Hitchcock, el terror de las rubias

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Fue hace 11.000 años (siglo arriba siglo abajo) cuando el mundo vio la primera cabellera rubia sobre la faz de la Tierra. Corría la última glaciación y el ser humano (con toda seguridad peludo, bajito y algo obeso) presenció atónito, allá en el norte de Europa, el prodigio. Acababa de nacer una de las obsesiones más recurrentes de la humanidad masculina entera. Nadie podía imaginar entonces que la simple mutación de algo tan inocente como un gen iba a desencadenar milenios después uno de los dramas más turbios y, obvio es reconocerlo, entretenidos de la historia del humanidad. Y no hablamos de Alfredo Landa.

Algunos años más tarde, en otoño de 1961, un descendiente de aquellos seres morenos, primitivos y con cierta tendencia a acumular grasa en el abdomen contempla la televisión en su casa de Los Ángeles. Lo hace acompañado de su mujer. En la pantalla, una modelo anuncia un suplemento dietético. Alfred Hitchcock queda petrificado. Y el motivo no son las absurdas posibilidades que ofrece la dieta. Acaba de descubrir a Tippi Hedren, una modelo rubia de 31 años que desde ese preciso instante se convertirá en su más oscuro (pese al color del pelo) objeto del deseo. La madre de Melanie Grifftih (entonces, la niña contaba cuatro años de edad) será la última en incorporarse a la larga lista de rubias que componen una obsesión rigurosamente genética, glacial.

Han pasado 32 años desde la muerte del director de ‘Psicosis’ y la película que lleva su nombre ronda, entre otras cosas, el indiscreto encanto del gen de marras en uno de los creadores más influyentes, polémicos, reconocibles y, sin duda, geniales que ha dado el siglo XX. ELMUNDO.es estrena hoy el tráiler en español del ‘Hitchcock’ que llegará a los cines de España el próximo 8 de febrero.

Hitchcock siempre defendió que sus heroínas, lejos de los patrones exuberantes de Hollywood (ni Marilyn Monroe ni Jayne Mansfield entraron nunca en sus planes), atesoraban su hechizo más en lo que escondían que en lo que exhibían. Bajo un aspecto inmaculado se agazapa siempre la más turbadora de las promesas. Los peinados perfectos, los vestidos ceñidos como corazas (cinturones de castidad, tal vez), las miradas heladas… Al fin y al cabo, la imaginación se hace fértil en la parte de atrás de lo evidente, en las sombras. Y es ahí, en el más oscuro rincón de la creatividad del genio, donde las rubias, en su ingenuidad de cristal, empezaron a sufrir.

Cuando Hitchcock llegó al estudio el mismo día de su nuevo descubrimiento, sus agentes se pusieron manos a la obra. Esa mañana, una mujer sin ninguna experiencia en la interpretación firmaba con el más célebre de los directores vivos un contrato de exclusividad de siete años a razón de 500 dólares semanales. Lo que no imaginaba “esa belleza clásica” (la expresión es del cineasta) es que en ese mismo instante rubricaba su propia condena.

El libro de Donald Spoto ‘The dark side of the genius’ es suficiente y brutalmente explícito. En la transparente piel de Tippi Hedren, Hitchcock exacerbó hasta unos extremos inéditos hasta la fecha toda la crueldad sadomasoquista de la que era capaz. Que era mucha. Ella iba a ser la protagonista de ‘Los pájaros’. Pero antes, se convertiría en exactamente lo que el director quería que fuera: la carne herida de su fijación rubia. Le obligó a vestir en el día a día tal y como aparece en la película y, para ello, Edith Head, la directora de vestuario de casi toda su filmografía, creó un guardarropa especial. Spoto llega a describir con detalle el trabajo de Pigmalion del cineasta. De él, la joven divorciada de origen sueco aprendió todo: desde la comida que debía tomar al tipo de vino apropiado para cada ocasión, sin olvidar el tamaño preciso de las perlas que tenía que lucir. Todo importaba.

