UN BREVE INCISO EN EL CURSO DE LA HISTORIA

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16-300x300Por JUAN CARLOS VICENTE. Mido aproximadamente un metro setenta y peso setenta kilos. Guardo bajo llave una habitación privada en la que mantengo vivas las rodillas despellejadas de mi infancia y algunos secuestros para una posterior venta de órganos. Quizá fueron corazones, o vísceras, zarpazos del hombre del saco que asomaba el rostro en los telediarios sin que nadie lograse identificarle. Eventualmente crecí mientras el paisaje era modificado y sobre su piel colocaban una nueva ciudad. Adquirí nuevas heridas, contusiones, cicatrices sin importancia verdadera. Mentí, rectifiqué, volví a mentir. Posiblemente no éramos más felices. En cada país había una guerra, la nuestra fue ETA. Vi como sacaban a un terrorista de un piso franco en mi ciudad. No parecía distinto a los demás. Años después, hablando sobre esa detención, un vecino me dijo que se parecía a mí. El mismo corte de pelo, me dijo. No supe qué contestar, por aquel entonces los terroristas surgían de entre las dunas y sus nombres árabes eran como gritos de guerra. Luego el dinero calmó los temblores de muchas manos, los colectivos crecieron, nos invadió la sensación de que mentir no estaba del todo mal. Escuchar era perder el tiempo, observar era perder el tiempo, el propio tiempo se dilapidada en fragmentos microscópicos e hilos de voz, el fulgor extinto del futuro desmoronado. El hambre ya no era noticia, el hombre ya no era noticia. Adopté un aspecto yihadista, abandoné el negro por la oscuridad, muté, me corté el pelo y volví a encerrarme periódicamente en la habitación que durante tantos años había permanecido vacía. Algunas mujeres me odiaron por ello, puede que mi madre. Me encontraba en el panóptico diseñado durante las horas de ebriedad constante. Cogí la cámara y fotografié a los fantasmas de la ausencia. Las paredes incrustadas del residuo se mostraban frías y mohosas, provistas de la humedad salina del placer tortuoso. La reverberación de la verdad, inabarcable al no aceptar las enseñanzas del dolor. Eran ellos, pero sobre todo era yo. Eran ellos, pero sobre todo era yo. Eran ellos, pero sobre todo era yo. Me pregunto si podremos sobreponernos, sobrevivir sin adorar en secreto a la muerte, sin mutilar definitivamente el amor que cobijamos desde niños. Elevarnos, esbeltas aves negras volando en dirección al sol.

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