Breves: De la poesía al cuento (II)

Por Juan Gómez Bárcena

 

Kiriwina

 

Kiriwina, Ana Tapia.

Fin de Viaje. Granada, 2012.

Kiriwina es el nombre por el que conocemos las islas Trobriand, el archipiélago donde a principios de siglo XX Bronislaw Malinowski revolucionó la Antropología. Y es también el título y el epicentro del tercer libro de Ana Tapia (1974); un conjunto de microrrelatos que recuperan el espíritu del etnógrafo polaco para poner en cuestión con profundidad y una buena dosis de humor nuestros paradigmas culturales.

Como sucedía en el caso de Sergio C. Fanjul –cuyo libro Genio del extrarradio reseñamos en este mismo medio-, y como veremos en el caso de Izara Batres, Ana Tapia es esencialmente conocida por su trayectoria poética. Su libro de poemas Túnel de espejos deformantes (Andrómina, 2006) se alzó con el Premio Leonor de Córdoba de poesía. Posteriormente, publicó en El Gaviero El polizón desnudo (2009), obra híbrida en la que se atrevía a combinar poemas y relatos. En Kiriwina (Fin de Viaje, 2012), su primer libro íntegramente narrativo, parece haber asimilado con provecho estos experimentos con el género, y ha demostrado su talento para moverse indistintamente en el cuento y en la poesía.

Al comienzo de esta reseña he citado al antropólogo Malinowski. La referencia no es sólo pertinente por lo que este libro tiene de homenaje –el propio Malinowski protagoniza uno de los microrrelatos-, sino porque todas las piezas de Ana Tapia parecen apuntar en la misma dirección: un intento de explorar la cultura humana, de comprender nuestra esencia a través de la disección de las prácticas sociales; de contemplarnos a nosotros mismos en el espejo alucinante del Otro. En este sentido seguramente no ha sido en vano la formación de la propia autora, que como licenciada en Psicología y Antropología, así como por su trabajo de profesora de Historia, parece haber encontrado la forma de hacer de su experiencia profesional buena literatura.

Sin embargo, el mayor logro de Kiriwina reside sin duda en su estructura y su cohesión. Compuesto por más de setenta microrrelatos, Tapia ha sabido dar unidad a sus diminutas piezas. Aunque todos los textos pueden leerse de forma autónoma, muchos de ellos se hacen guiños unos a otros, tejiendo hilos sutiles o incluso bosquejando una trama principal, que va ocultándose y resurgiendo intermitentemente a lo largo del libro. De ahí que, como se señala en el prefacio de la obra, sea recomendable “leer estos microcuentos en el orden en que aparecen, ya que entre ellos se esconden, como canicas de un mismo color, ciertas historias transversales, cuya trama se va desgranando a lo largo de sus páginas”. La principal de estas historias transversales, por cierto, tiene mucho que ver con un tiburón que ronda las aguas de Kiriwina; que acecha para devorar piernas de surferas, y en cuyo estómago se acabarán encontrando, entre otras muchas reliquias, un anillo de pedida con fecha de 1960 y la nota de rechazo de un editor de Wisconsin a un poeta.

Entre los abundantes textos del libro, recomiendo especialmente el que abre la colección –“La covada”- donde se nos alerta la dificultad de compatibilizar valores culturales diferentes, choque que aparece encarnado en el enfrentamiento entre nuestra sociedad y una aldea donde “los maridos nos contagiamos del embarazo de nuestras esposas”. También “Aldea pereza”, una comunidad aquejada de una extraña enfermedad que alcanza incluso a aquellos que tratan de saquearla. O el hermoso y siniestro “El óleo”, donde las fronteras entre la realidad y un lienzo se desvanecen por completo.

Sólo me queda recomendar la lectura de Kiriwina, y sobre todo aguardar el próximo trabajo de Ana Tapia, que confío se atreverá a llevarnos de nuevo a regiones inexploradas.

 

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