Correr a ciegas, Javier Díez Carmona.

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 PRIMERA PARTE

 

Un país de lagos y volcanes 

—¿QUÉ HOSTIAS HACES AQUÍ? Koldo no contestó. En silencio, entró al apartamento y, con un gesto de cabeza, sugirió a su amigo que cerrase. —¿No piensas responder? —insistió Eder luchando contra el acceso de ira que amenazaba desbordar su garganta. No. De momento no. Paseó en silencio por la sala, por el diminuto dormitorio, escudriñando a hurtadillas a través de las cortinas. Al otro lado, bajo los últimos rayos de un sol mustio, los comercios cerraban aliviados, los paseantes inundaban las calles peatonales y la ciudad se teñía de reflejos dorados. Un atardecer más, salpicado de turistas y holgazanes, envuelto en una brisa que, desde el Cantábrico, ascendía a lo largo del Nervión refrescando con su aliento húmedo los rigores del ve- rano. Un día cualquiera. «Me acabas de arruinar la vida», pensó Eder con más mie- do que rabia. Koldo terminó de inspeccionar una vivienda que conocía casi tan bien como su dueño, esbozó una sonrisa forzada y depositó en el suelo una mochila. En sus ojos brillaba algo se- mejante a la vergüenza, a la culpabilidad. «Ya puedes sentirte culpable con el marrón que me estás metiendo.» —Escucha, Eder. De tener otra alternativa, cualquier otra, no habría venido. Pero no he tenido más remedio. Eres la única persona en quien puedo confiar. Y necesito ayuda. —¡No me cuentes historias! ¿Cuántas veces hemos hablado de esto, cuántas veces tengo que decirte que paso, que no quiero rollos, que así no se hacen las cosas? Koldo suspiró. Agachó la cabeza y remoloneó sin palabras en torno a la mesa que, como una barrera, se interponía entre ambos. Se sentía culpable, era obvio. Eder hubo de repetirse que le daba igual, que debía marcharse por donde había venido, que nada de eso le incumbía. Pero no estaba tan seguro. ¡Se trata de Koldo, joder! —Mira —la voz era un susurro, casi una súplica—, yo no estoy fichado. No me conocen. Pero tengo que pasar la muga esta tarde y no puedo cargar con esto —señaló la bolsa, un bulto anónimo recostado en una esquina con el futuro de ambos encogido en su interior—. Solo tienes que guardármela un par de días. Pasado mañana vendré a por ella y no volveré a meterte en ninguna embolada como esta. ¡Por favor! Como tantas y tantas noches en los últimos tiempos, Eder concentró su mirada en la foto que, sobre la pared, tapaba grietas inaccesibles a su sueldo. Tres jóvenes enfundados en gruesos impermeables sonreían a una cámara invisible. La cruz del Gorbea destilaba estrechos témpanos de hielo desde su armazón metálico, la nieve ocultaba las botas embarradas y, a sus espaldas, un paisaje de montes encogidos bostezaba camino del mar. Eder ondeaba una ikurriña sobre sus cabezas. Apoyado en la imagen de la Virgen, Koldo sonreía con labios azulados. Entre ellos, terminando una bola que poco después iniciaría la inevitable batalla, una muchacha de rizos oscuros alzaba al cielo una barbilla desafiante. Tenían veinte años. Tres compañeros de universidad y correrías compartiendo bares, excursiones y, al correr de los tiempos, algo más. Ahora, con treinta y cinco a sus espaldas pasaba demasiadas tardes perdi- do en su piso de soltero, una cerveza calentándose en la mano, la mirada perdida en los recuerdos anclados frente al sofá. Maite ya no existe. Su cuerpo lo ocupa un veneno polvo- riento, un desconocido que, a través de sus venas, se adueña de la mujer que, siglos atrás, supo adueñarse de su vida. Koldo forma parte del comando Bizkaia. Y él hace sustituciones en un instituto, pelea con los restos de su hipoteca y vaga de bar en bar con la esperanza, siem- pre vana, de tropezar en uno de ellos con una Maite limpia de heroína, con un Koldo al margen de la lucha armada.

 

