61 Festival de San Sebastián: Día 1

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Por David Garrido Bazán.

 

SAN SEBASTIAN 2013 – J01 – FUTBOLIN, ENEMY, THE FACE OF LOVE, LA VIE D’ADELE

 

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Comencemos por el final. Andaba el personal acreditado de este 61ª Zinemaldia pelín mosqueado ya hoy con la distribuidora de La Vie D’Adèle, Palma de Oro de Cannes y ganadora del Gran Premio Fipresci de la crítica internacional, que había tomado la cuestionable decisión de limitar a un único pase – y no de prensa – la posibilidad de ver una de las películas más importantes del año. A las 23:30. Como quiera que la peli de Kechiche dura tres horitas de nada eso obligaba tanto a buscarse la vida para conseguir una entrada como a prepararse para dormir más bien poco. Sin embargo, los que tomamos la decisión de aceptar el órdago y trasnochar nos vimos recompensados con una obra descomunal que sin duda estará entre las propuestas más fascinantes que podremos ver este año. Se harán a si mismos un favor si ese lógico recelo que puedan tener a priori por los casi unánimes elogios que llegaron de Cannes el pasado mayo lo dejan bien aparcadito y se disponen a disfrutar de la brutalmente honesta historia de amor que nos han regalado Kechiche, Léa Seydoux y ese animal cinematográfico de nuevo cuño que responde al nombre de  Adèle Exarchopoulos, capaz de devorar la pantalla a bocados. En esta historia de descubrimiento de la propia sexualidad, pasión y desgarro se produce ese raro milagro en el que todo se conjuga para formar una de esas obras que te arañan el alma al tiempo que te noquean visualmente. Es literalmente increíble – y no es de extrañar pues que Kechiche comparta siempre el mérito de su creación con sus dos actrices – que una película aguante tres horas de primerísimos planos en las que la cámara está siempre pegada al rostro y la piel de las dos amantes hasta el punto que uno se ve involucrado sin remedio en esa relación como si se convirtiera en un trío. Kechiche es además coherente a todos los niveles: si una conversación resulta relevante para explicar esa relación y tiene que extenderse diez minutos, pues eso es lo que dura. Y si una escena sexual necesita el mismo tiempo para que entendamos su importancia, pues allá que vamos, por más que a eso a más de uno incomode. Se ha escrito mucho sobre la explicitud de dichas escenas y quizás poco sobre la honestidad que supone concederles al menos la misma importancia en tiempo y empaque visual que cualquier otra faceta de una relación. El resultado es atrevido e impresionante. La Vie D’Adèle es una de las películas del año. Y lamento que éste no sea el espacio más adecuado para hablar más de ella. Pero de eso que me libro porque tengo la sensación de que tampoco conseguiría hacerle justicia a sus muchos méritos. Fin del prólogo.

20130920_182500La jornada había empezado con Campanella y su Futbolín animado. Este Festival de Cine de San Sebastián tiene una deuda con el argentino desde que su magnífica El Secreto de los Ojos se fuera de aquí de vacío hace unos años por aquello de los designios inexplicables de algunos Jurados que se empeñan no solo en llevarle la contraria a la crítica y público, sino al más elemental sentido común. Recuerden que San Sebastián es el Festival donde un tal Hitchcock presentó Vértigo y tampoco se llevó nada más a casa que sus buenos recuerdos de la Playa de la Concha, por más que el año pasado se rompiera la tradición con el justo premio a En La Casa. En fin, decíamos que había una deuda con Campanella y quizás eso haya pesado en la decisión de elegir Futbolín como película de inauguración de este año. Pero en San Sebastián este año están muy comprometidos con la animación – hay toda una suculenta retrospectiva de esas que nunca podemos disfrutar, Animatopía, dedicada a ello – y por lo tanto resultaba una decisión coherente. Además Futbolín es una de esas propuestas que a nadie puede molestar mucho, sino más bien al contrario, así que el arranque fue de lo más plácido.

Campanella demuestra en Futbolín haber sabido digerir bien las lecciones de Pixar y añadirle cosas de su propia cosecha. La historia de estos jugadores del futbolín que cobran vida tiene paralelismo más que evidentes con Toy Story pero sin duda hay espejos mucho peores en los que mirarse que las infalibles recetas de la primera época de John Lasseter. Además Campanella siente sincera pasión por el fútbol y entre eso y los guiños cinéfilos que le mete a la mezcla lo cierto es que Futbolín funciona de forma más que notable. Quizás chirríe un poco el doblaje: este cronista habría dado lo que sea por escuchar la versión argentina, que imagino llena de localismos y referencias que en algún caso no me habría importado no pillar. Cuando se estrene correrán ríos de tinta sobre los parecidos más que razonables entre esa egocéntrica estrella del fútbol pagada de sí misma que es el villano de la función y cierto jugador del Real Madrid cuyo nombre les habrá venido a la mente antes de terminar de leer esta frase pero de lo que no cabe duda es que Futbolín es una película de lo más simpática que tiene todas las papeletas para arrasar aquí tal y como ya lo ha hecho en Argentina. Reconozco que durante la proyección sentí una gran añoranza de aquellos futbolines con jugadores de pintura descascarillada y bolas llenas de golpes entre los que pasé gran parte de mi infancia intentando sin éxito dominar sus claves. Solo por eso ya compensa su visionado. Pero tiene más virtudes por más que uno pueda anticiparse a prácticamente todo lo que cuenta.

