Madrid crece a las diez

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Por Pedro Bosqued. 

 

Derivas de ciudad, cartografías imposibles de Esther Pizarro.

Centro de Arte Tomás y Valiente.

Calle Leganés, 51. Fuenlabrada (Madrid).

De lunes a domingo, de 17 a 21 horas.

Del 31 de enero al 14 de abril del 2013.

  

 Para señalar una dirección a veces se sustituyen las coordenadas por las horas de un reloj. De esta manera, dirigir hacia el noroeste se denomina a las diez, como si fuésemos una manecilla en la esfera del reloj. Y no es casualidad que al decir Madrid crece a las diez, también estemos hablando de que las direcciones de crecimiento de las ciudades no son puntuales ni medibles al segundo. Les influye, y de qué manera, los movimientos de los paseantes de la ciudad.

 

En Derivas de ciudad, cartografías imposibles de Esther Pizarro, se nos ofrece una metódica e inusual forma de ver la faz de las ciudades. En la sala A del Centro de Arte Tomás y Valiente (CEART) de Fuenlabrada, sirven de introducción a la muestra las delimitaciones que forman Los Ángeles, un barrio clásico de París o el tortuoso sendero de una tesela de Roma; para dejar el espacio central sobre fondo blanco de la sección principal de la exposición a Patronando Madrid.

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Preside el centro de la sala un inmenso plano de Madrid suspendido boca abajo, trenzado de hilos rojos, que representan el paseo de cien ciudadanos anónimos por su ciudad. De forma que se aproximan más al suelo, las zonas que son más visitadas. Y ahí se ve como la ciudad experimenta un recorrido casi inocente hacia su noroeste, hacia la parte histórica donde nació la Villa.

 

Es esta una de las peculiaridades de la ciudad. Si miramos el plano de grandes ciudades europeas como París, Londres o Roma; las tres parecen saltar a la comba que conforman el Sena, el Támesis y el Tíber, respectivamente. El río se convierte en la espina dorsal de la ciudad y a raíz de ahí surgen las ramas, los ramales, las zonas de expansión y los constantes puentes que acercan al peatón al lado contrario.

 

Sin embargo, en Madrid ni el Manzanares gozó nunca de esta prebenda, ni la ciudad se arremolinó junto a él. La ciudad se desarrolló, casi podríamos decir inconscientemente, sobre el montículo que presidía el Alcázar, emplazamiento hoy del palacio Real. Sin atreverse a llanear hasta hace dos siglos para invadir el prado de los Jerónimos y el ensanche que vertebrara hace solo dos siglos el paseo de la Castellana, la ciudad se arremolinó entre la calle y la plaza Mayor y la mirada puesta en Sol, con el límite espacial del barranco que delimita al palacio Real y el entramado de callejuelas del casco histórico.

 

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Con el paseo del centenar de madrileños anónimos, Esther Pizarro ha demostrado que sigue siendo esa parcela junto al montículo la que sirve de nido o celda a las abejas paseantes de la urbe. En las paredes que circundan al plano colgado boca abajo se detalla el recorrido habitual de cada paseante. Solo con los datos de su edad, sexo y nacionalidad, la escultora madrileña sitúa también con hilo rojo, el recorrido sobre un plano esquemático de la ciudad recortado al perfil del rostro del ciudadano anónimo. De forma que cien perfiles físicos delimitan el plano simbólico de la ciudad atravesado siempre por el hilo rojo sangre que todo lo marca.

 

Vista la sala A desde el segundo piso, parece un telar caótico de líneas rojas. Y cuando se ve desde el tercer piso el plano invertido de la ciudad, y el caos controlado de hilos rojos sobre fondo blanco, la pulsión vital que engendra el rojo se empareja a la perfección con el blanco que lo acoge.

 

Cien paseos en rojo, cien circuitos para marcar a una ciudad que mira sin saberlo hacia el noroeste, que crece a las diez para afirmar inconscientemente que cien es un número en base diez.

 

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