La vida es una mierda. Koldo esperaba su respuesta oteando a través de los cristales. Así era su vida. Una huida constante, una fuga sin rumbo, pendiente de cualquier movimiento sospechoso, viendo ertzainas, policías y guardias civiles en cualquier inocente ciudadano que, distraído, posara en él su mirada. Estaba nervioso, pero no dudó ni por un instante de su amigo. —Te dije que no te metieras, cabronazo. Te dije que cuatro putas bombas no arreglan nada. Todo lo contrario. Te dije que hay otras formas de hacer las cosas… —¡Sí, claro! Yendo a votar una vez cada cuatro años ¿no? Lo que te ordenen que votes, además ¿no? ¿Crees que me gus- ta? ¿Crees que me hace gracia? ¿Te crees, como dicen los telediarios, que disfruto poniendo bombas? ¡No seas gilipollas! Pero no hay otra forma, Eder, no hay otra manera, y lo sabes. Sabes de sobra que se basan en una supuesta democracia para imponer la dictadura de una mayoría que ni vive aquí ni quiere saber nada de nosotros. Solo quiere que sigamos callados y obedientes, como con Franco. La lucha armada es el único camino, nos guste o no. —¡Eres un imbécil! ¿Lo sabes? Porque deberías saberlo. ¿Acaso no ves que con cada petardo baja nuestro apoyo? ¿Acaso no comprendes que cada muerto es un mártir para ellos? ¡Joder, tío! ¡Hace falta estar ciego! —No he venido a discutir —Koldo bajó la voz y jugueteó impaciente con los hilos descosidos de su camiseta. Respiraba con cierta dificultad, consciente de estar abusando de un colega. Del mejor de los colegas. Pero debía jugar sus cartas—. He venido a pedirte un favor que no te costará nada. No puedo dejar esto en ningún sitio, y no puedo arriesgarme a un control en la muga con ello. Pasado mañana debo estar aquí —reiteró despacio, muy despacio, marcando cada sílaba entre los dientes—. La recojo, me abro y listo. ¿Qué me dices? —¿Qué hay ahí? —Eder se derrumbaba antes incluso de lo que él mismo creía. —Nada. Nada que deba preocuparte. Pero no la abras. No son armas ni explosivos. Son documentos, pero te juro que es mejor para ti no verlos. Vivirás mucho más tranquilo. Si eso es lo que deseas —concluyó retomando implícitamente una conver- sación repetida muchas veces antes de dar el paso definitivo. —No es el miedo. —Estaban sentados contra las paredes derruidas de una iglesia abandonada. A sus pies, varios metros por debajo, el Purón saltaba de piedra en piedra, resbalaba sobre los cantos acumulando fuerzas para excavar el estrecho cañón que, unos metros más allá, maravillaba a los curiosos visitantes del Parque Natural de Valderejo—. Aunque me asusta, claro que me asusta. No quisiera volar por los aires si me equivoco de cables, o que me peguen un tiro en una persecución. Aunque lo que no quisiera por nada del mundo es que me detuvieran. Guardaron silencio unos segundos. No necesitaban ha- blar para saber qué pensaban, qué evocaba cada uno en su mutismo. La repetida cantinela del río y, de vez en cuando, algún trinar lejano, eran los únicos sonidos perceptibles. Na- die más rompía la eterna quietud del parque. Hacía años que Maite faltaba a sus excursiones. Al recordarlo, Eder sintió que el vacío se adueñaba de su mente, un vacío lívido, cadavérico como el rostro de la que fue su novia. —¿Entonces? —No. No es eso. Mira, yo no puedo cargarme a un tío. Me da igual que sea un hijo puta, un represor, lo que quieras. No puedo. Yo quiero ser capaz de luchar por un futuro para mi tierra, y no puedo hacerlo matando gente. Quizá al final sí sea cobardía. Pero, además, no creo que un futuro conseguido con violencia se pueda mantener sin utilizar la violencia. Mira lo que pasa en Israel. Y no me considero un hippie desfasado, no pongas esa geta. Además, tío, yendo a lo práctico, es imposible conseguir nada de esa manera. En los sesenta el Ché afirmaba que la lucha armada no es eficaz en los regímenes electoralistas. Franco la palmó hace mucho. La gente está cansada de no llegar a nada, cansada de que entaleguen a sus hijos por ti- rar ponches, cansada de que se asocie abertzalismo con coche bomba. Con la fachada de la democracia, el Estado se siente mucho más fuerte en la violencia que frente a los movimientos sociales. No es a tiros como vamos a derrotarle. No, al menos, yo —concluyó buscando los ojos de un Koldo que miraba al infinito sin disimular la decepción de su rostro. —Haces bien. Vivirás más tranquilo Se incorporaron para continuar el paseo como si la conversación jamás hubiera tenido lugar aunque, mientras atravesaba las ruinas de Ribera, Eder seguía dando vueltas al tono despectivo que barnizaba las últimas palabras de su amigo. —¿Dos días? —interrogó regresando de golpe a la realidad. —Te lo prometo.

 

 Javier Díez Carmona (Bilbao, 1969) es licenciado en ciencias económicas y escribe relato y novela, tanto juvenil como dirigida al público adulto. En relato corto ha sido premiado en diferentes certámenes literarios y ha participado en algunas antologías del género. Ha publicado Entre lagos y volcanes, un volumen donde recoge quince de estos textos, ambientados todos ellos en Nicaragua, como forma de contribuir a las campañas de alfabetización en este país. En novela juvenil es autor de La casa de los gentiles y La gruta del diablo, publicadas en Ecuador por Libresa. Díez Carmona ha sido finalista de los prestigiosos certámenes de novela corta “Felipe Trigo” de Villanueva de la Serena en 2011 y “Dulce Chacón” de Brunete en 2012.

Publica: editorial Meteora. 

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