Frikismo patrio

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botijo_00-243x300Por VÍCTOR F. CORREAS. No hace mucho me llegó un correo de un amigo. El contenido, una delirante versión de ‘La vie en rose’ de El Príncipe Gitano. Espeluznante es poco, me decía. Ya, le contesté. Si no fuera porque a Enrique Castellón Vargas lo tengo más calado que una gorra de chulapo. A él y a otros muchos más.

Porque si de algo me vanaglorio es de poseer un más que aceptable –por no decir extraordinario- conocimiento del frikismo patrio; especialmente el que se desarrolló entre las décadas de los 70 y los 80 del siglo pasado. Los pelos como escarpias. Lo juro. Años y años de investigación y estudio que me han permitido manejar una interminable lista de artistas que dejaron impresa una huella única, irrepetible. Dos décadas que regalaron a este país una pléyade de artistas y aspirantes a gozar de tal respeto que no conocían el miedo, ni tampoco la vergüenza; cantantes capaces de elevar himnos de defensa de la homosexualidad –el incomprendido José Ángel con su sentido Madre, soy cristiano y homosexual-, de lanzar loas a la vertiente más cañí, más auténtica nuestra –Juan Manuel Cardona Bonilla, el Payo Juan Manuel. Un lujo de nuestra escena, oigan-, o de erigirse en encendidos defensores de gremios –Los dos españoles y ese Monumento al camionero-. Etcétera.

Esas dos décadas nos legaron tal cantidad de referencias musicales que darían para rellenar miles –y no exagero- de tesis doctorales, informes y análisis sobre la realidad sociológica de este país; para llenar conferencias, simposios y reclutar a decenas de distinguidos analistas y relevantes figuras de la cosa social, que se devanarían los sesos buscando el porqué de esas letras, de esas canciones. De esas expresiones artísticas. Un muestrario fidedigno de lo que ha sido este país a lo largo de su historia y de lo que seguirá siendo por los siglos de los siglos. Amén. Y servidor presente en todas ellas, disfrutándolas como un gorrino en un lodazal. Con los ojos como platos, humedecidos.

Y es que esto es España. Una guitarra, mínima o nula vergüenza y el arte rezuma por los poros de nuestra piel. Hagan la prueba, pónganse delante de un buscador de vídeos o simplemente delante del Google de turno y tecleen lo que se les pase por la cabeza –pásense por las páginas de Spanish Bizarro, por Caviar del Caspio o por el canal de Youtube del Doctor Cochambre, aunque no hayan conocido una actualización desde la centuria pasada-. Y siéntense. Y también agárrense los machos. Porque eso, lo que irá pasando por delante de sus ojos, es este país. Eso sí, háganlo sin acritud. Se lo pasarán en grande. Se lo aseguro.

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