descubrió que la que había venido a ser su institutriz, acabaría convirtiéndose en la amante de su padre. El lugar lleno de fragmentos de memoria para recargar con ellos su energía creadora. Colores variopintos en materiales diversos, metales e hilos para conseguir conjunciones inimaginables. Tapicerías cosidas y rematadas con varillas metálicas que conforman arañas sobre un sillón dentro de una celda. Intimidades impenetrables pero visibles desde el exterior. Honestidad en el riesgo.

 

 Rojo. En la sala que presenta la serie I See You (Te veo). Papeles de grandes dimensiones divididos en dos partes. A la izquierda la frase que da el título a la obra. A la derecha, la imagen de un cuerpo con dos cabezas. O  dos caras opuestas, referencia a Jano, el dios romano, una cara hacia delante, otra hacia detrás. Las dos de rojo intenso. Rojo sangre, de vida y energía. Dibujos que realizaba desde el principio. De muy pequeña dibujaba los pies y otras partes inferiores de los tapices que había que restaurar. Y fue el carboncillo lo que la separó de la aguja. Como señaló en su etapa final, “cuando termino un dibujo, mi nivel de ansiedad se apacigua”. Y queda más lejos el lema de la orden de la Jarretera —una de las órdenes más antiguas del Reino Unido—, que da el título a la exposición, “Mal haya quien mal piense”.

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 O que cada uno piense lo que le venga a la mente en la sala Do Not Abandon Me (No me abandones). Tela rosa cosida que conforma la escultura de una madre que está dando a luz a su hijo. Sin embargo, el cordón umbilical que les une, parte del ombligo de la madre. El miedo al abandono también lo puede sentir la madre. Quizá sea ella la que no quiere ser abandonada. Referencias a los conceptos freudianos para enfrentarse con los traumas infantiles. Como el mito africano de Anansi, la araña —icono de la Bourgeois—, que por despecho rompe su hijo y deja que la calabaza de sabiduría caiga del árbol y se quiebre, permitiendo que el saber que ella quería conservar, se disperse.

 

 Como no se dispersó la artista, que a finales de los cuarenta, realizó la primera incursión en la escultura. Una mañana al encontrarse sola en casa al haber salido su marido y sus tres hijos, decidió crear unas esculturas que la acompañaran. Empezando por lo que tenía más a mano, unas botellas de leche hasta llegar al acero o el bronce. Sin embargo, sus esculturas más cálidas están cosidas, con su propia ropa —todo lo conservaba—, la tela, además, le permitía cambiar de opinión cuantas veces quisiese. Al ser maleable, se puede retorcer, cortar y volver a coser. Y en la muestra se pueden apreciar varias sábanas con sus iniciales bordadas en rojo como soporte de su obra. Huellas que se podrían considerar a primera vista femeninas y que ella les da la vuelta en la serie Otte, sufijo con sentido peyorativo para señalar que lo que en el hombre parecía una cualidad, en la mujer era un defecto. Inteligentes juegos de palabras en poemas cantados por la propia artista riéndose de lo peyorativo hasta alcanzar la iluminadora existencia híbrida. El masculino-femenino en un continuum.

 

Pintura, escultura, dibujo, escritura, una artista que penetró en todos los campos con los que se cruzó para salir con una de las cosechas más valiosas que se pueden lograr. El aprecio sin fisuras que provoca la obra basada en la emoción.

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