20130920_233438Hablando de parecidos razonables, coincidencias y desdoblamientos, una cosa que no se puede negar a los programadores de San Sebastián es su sentido del humor. Si a media tarde vimos en Perlas La Mirada del Amor donde Annette Bening pierde el oremus por un Ed Harris que interpreta tanto a su marido muerto como a un perfecto doble físico del mismo que aparece en su vida cinco años después con el consabido alboroto y previsible enredo, Dennis Villeneuve desconcertó no poco al público con la primera película a concurso de la sección Oficial y la primera de las dos que el autor de la magnífica Incendies presentará en esta edición, Enemy, en la que un Jake Gyllenhaal algo pasado de vueltas se interpreta a sí mismo y a un gemelo suyo con el que se dedica a intercambiar vidas, parejas y paranoias. Visionar una película detrás de la otra, sobre todo teniendo en cuenta que la segunda es según el parecer mayoritario una ralladura mental de considerable calibre, hizo estragos entre la prensa. Especialmente después de un plano final que será uno de los momentos más recordados de este Festival por su inusitada capacidad de generar el desconcierto más absoluto. A fliparlo.

 

La Mirada del Amor (The Face Of Love) no merece mayor comentario que el buen trabajo que hace Annette Bening defendiendo su personaje en una historia que partiendo de una premisa atractiva acaba por convertirse en un telefilme de sobremesa bastante olvidable en la que dicha premisa se estira y se estira hasta que no da más de sí y se rompe. Ed Harris y Annette Bening son intérpretes más que solventes – alguno con no poca mala baba apuntaba que este trabajo podría llevar a esta última a perder por quinta vez el Oscar a Mejor Actriz – pero la verdad es que eso no es ni mucho menos suficiente para sostener una película que se va deslizando sin remedio hacia lo grotesco por más que su final, complaciente hasta la nausea, pueda despertar simpatías entre un público ávido de emociones fáciles servidas con violines.

Enemy es otra cosa. Mucho más estimulante aunque más de uno saliera con la sensación, justificada, de que Villeneuve le había tomado el pelo. Jake Gyllenhaal, un apocado profesor de universidad de vida gris y monótona ve un día una película y se descubre a si mismo haciendo de botones de hotel en un papel terciario, ni siquiera secundario, en ella. Imaginen su perplejidad. Y ahora imaginen que en lugar de esa película hubiera alquilado Príncipe de Persia: Las Arenas del Tiempo. O Brokeback Mountain. Le habría dado un síncope.

concha playaEl caso es que el tipo se pone a buscarse a sí mismo. Y en medio de una atmósfera opresiva y pesadillesca repleta de ensoñaciones – muy bien construida, por cierto: Villeneuve sabe dirigir bien y montar aun mejor – y el agobio generalizado, se encuentra. Y el otro, que es uno, hace de espejo, tiene una moto y una novia embarazada que le da la brasa por sus infidelidades y que a su vez descubre que su novio actor tiene un doble que da clases en una universidad y tiene una vida monótona. Y así sucesivamente. Por allí también hay una araña. O varias. Pero ya volveremos a eso. O no. El caso es que los dos se encuentran, se miran, se fascinan y analizan las posibilidades. Como si nos hubiéramos metido de lleno en una peli de Lynch o de Cronenberg pero que se nos hubiera indigestado. Y mientras le damos vueltas a la cabeza y nos entra ganas de darle un calmante a un Jake Gyllenhaal que se pasa de intenso, va Villeneuve y en un par de secuencias impactantes acaba con la película. Y nosotros nos quedamos ahí en el vacío, dando vueltas. Decir que no se ha entendido queda fatal, así que quizás sea mejor optar por decir que es una película abierta. Y tan abierta. Defensores y detractores, cojan piedras y láncenlas al otro bando sin compasión. Los desdoblamientos es lo que tienen, que uno no sabe a qué carta quedarse. Preguntado Villeneuve en la rueda de prensa de esta mañana sobre el plano final, el director ha hecho un Haneke y ha dicho que él no está ahí para explicarle a nadie nada. Que cada uno saque sus conclusiones. Y se ha quedado tan ancho.

Personalmente soy de los que puede disfrutar de una película críptica como el que más si está bien servida. Pero mucho me temo que a esta le faltaba un hervor de guión por alguna parte. Quizás sea yo que voy ya teniendo telarañas en la cabeza. Sigamos adelante, que esto no ha hecho sino empezar.

 

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