Las dos caras de Updike y la fe del converso

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Por Gerard Altés Solé

La editorial Tusquets nos trae por fin una de las argucias literarias más irónicas y mejor erguidas de finales del siglo XX; se trata de la saga de libros de Bech, elucubrada por el escritor John Updike, a modo de cortés desquite. Mientras se valoraba con creces su fecunda obra, sus colegas de pluma judeo-amerciana , Bellow, Roth, Malamud, Mailer… contaban con mejores atenciones por parte de unos críticos mucho más cómplices de la escritura introspectiva sobre el “yo” y “mis pensamientos”, que era el denominador común de su estilo.   Y decidió servirse de la ficción para crear un personaje identificable con un tótem de estos escritores, que en realidad él también admiraba, y pasar a ser uno más.

John Updike es un gigante de las letras estadounidense, un prolífico menestral amanuense de lo que le dictaba su fina mirada. Podría ser considerado el anti-Bartlebly por excelencia, ya que el escritor de Pensylvania, ante la duda, siempre optó por escribir y sin dejar ningún registro en la despensa, ensayos, crítica, relatos, poesía, política…

“Updike fue un novelista intelectual, un novelista que explora en su obra las paradojas, tensiones y ambigüedades de la sociedad de la abundancia” (Cristina Garrigós, 100 escritores del siglo XX, Ariel 2009). Su obra cumbre es la tetralogía sobre el personaje de Harry Conejo Angstrom, que se ensancha desde Corre Conejo, El regreso de Conejo y Conejo es rico hasta Conejo en paz. Seguramente en estos libros perdura el legado ficcional más interesante de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos. En esta osada domesticación de la realidad, Harry Angstrom no es el Updike que no fue a Harvard; forma y siempre ha formado parte de la personalidad del escritor, como la de todos nosotros, no es otro que “el materialista insatisfecho que goza y se irrita con el dinero y la sexualidad” (Martin Amis). 

Como ya he dicho, Tusquets está publicando ahora  la otra saga, el juego que también lo hizo célebre al darle una nueva vertiente a su talento, demostrando que no sólo era un ilustre narrador de corte puramente realista. En 1970 John Updike dio vida a Henry Bech, un personaje completamente opuesto al anodino WASP; Bech es un escritor consagrado en el que cohabitan todos los registros, tormentos y estereotipos de los escritores de tradición judeo-americana. Updike llena de sana malicia estas tres novelas -sólo publicadas las dos primeras en España-, como vemos ya en el cervantino y sublime ejercicio del prefacio de El libro de Bech, donde hace acopio del devenir de esta serie; todo  un alegato de intenciones. 

Se nota que al realizar este pastiche literario, sirviéndose del estilo más rimbombante, como un demiurgo de la condición humana, Updike escribe a contra natura, pero no duden que el resultado es extraordinario. No es difícil de imaginar al escritor, que murió en 2008, con una sonrisa  tejiendo esta inteligente comedia.  Ya que en realidad, no deja de ser un homenaje a una forma de hacer literatura y a una cultura que “ha mantenido el secreto de la risa una generación más que los gentiles, de ahí su actual predominio”.

 

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