El paraíso imperfecto (Augusto Monterroso)

 

Por Ricardo Martínez

 

 

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Augusto Monterroso: El paraíso imperfecto. Antología tímida.

Debolsillo, R.H.M., Barcelona, 2013

Este hombre tímido y reservado -¿quizás ésta fue una de las razones por las que, en su día, hubo de exiliarse de un país al que él amó en su juventud (Nicaragua) pero que no le entendía, hacia otro (México) que sí le acogió y comprendió?- ha hecho mucho por ayudarnos a conocer y valorar las palabra.

Dicen que era extraordinariamente exigente y meticuloso cuidando de elegir en todo momento la palabra adecuada, y el orden establecido entre ellas, tal vez porque éstas eran pocas en sus historias, relatos o filosofías de la vida, que de todo ello nos legó, y habían de estar bien acomodadas. (¿Quién dijo aquello de que ‘no es lo mismo tener una cuba en casa que una casa en Cuba’?)

En el fondo, nos ayudó también a amar las palabras. Conocerlas íntimamente (un nacimiento para la hermenéutica) y amarlas. Cómo, si no, hubiéramos podido hacernos amigos del dinosaurio que cuidaba sus sueños. ¡Qué fidelidad la suya!

Aquí, en esta Antología tímida que el mismo autor firma, nos encontramos con ejemplos memorables: irónicos, ejemplarizantes, llenos de amor por las cuitas del hombre, por la curiosidad que nos mantiene vivos… “Mis alumnos de la Universidad, in illo tempore: -Podemos tratarlo de tú, maestro? Yo: -Sí, pero sólo durante la clase” Lo titula, claro está: ‘Aún hay clases’

El libro también incluye (es voluntad de su tímido autor) estudios acerca de la obra de otros autores (‘Las muertes de Horacio Quiroga’, ‘Novelas sobre dictadores’) así como reflexiones acerca de la obra propia o sobre el hecho literario como tal.

Se trata, sin duda, de uno de esos libros inacabables por dos razones: porque cualquier momento es bueno para acudir a él, y porque no será infrecuente que volvamos a su re-lectura una y otra vez. Un auténtico regalo en tiempos de una extendida militancia poco dada a la cortesía, a la inteligencia, y sí a ese código turbio de los banqueros, los físicos y los mentales.

Ya lo ha dicho Eduardo Torres, que aquí cita el maestro: “El hombre no se conforma con ser el animal más estúpido de la Creación; encima se permite el lujo de ser el único ridículo” Será bueno, pues, estar prevenido, y cultivar los sueños que, tantas veces, nos aportan las liberadoras palabras.

Con dinosaurio o sin él.

 

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