Mucho Aznar y muy pocas nueces

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Un artículo dedicado a Raúl Copín

Por ANNA MARIA IGLESIA

@AnnaMIglesia

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Me han pedido que escriba algo sobre la entrevista que ayer Gloria Lomana realizó a José María Aznar. La imprudencia me llevó a aceptar de inmediato, a pesar de que yo me había propuesto no ver la entrevista; reconozco que puede parecer extraño que alguien que, aparentemente, no tiene ningún interés en escuchar las declaraciones formuladas por el ex presidente, en el marco de un cuestionario cerrado y con un límite de tiempo imposible de rebasar, termine por escribir un artículo sobre la ya tan mencionada entrevista. A mí también me resultaría extraño, pero incluso lo incomprensible tiene una explicación: sabía que todo lo que dijera no me iba a sorprender, al contrario, sabía que, como la peor de las novelas, no iba a contradecir mi perfectamente delineado horizonte de expectativas. No se trata de extrañas e inexplicables habilidades premonitorias, más bien de una cuestión mucho más simple y terrenal: ¿Qué se podía esperar de sus declaraciones?

Como era de esperar, Aznar negó haber recibido sobresueldo alguno, negó haber visto sobres llenos de fajos de dinero, negó estar al corriente de la famosa caja B y la supuesta –mejor ser cautos, no está el patio para demandas- financiación ilegal –al fin y al cabo, por qué iba a saber él solamente era el presidente del Gobierno y el Presidente del partido, nada más- y afirmó con la mayor tranquilidad que el regalo que recibieron su hija y su yerno fue un simple regalo de bodas – regalar unos 30.000 € en un iluminación que bien podría alumbrar el entero Santiago Bernabeu es algo de lo más normal, ¿quién no ha recibido un regalo de tal naturaleza?. El hecho de que el tan generoso padrino fuera, años más tarde, imputado por la trama Gürtel no descompuso al imperturbable ex presidente, pues, como él mismo afirmó con la mayor de las naturalidades, por entonces todavía no existía sospecha alguna. Puede que en esto tuviera razón el señor Aznar, sin embargo, resulta sorprendente la habilidad de algunos en escoger amistades.

Frente a tanta previsibilidad, había que ofrecer alguna exclusiva con que ocupar las páginas de los rotativos de la mañana siguiente. La posible vuelta de Aznar a la vida política, anunciada de forma velada apelando a la responsabilidad hacia sí mismo, hacia el partido y hacia el país, ha sido unánimemente elegida como el titular principal; como subtítulo, las críticas no tan veladas a la política del gobierno y, en especial, a Mariano Rajoy y como entradilla el ataque hacia el periódico El País y el grupo Prisa. Si fuera rigurosa y cumpliera con el cometido que se me ha encomendado, comentaría con pormenores de estos tres puntos, sin embargo, he decido irme por la tangente. Ya son muchos los analistas políticos – o los que así se nombran, en un ejercicio de evidente modestia- que han argumentado sobre el tema; ya son muchas las palabras gastadas y no hay peor defecto para quien escribe que repetirse. Así que, querido lector, les remito a todos aquellos que ya han ocupado su tiempo en dichos temas; por mí parte, siguiendo los pasos del maestro Arturo González, prefiero dedicar este tiempo en pensar en todas aquellas cuestiones que permanecieron consciente e inconscientemente –seamos benévolos- en el tintero de los periodistas presentes en la entrevista:

Nadie preguntó acerca de las causas de la burbuja inmobiliaria, causas que no a caso tienen origen en los años de gobierno de Aznar –muy recomendable al respecto el libro de Ernesto Erkaizer Indecentes. Crónica de un atraco perfecto-; nadie preguntó, frente a los vanidosos alardeos, acerca de cómo durante los años de gobierno de Aznar el paro disminuyo gracias al exclusivo incremento de puestos de trabajo en la construcción, trabajos que la crisis destruyó, dejando millares de personas con escasas, o incluso, nulas esperanzas de encontrar nuevamente empleo; nadie preguntó acerca a qué se refiere Aznar cuando habla de una reforma de la fiscalidad, qué quiere realmente decir, más allá de la elocuente retórica, cuando propone la necesidad de renovar los retos planteados durante la transición; nadie le preguntó acerca de las víctimas que todavía hoy siguen muriendo en Irak; nadie le preguntó, cuando alardeaba de responsabilidad patria, acerca de José Couso, de la indiferencia que su gobierno –y, dicho sea de paso, también del gobierno socialista- ha mostrado en el momento de hacer justicia ante el asesinato de un compatriota –, para algunos la patria es relativa cuando se tocan los propios intereses- por un ejército extranjero; nadie le preguntó acerca de las fotografías con Berlusconi, al que ahora no duda en tildar de condenado en su vehemente ataque contra El País, o con Gadafi, cuyas frecuentes visitas como muestras de gran amistad se producían mientras su gobierno encarcelaba a disidentes.

Como éstas, muchas otras preguntas se dejaron en el tintero. “Evidentemente”, podrán esgrimir algunos, “el tiempo en televisión es limitado” y tienen razón, pero bien es cierto que, más allá de las innegables cuestiones temporales, el periodismo no debe olvidar que, ante todo, debe ser incómodo. Ayer Aznar no estuvo incómodo; supo torear con cómoda habilidad las leves envestidas que en escasas ocasiones le llegaron en forma de repregunta. Gloria Lomana y Victoria Prego no dudaron en repreguntar, en apostillar en algunas ocasiones, pero sin llegar a poner bajo cuestión las elusivas respuestas de un ex presidente muy habilidoso en el arte de la más fraudulenta de las retóricas. Y que decir de Francisco Marhuenda, a veces el silencio es más elocuente que cualquier palabra.

La entrevista de ayer por la noche se enmarco en el deteriorado escenario democrático del que somos protagonistas: políticos que no contestan y periodistas que no preguntan; silencios y evasivas, medios periodísticos de partido, palabras vacías de contenido, mucho ruido, pero pocas, muy pocas nueces. Y mientras la entrevista de hoy acapara portadas, mientras las palabras de Aznar son, y serán en los próximos días, centro de toda atención; convertida la política y lo que la  rodea en el arte de la distracción, esta tarde detenían en su domicilio al fotógrafo Raúl Copín por haber sido testigo del indecente uso de la violencia por parte de la policía durante una protesta ciudadana. Las palabras pueden mentir, pero las imágenes del fotoperiodista no; Raúl Copín hoy representa a todos aquellos periodistas que, lejos de todo mediatismo, no se conforman con el silencio, con la elusiva retórica de quien no contesta y con la cómoda y siempre tranquilizadora posición de quien no molesta.

Hoy todo el mundo habla de José María Aznar, pero puede que no deberíamos hablar de él, sino de Raúl Copín, pues su detención es ejemplo de la frágil democracia que ayer, como en muchas otras veces se escenificó.

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