El último legado de Francisco Casavella.

 

Por Iago Fernández

@IagoFernndz

Francisco Casavella desfiló por el mundo de las letras españolas como una exhalación: finado a los 45 años de un infarto de miocardio, aún había iniciado su andadura a los 27. En cuanto a la cortedad de su trayectoria narrativa, no es ningún secreto: quien más y quien menos, intuye las sucesivas golferías nocturnas que le atrajeron las complicaciones cardiovasculares. Lo que sí llama la atención en relación con su óbito, es la inmensa calidad literaria de títulos como Los juegos feroces, Un enano español se suicida en las Vegas o Lo que sé de los vampiros. ¿De veras fue posible que alguien tan desastroso, en lo personal, como para adelantar a base de excesos su propia muerte, escribiera varias novelas de una meticulosidad nabokoviana? A mi entender, se puede leer desde esta contrariedad toda la producción de Francisco Casavella, quien ya había caracterizado al novelista como a un “cazador de paradojas”. En sus obras parece indiscernible lo bajo de lo alto, lo noble de lo abyecto, lo cómico de lo trágico… del mismo modo que parecían indiscernibles su faceta de juerguista irredento y la de sesudo escritor de talento.

d100_libros_elevacionA quien le interese ahondar en esta paradójica carrera literaria, le recomiendo el libro que aquí me dispongo a reseñar: Elevación, Elegancia y Entusiasmo. Artículos y ensayos de Francisco Casavella (Galaxia-Gutemberg). A lo largo de prácticamente 1000 páginas, el autor escribe –con un estilo cuya calidad no desfallece ni una sola línea- y opina –con un talante crítico incurable de quien casi todo se lo toma a broma-sobre los temas de la esfera cultural de nuestro tiempo. La primera sección del libro, “El gran momento”, está dedicada a la totalidad de sus lecturas críticas, por muy estrambóticas que sean: cabe desde una reseña comparatística del último libro de James Ellroy con Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, hasta una recriminación a la faceta de Michel Moore como escritor, pasando por comentarios verdaderamente insospechados a uno de los títulos cumbre de los cultural studies, Orientalism, de Edward Said. Como irrompible hilo conductor, permanece constantemente la mirada, ácida y procaz, de Casavella. La segunda sección del libro, “La bestia debe morir”, está dedicada a textos sobre música, género artístico que marcó la vida del autor. Abundan las reseñas, los pareceres y las glosas de conciertos, discos o efemérides relacionadas con la edad de oro del pop español y un variopinto grupo de artistas catalanes: Machín, Nacha Pop, Kiko Veneno, Loquillo, Kaka de Luxe… No obstante, lejos de comprender estas páginas como un posible fresco underground de la transición, sería preferible estudiarlas como el material nutricio de unos personajes narrativos que tanto, tanto le deben a la cultura popular y a la condición noctámbula. Pienso, por ejemplo, en la figura del bailarín dionisíaco, que campa a sus anchas por muchas de las novelas de Casavella, como pudiera ser el caso del mítico Watusi, o en los escenarios de faranduleo nocturno, que siempre configuran algún cronotopo, véase los bajos fondos en Un enano español se suicida en las Vegas.

La tercera sección del libro, “Conmigo no podrán”, está formada por distintas crónicas que relatan la cotidianeidad de la ciudad condal. En este apartado el lector puede aprender suculentas lecciones literarias, ya que es donde Casavella más se aproxima al quehacer narrativo. Aparte del tono, es más que sobresaliente el ritmo con que desenreda una frase tras otra, el peso de cada uno de los adjetivos y (aunque esto, por razones de extensión, se visualiza mejor en textos más largos) la importancia que le otorga a los diferentes tiempos verbales, según quiera moverse por unos vericuetos u otros de la narración. Ya hace falta, de por sí, un pulso de cirujano para acometer con gracia estos particularismos del oficio, pero donde brilla sobremanera, según mi parecer, Casavella, es en la docta manera con que los modula según adecúe su comentario a un objeto u otro. En estas crónicas, por ejemplo, abunda una prosa más sencilla que en las reseñas de ciertos libros académicos de la primera sección: son las frases más cortas (se suspenden los paréntesis, los puntos y comas, sólo restan algunos dobles puntos…) y se limita la citación erudita.

tramoyam.blogspot.com

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Pero incluso en estas lides los textos guardan coherencia: de entre todos los rasgos citados, no muta el adjetivo. El adjetivo es el pie que calza Francisco Casavella. El adjetivo es aquí el férreo hilo conductor que comunica formas y contenidos. Si en el primer apartado se decía que una mirada, una ética común atravesaba los textos de arriba abajo, y en el segundo apartado, que de ahí manaban sus personajes más emblemáticos, añado que dicha mirada y dichos personajes toman cuerpo gracias al adjetivo; hasta que poco a poco, pero magistralmente, se yergue sobre la página ese mundo ni alto ni bajo, ni trágico ni cómico, ni noble ni abyecto, que a Casavella le pertenece.  Por lo demás, el libro contiene una sección dedicada al cine, “La emoción es lo que cuenta”, a la cual adjudicaría un valor semejante al de la primera sección, “El gran momento”, dado que la claridad y los modos con que habla el autor de ambas disciplinas resultan equiparables; un conglomerado de columnas, artículos y entradas de blog firmadas en distintos medios que tratan contenidos variopintos y de nuevo interseccionan las disciplinas predilectas de Casavella… Pero lo más interesante del libro se encuentran en su última sección: “El guía mestizo: una poética práctica”. Ahí se juntan una conferencia sobre el arte y la ética de escribir, una entrevista a Francisco Casavella realizada por el prologuista del libro -Jordi costa en plenas facultades- y un ensayo sobre la transición española paralelizado con la trilogía El día de Watusi. Es en esta última sección donde cabe una teorización sobre el novelista como “cazador de paradojas” y donde quedan enumeradas sus seis tentaciones principales: El deseo consciente de obtener la victoria, el de recurrir a la astucia técnica, el de evidenciar sus aptitudes, el de intimidar al enemigo, el de jugar un papel pasivo, el de librarse de cualquiera de las anteriores tentaciones. Todas ellas las explica Casavella en consonancia con su propia biografía y formación como escritor a partir de su primera lectura de El gran momento de Mary Tribune.

Con esto rematan las aportaciones que Casavella ha realizado a la literatura española a lo largo de su carrera, una carrera acelerada, talentosa, paradójica y precoz.

En otro orden de cosas, la edición es de lujo y este libro figura ya en mis anaqueles como símbolo de una gran pluma de nuestras letras.

 

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