La nueva televisión

 

Por VÍCTOR MORA

Ya es hora de que analicemos con calma el actual debate sobre la piratería, lo ilegal y todo ese discurso vacío y chapucero que salpica por cualquier parte.

black mirror

Hace poco me invitaron a hablar de contenidos culturales en una mesa redonda en la que, al nombrar Internet como medio accesible de difusión, se echaron todos las manos a la cabeza y trataron de cambiar rápidamente de tema, como si acabara de invocar a Satán. ¿Por qué sigue siendo un tabú hablar de Internet? El miedo sigue operando como imperativo director.

Veamos: la manera de difundir contenidos hasta ahora (como series de televisión) ya no funciona como antes. Internet lo ha cambiado todo. Es algo que todos utilizamos y que ha destapado la caja de Pandora. Se ha descubierto (¡oh, cielos!), que los contenidos que nos muestran nuestras televisiones locales no son (o no tienen por qué ser) lo que nos gusta ver de verdad. ¿Cuál es el problema? El problema es que se siguen sin buscar soluciones y se opta por amenazas de multa o de prohibición permanente. Se trata de hacernos pensar que estamos robando, cuando lo que estamos haciendo es decidir con todas las opciones a la vista. Seguro que estamos todos de acuerdo en que lo más práctico sería regular esta situación, y dejar de hacer como que Internet no existe, porque sí existe.

La tecnología va por delante de todo porque crece a más velocidad. La tecnología se adelanta a las leyes y a la ética (bien lo sabe Charlie Brooker y así lo muestra en Black Mirror). La tecnología ha crecido hasta el punto de hacer temblar los pilares de una industria que se queda obsoleta. No nos quieran convencer de que la cultura está en crisis, señores, lo que está en crisis es la industria.

En los frentes de batalla de las audiencias sigue ganando la tele-realidad y el corazón (me remito sólo a la cantidad), pero las producciones de ficción se mantienen y eso será porque hay demanda. Las masas mandan sobre los contenidos y deciden con el mando a distancia lo que procede o no procede ser visto en televisión. Pero ha llegado un momento en el que ese esquema se ha roto y ya no es tanto una cuestión de estrenos en nuestra pantalla local: el cambio está en la red. Todos la utilizamos y ocultarlo resulta ridículo, por muy políticamente incorrecto que pueda resultar en algunos medios. Está claro que si nos dieran a elegir entre ver algo sin cortes o interrupciones no dudaríamos.

Todos preferimos ver Sherlock Holmes sin un millón de anuncios pornográficos alrededor, en buena calidad y en versión original. Pero, ¿por qué conformarnos con lo que un grupo directivo de una cadena quiere comprar? Nadie puede convencernos de eso. Quizá compren Downtown Abbey pero no Psychoville, quizá compren Modern Family pero no Hit&Miss y, señores y señoras, nadie puede convencernos de que hay cosas que no podemos ver. Lo cierto es que podemos y lo hacemos. Fin de la historia.

Esa difusión incontrolada se escapa por la tangente de los canales establecidos, y se comparten, se difunden, se muestran y se divulgan los contenidos de una forma más plural y democrática.

Me parece que se trata más bien de una revolución individual que desemboca en colectividad, y que esa colectividad que decide con todas las opciones ya no puede reducirse a una masa fácilmente manipulable o controlable. Finalmente el público habla (todo el público, no el de las supuestas audiencias que figuran en las revistas), y se decide sin imposiciones. Antes que prohibir o cerrar webs para tratar de mantener un canal que está muriendo, sería mejor tratar de regular este canal que ya existe y que ya funciona.

Hace ahora dos años que Amador Fernández-Savater escribió el artículo La cena del miedo, en referencia a una cena a la que fue invitado junto a otras personalidades de la cultura para debatir sobre la inminente ley Sinde.

Aquí tenéis el enlace a tan interesante artículo, os invito a leerlo y a reflexionar sobre cuánto o cuán poco han cambiado las cosas:

La cena del miedo de Amador Fernández-Savater

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