La (nueva) generación perdida, cincuenta años después

Por Jesús Villaverde Sánchez.

124Escribía Hemingway: “pensé que todas las generaciones se pierden por algo y siempre se han perdido y siempre se perderán”. Casi cincuenta años después de que Hem escribiese estas palabras, se da en el mundo la que se conoce popularmente como la “generación perdida”, una denominación que, curiosamente, también recibió la generación del escritor, integrada por Scott Fitzgerald, Steinbeck o Faulkner, entre otros.

Precisamente esta generación, la de los nacidos en la década de los ochenta, es la que analiza la joven autora Meredith Haaf en su ensayo de polémico título: Dejad de lloriquear. No obstante, pese al agresivo encabezamiento, la obra no supone un ataque tal como se espera a sus coetáneos, si no más bien un pormenorizado análisis de los problemas, superfluos y endémicos, y de las actitudes, las virtudes y los defectos de esa juventud nacida en los ochenta.

Con este título, algo tramposo, Haaf se presenta como una especie de término medio entre Tony Judt y Stephane Hessel: una visión complementaria de la juventud desde la propia juventud –Meredith Haaf nació en 1983, por lo tanto tiene ahora 29 años-. La autora, más que quejarse de la inactividad, parece querer dar un empujón a las personas de su quinta con el fin de que empiecen a cambiar el curso de las cosas.

La alemana denuncia una generación que, en ocasiones, se esconde entre lloriqueos aparentemente fáciles o se refugia en la comodidad del anonimato que proporcionan las redes sociales y los medios de comunicación, basando toda su actuación social en su interacción en ese nuevo mundo virtual. “En líneas generales hay que decir que esta generación está atrapada en un estado postoptimista, deliberada y extremadamente flexible, nervioso y balbuceante, y que sus miembros están demasiado ocupados con sus redes de información y comunicación y obsesionados enteramente consigo mismos, con su propia distinción -sus gustos y estatus- y sus propias ventajas”, escribe para referirse a ello.

Por suerte, Meredith Haaf no se mantiene al margen de esta denuncia, si no que se incluye en esa juventud acobardada por el miedo a perder algo que ni siquiera posee. Una generación que, en líneas generales, rehúsa el compromiso político y que odia tanto el compromiso como la confrontación. Como muestra, el principio del libro, en el quecomenta como ella misma tiene una gran resaca por la que prefiere quedarse en casa antes que salir a participar en una importante protesta que tiene lugar a un par de calles de su casa. Tal vez con un ‘Me gusta’ en Facebook o un tuit seguido del “hashtag” adecuado bastarán para sintonizar con los que sí han salido a la calle y sentirse menos culpable.

De esta forma, Meredith Haaf rompe con la posible idea que puede surgir en el lector al leer el título y subtítulo de la obra. No, la cosa no va de reírnos del que no hace nada, ya que yo misma estoy dentro de la misma generación que ellos, parece querer dejar claro la joven de Múnich. Lo que sí busca es lanzar un grito –una especie de ¡Indignaos!- a la juventud, de la que ella misma forma parte, para que el mundo comience a ajustarse a unos patrones más solidarios y beneficiosos para todos.

Tal vez la frase final del epílogo sea la más reveladora. Un simple “Esta en nuestras manos” con el que cierra Haaf, después del aluvión de ejemplos, datos, estadísticas y opiniones que recopila en su libro, fruto de la observación y la investigación del objeto del estudio: la supuesta generación perdida. Un par de párrafos antes escribe la que quizás sea la frase con más poder de todo el libro: “Quizá algún día se diga de nosotros: dejaron que su mundo se derrumbara porque tenían demasiado miedo de salvarlo”.

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Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos

Meredith Haaf

Ed. Alpha Decay, 2012

272 pp. , 21 €

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