Moldear a la mujer

Es decir, Hitchchok no hizo más que imitar al personaje de James Stewart en ‘Vértigo’. En la película, el protagonista se esfuerza en convertir a la morena y tosca Judy en la rubia y refinada Madeleine. Las dos son Kim Novak. Pero sólo la segunda encarna la dimensión exacta de su ideal morboso. En cualquier caso, todo el esfuerzo por construir al modelo no persigue otro propósito que su posterior destrucción. La rubia Novak acabará en el mismo sitio que su antítesis morena: arrojada al vacío. Hitchcock imita su propia creación, se copia a sí mismo. Y en este punto, cualquier aficionado al psicoanálisis empieza a salivar.

Repasar el destino de las mujeres (todas rubias) que pueblan la filmografía del genio asusta. Y, por sucio, turba. Grace Kelly es estrangulada hasta la muerte en ‘Crimen perfecto’ y camina hacia el desastre de manera decidida en ‘La ventana indiscreta’; Janet Leight, más explícito aún, es literalmente descuartizada en ‘Psicosis’ (quién sabe si no paga ella de esta forma la ‘traición’ de su antecesora, Kelly, cuando le abandonó por un príncipe de Mónaco); Joan Fontain, siempre resignada, es maltratada por su criada en ‘Rebeca’ y obligada a beberse de un trago un vaso de leche que cree envenenado en ‘Sospecha’; e Ingrid Bergman, ajena a su propia suerte, se ve condenada por el espía Cary Grant a arrojarse en los brazos del nazi y naturalmente perverso Claude Rains en ‘Encadenados’. Y así. Todas rubias, todas ‘hichcockianamente’ maltratadas.

El caso de Hedren fue peor. Y lo fue dentro y fuera de la pantalla. Cuenta Spoto que tanto Ron Taylor como Sean Connery, sus compañeros respectivamente en ‘Los pájaros’ y en ‘Marnie la ladrona’, recibieron una única advertencia: “No se la puede tocar”. Sólo él estaba autorizado por él mismo, que no por Hedren, a hacerlo. Y si él no podía, nadie podía. Y así hasta que la impotencia se transformó en crueldad. Fue el propio director el que decidió sustituir los inofensivo ingenios mecánicos originales por pájaros de verdad en determinadas escenas de la cinta. Precisamente aquellas protagonizadas por Hedren. “Acabó literalmente cubierta de mierda”, declaró en su momento la actriz Jessica Tandy (la madre de Taylor en la película). Fue idea de Hitchcock cubrir el cuerpo de ‘su rubia’ con cintas de goma para sujetar las patas de los cada vez más excitados plumíferos. Hasta que uno de los bichos, directamente, casi le arranca un ojo.

En cualquier caso, lo peor estaba por venir. Spoto mantiene que entre el director y su musa medió un intento de violación; un ataque que si no llegó a consumarse en la realidad sí lo hizo en pantalla. ‘Marnie la ladrona’, a juicio del guionista despedido Evan Hunter, se rodó por una única razón: la escena, precisamente, en la que la frígida protagonista (siempre Hedren) es violada la noche de bodas por su marido. Hunter no quiso añadir esa secuencia a la novela de Winston Graham en la que estaba basada la cinta y donde no existe rastro de agresión conyugal alguna. Y por ello, dice, se quedó sin trabajo.

‘Hitchcock’, la película de Gervasi protagonizada por Anthony Hopkins, se detiene en la relación tal vez castradora, y en cualquier caso fundamental en su carrera, que el director mantuvo con Alma Reville (interpretada por Hellen Mirren), la mujer con la que se casó en 1926. Ella, además de ser la responsable de la contratación de Anthony Perkins para el papel de Norman Bates o de la música ‘afilada’ de la ducha en ‘Psicosis’, fue la que le procuró al genio el suelo firme desde el que mantenerse en equilibrio entre la inhibición y la violencia; entre el impulso sádico y el riguroso control perfectamente ‘british’; a medio camino entre la sombra del instinto y la luz de una cabellera resplandeciente. La imagen perfecta de la madre.

Fuente: El Mundo

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