El arte… ¿a qué precio?

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Por Chiara Galligani.

 

Parece que en nuestra época el confine que marca lo que se puede definir “arte” y lo que no lo es se vuelva cada día más sutil. Me refiero sobretodo a aquellas personas que se consideran a sí mismos artistas y utilizan elementos execrables para expresar su arte. Uno de los ejemplos más deplorables que hay hoy en día es, en mi opinión, el caso de Hermann Nitsch.

 

Este artista, muy a menudo, hace performances donde suele descuartizar animales vivos, invitando a las personas a mojarse de su sangre y de sus entrañas.  ¿Cómo se puede llamar todo eso arte?

 

Durante siglos la pintura, la escultura, el teatro han sido la expresión más alta de la creatividad y del ingenio humano, de la voluntad de sus autores de coger la belleza que los rodeaba o que tenían en su alma y, a través de los colores, del mármol, de las palabras, hacerlas realidad, dejándonos obras inmortales.

 

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Es verdad que muchos artistas eran demasiado modernos o impactantes para sus tiempos y por eso a veces han tenido que pasar siglos después de su muerte para que su genio fuera reconocido. Un ejemplo para todos fue el grandísimo pintor italiano Michelangelo Merisi, “Caravaggio”, que utilizaba como modelos a la gente del pueblo de Roma, los más humildes y eso, para la época era algo muy revolucionario y que generó muchas criticas, – ya que era visto como obsceno por sus contemporáneos-. Hasta que los Carmelitanos de la iglesia de Santa Maria della Scala, en Roma, que le habían comisionado un cuadro que representara la muerte de la Virgen, rechazaron la obra acusando al artista de haber utilizado como modelo para la madre de Dios una prostituta ahogada en el río Tíber.

 

En el caso de Nitsch, es la misma comunidad artística internacional que reconoce este individuo como artista y que, en cuanto tal, su obra tenga un valor especial para la sociedad.

 

En la revista Lápiz aparece un artículo sobre Nitsch donde se declara:

Entre el ritual religioso y la fiesta pagana, Teatro… de H. N. pretende la experiencia en todos los sentidos; es un acto de comunión colectiva donde se come carne con el vino de la cosecha más reciente y se asiste, en una acción que combina la belleza con la más visceral repulsión, a la procesión, degollación y descuartizamiento de animales. La música se confunde con el grito de las bestias, el perfume de los inciensos con los olores animales.

 

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¿Cómo puede una persona – que por ser artista debería tener una sensibilidad superior a la que tienen las personas comunes – definir como teatro los mismas cosas que pasan en un matadero?

 

¿A caso tiene la intención de paragonar su obra a los celebres Buey Desollado de Chaïm Soutine  y de Rembrandt?

 

Éstas sí se pueden llamar obras de arte porque representan la realidad filtrada de las emociones y los sentimientos del pintor y trazada sobre lienzo.

 

Por el contrario, el sufrimiento y la muerte de seres vivos e inocentes, hecho por voluntad de alguien que no tiene respeto por la vida,  no es arte, sino exactamente lo contrario.

 

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