Desventuras de un escritor en Hollywood

 

Por LUPE RUBIO

Me excitan las series para adultos porque me siento como un niño cuando oye esas palabras que sabe que existen pero de las que nadie le habla. Gracias, Dios de la televisión, por haber permitido que existieran HBO, Showtime, etc, cunas de series que muestran sexo, alcohol, drogas y violencia sin remordimiento, y con bastante sentido del humor, como House of lies, Weeds, Saving Grace y, por supuesto, Californication. Esta última es, sin duda, mi favorita, a pesar de que la actual sexta temporada tenga problemas de rumbo y se encuentre un poco atascada de argumentos. Un amigo me preguntó no hace mucho si el protagonista aun no se había redimido. Respuesta breve: no, ni lo hará jamás. Si alguien espera que el alcohólico y sexoadicto, pero enamorado de su ex mujer, escritor y guionista Hank Moody se redima es que desconoce ese clic interno que tienen los perdedores de tirar por la borda, bien sea a propósito o dejando que el arma cargada la dispare otro, cada oportunidad.

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Pero no desvistamos aun al protagonista. El título de la serie de Showtime, emitida en España en varios canales (Fox, Cuatro, Energy, FDF), mezcla California y fornication (fornicación en castellano) y fue el nombre del álbum más famoso de Red Hot Chili Peppers. Su origen se halla en una campaña política popular desde los años 40 que recogía el sentimiento de los habitantes de los estados vecinos Oregon y Colorado en contra de que los californianos se mudaran a sus estados, con el aumento edificador que ello conllevaría. El término se ajusta bien al punto de partida del argumento subyacente de la serie: cómo el estilo de vida californiano arruina la vida de un escritor neoyorquino que se muda a Los Ángeles con su esposa e hija para escribir un guión cinematográfico basado en su novela superventas y la película le consigue fama y dinero, pero traiciona y edulcora la obra original. Su creador, Tom Kapinos, ha confesado que ese hastío vital por vender su don es el que él sentía los cuatro años que estuvo trabajando como guionista en la serie Dawson crece.

Así que Kapinos se vengó de tal sobredosis de azúcar con un argumento que no podía comenzar de forma menos correcta. El protagonista, interpretado por David Duchovny, se acuesta con una joven admiradora que, no solo le pega un puñetazo en su clímax sexual, sino que golpea sus intentos de recuperar a su ex mujer, al descubrirse que es la hija menor de edad del prometido de su ex. Y la chica, para terminar de liarla, le roba la novela que Moody ha escrito sobre su relación tras años de sequía creativa y la hace pasar como suya con gran éxito.

Si que el lacónico agente Mulder de Expediente X se reconvirtiera en un nihilista adicto al sexto sorprendió a los que no conocían sus primeras películas (Julia tiene dos amantes) y su pasado en una clínica de rehabilitación, lo cierto es que ahora nadie duda en que este eterno Peter Pan, inmaduro e irresistible, parece haber sido escrito para él. Pero uno de los méritos de Californication (y del que House of lies adolece) es que no se trata de una partitura para un solo solista que brilla entre la orquesta. Está rodeado por una serie de personajes, fijos u ocasionales, que escapan de la trampa del arquetipo a pesar de su extravagancia. Comenzando por el representante del escritor, el calvo, tierno y desagradable pajillero Charlie Runkle, acosado por una inmensa (en todos los sentidos) Kathleen Turner como su deslenguada y viciosa jefa en la tercera temporada. Entre las mujeres que han pasado por la vida del protagonista y que le han distraído de su eterno romance con la etérea Natasha McElhone destacan por su química la abogada interpretada por Carla Gugino en la cuarta temporada y Eva Amurri, hija de Susan Sarandon, en el papel de una prostituta. También se quedan en la memoria el escritor ex alcohólico Richard Bates (Jason Beghe) con el que se casa Karen, el vicioso productor musical Lew Ashby (Callum Keith Rennie), el actor interpretado por Rob Lowe cuyo paranoico método está inspirado, dicen los malvados, en Brad Pitt, y la estrella de rock Atticus Fetch (Tim Minchin), incorporación de la última temporada.

Porque la música, concretamente, tiene una parte muy importante en Californication. Las andanzas del protagonista han reflejado los vicios de los ambientes literarios y cinematográficos, pero también ha encontrado un escenario ad hoc en las estrellas de rock y rap que viven o trabajan en Los Angeles. No es solo que Rick Springfield o RZA se interpretaran a sí mismos en varios episodios, los títulos de numerosos capítulos (Exile en Main Street, The last waltz, Wish you were here…) están tomados de canciones, la casa de Hank Moody aparecía en la portada de un disco de The Doors, y los títulos de los libros escritos por Moody son temas de la banda Slayer.

Así que Californication es algo más que una serie con buena música, palabrotas y mujeres desnudas. Recoge bajo sus extravagantes y cómicas desventuras el alma de una ciudad, Los Angeles, no tan bien favorecida como Nueva York lo suele ser en el cine y la televisión, pero sí igual de corruptamente fascinante. “LA is my lady” cantaba Frank Sinatra. Y Hank Moody está escribiendo su biografía.

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