La novela de tu vida: Elia Barceló

Por Elia Barceló.

portada_19841984, de George Orwell.

Era 1973; yo estaba en sexto del bachiller de entonces, el penúltimo año antes de ir a la universidad. Ese verano había estado en Londres, haciendo un curso de inglés: era el año del Watergate, la agitación política crecía por todas partes, en España había manifestaciones y sentadas, en septiembre habían asesinado a Salvador Allende.

Mis abuelos, que vivían en el primer piso del mismo edificio que nosotros, tenían la colección RTV, Biblioteca Básica Salvat, cien de las mejores novelas de todos los tiempos, y yo, no recuerdo por qué, había adquirido una costumbre curiosa: salía del instituto a toda velocidad, tocaba en casa de mis abuelos, iba directamente a la sala de estar, me acomodaba en un sillón y leía hasta que mi madre, una hora después, me llamaba a comer. Entonces dejaba el libro en su sitio, subía al tercero y hacía mi vida hasta el día siguiente, leyendo otras cosas, yendo a clase, a la biblioteca o a tomar algo con los amigos. Así leí muchas novelas que nunca me habrían llamado la atención en una librería. Y así descubrí 1984.

Yo no sabía nada de ella, ni conocía al autor, ni me la habían recomendado. La abrí y empecé a leer. Sin más.

Y por primera vez no dejé de leer cuando me llamaron a comer. No podía. Estaba totalmente enganchada.

Había leído ya bastante ciencia ficción: todo lo que tenía mi padre y todo lo que había en la biblioteca municipal –la colección Nebulae casi entera–, pero nunca había leído nada tan intenso como aquella historia distópica que se desplegaba frente a mis ojos; nunca había leído nada tan cruel ni tan real –porque, aunque aquello sucediera en un mundo que no era el nuestro, era absolutamente real–, tanto que dolía. Y podía ser el nuestro muy rápidamente, en el momento en que un dictador como el que aún teníamos en España, tanto de derechas como de izquierdas, decidiera convertirse en un Gran Hermano.

Con esa novela me hice adulta: descubrí las horrendas posibilidades de la manipulación del pensamiento a través del lenguaje y de la manipulación de la historia para sojuzgar al pueblo, de la traición, de la tortura, del control absoluto. Me recuerdo a mí misma, horrorizada, siguiendo el camino de Winston, el comienzo de su disidencia, su amor por Julia, su tortura a manos del terrible O’Brien, su traición a la mujer amada en la celda 101 y lo peor –lo peor que yo había experimentado en literatura hasta ese punto–: el final, ese terrible y demoledor final en el que Winston es minuciosamente destruido, pero del peor modo posible para que ni siquiera se convierta en un héroe fracasado o muerto. ¡Qué gran final! ¡Qué ejemplo, para una futura escritora, de lo que se puede hacer con las palabras!

He leído muchas distopías desde entonces y algunas aún me rondan por la cabeza, como el Nosotros, de Zamyatin, pero ninguna ha conseguido nunca hacerle sombra a 1984, la novela que me abrió realmente los ojos al peligro de los totalitarismos y que contribuyó decisivamente a cimentar la conciencia crítica que ya me habían dado en casa.

Le estoy profundamente agradecida al señor Orwell por esa espléndida novela y a veces, cuando me deprimo y me da por pensar si la literatura sirve para algo, me acuerdo de 1984 y sé que sí.

 

* Elia Barceló es escritora. Su última novela, Hijos del clan rojo (Primera parte de la Trilogía Anima mundi, aparecerá en Destino en el mes de marzo). 

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