El silencio, gran brahmán

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Por Ana March. Los discípulos preguntaron una vez al sabio maestro de la India cuál era el gran brahmán; es decir, la mayor sabiduría. El maestro no respondió. Creyendo los discípulos que el maestro estaba distraído volvieron a formular la pregunta. Pero el maestro no se pronunció. Una vez tras otra los discípulos insistieron sin obtener ninguna respuesta. Cuando se hubieron cansado de preguntar, el maestro abrió la boca y dijo: ¿Por qué habéis repetido tantas veces vuestra pregunta, si a la primera os respondí? Sabed que la mayor sabiduría es el silencio. 

En sánscrito brahmán significa sabiduría, pero también enunciado, fórmula, expresión, algo equiparable al logos griego. Esto nos revela la profundidad de esta gran paradoja india que comparte en su ensayo, El silencio, gran brahmán,  Ortega y Gasset. Sabemos que el lenguaje tiene la función esencial de transmitir la información y de obrar la comunicación no solo con el mundo exterior, sino también con uno mismo. El complejo mecanismo lingüístico sobre el que sustentamos la producción de significado nos empuja a la inevitable necesidad de vestir el silencio de palabras. Nuestra conciencia está tejida de palabras. Pero no reparamos en que, al igual que sucede con las notas musicales, la palabra requiere del silencio para no sucumbir al caos y propiciarnos así la experiencia de la armonía. Palabra y silencio se necesitan mutuamente.

Si prestamos viva atención todo gran descubrimiento suele terminar por  oscurecer su verdad y encallar, una vez formulado, en el lugar común. Cuando la dialéctica ha arado lo suficiente, la idea es triturada bajo el giro mecánico de la repetición y ve opacada la verdad que subyace en ella. La reiteración imprime a toda gran idea los límites de la palabra y termina por convertir todo hallazgo en tópico. Vivimos en la era de la (in)comunicación, los grandes ideales son hoy eslóganes vacíos. Las utopías futuristas han perecido. Solo queda la palabra vacía, la cáscara, y nos aferramos a ella como si fuera el último bastión de salvamento. La palabra viva se asfixia, la búsqueda de verdad y trascendencia no es hoy más que una reliquia en el discurso. Las ideas iguales y unitarias proliferan, uniformando las reflexiones. Vivimos la hiperinformación, estamos  inmersos en la hipercomunicación, pero nunca hemos estado más confusos y vulnerables.

Es improbable que a día de hoy un elogio del silencio pueda ser entendido por la mayoría como legítima defensa del pensamiento vivo, de la intuición. Hablo del silencio fecundo que calla una verdad que puede ser expresada, pero que reúsa por adscripción al libre albedrío a formularse. Vivimos en una sociedad que adora, como antaño al becerro de oro, la exposición, la extroversión de toda intelección, sin filtros y sin resguardos. Todo es expresado. Ante esto, quienes nos adscribimos al silencio por necesidad, por preservar y cultivar allí la esencia de lo profundo, quienes defendemos el terreno de lo íntimo, de la no comercialización vulgar de las ocurrencias, somos vistos como bichos raros, como obstáculos en la libre circulación de las ideas. Hay una presión generalizada que fuerza a la exposición pública, a descoser y volver del revés cada detalle, cada acción, cada descubrimiento. Nosotros nos oponemos.

Facebook, Twitter, WhatsApp, Blogger, Instagram, y tantas otras plataformas con su promesa de interacción ahogada en una sopa de vanidades, se han vuelto un caudal de desasosiego, una corriente donde confluyen turbulentos ríos de ansiedad humana. La palabra es hoy un síntoma. Hemos automatizado la desinhibición verbal volviéndola norma general, un hábito. Aún para quienes no lo queremos así, el infierno de la comunicación nos cubre de detalles pegajosos y nimios de desconocidos que se entregan gustosos a revelarnos sus más insignificantes ocurrencias, sus más tristes e insustanciales pensamientos, sus inocuas quejas, sus preferencias, sus aconteceres intrascendentales. Sin un tamiz reflexivo con el que inocular la banalidad, la comunicación está volviéndose una eyaculación estéril. Una proyección estertórea de palabras que, como una avalancha, amenaza con rodar y aplastar el mundo.

Descartar, discernir, omitir, evaluar, condensar, examinar críticamente las ideas, es algo cada vez más difícil en un mundo que nos imprime una velocidad de información vertiginosa, pero estos procesos son hoy más que nunca una exigencia urgente. ¿Cómo llegar a ellos en medio del ruido y la vorágine? El ejercicio reflexivo es propicio sólo a la sombra del silencio. Sin su oscuridad y misterio el hongo fértil de las ideas perece, se diseca, se vuelve inerte y se queda sin intuición para orientarse. La delicada fermentación del silencio impregna a las ideas de fuerza, las torna robustas, las preserva de la banalización y ayuda a la poda juiciosa que descarta lo fútil y preserva lo imprescindible. Hablar debería entenderse como el arte de destilar el silencio, no como esa verborragia estertórea que hoy nos ensordece.A la luz de las palabras debería ofrecerse solo la flor.  “Con la palabra en la boca se pisan tantas cosas delicadas como lo hacen los pies sobre la hierba”, escribió Herta Muller.

Wittgestein, el gran filósofo de la palabra, llegó a la conclusión de que los límites de nuestro lenguaje significan los límites de nuestro mundo. Como ratones que acarrean el queso de un lado al otro de la jaula, vamos acumulando palabras, ideas, aquí y allá. El silencio nos libera de ese círculo vicioso, ensancha nuestro horizonte interior. Leer, comunicarse, informarse, también, pero es necesario el silencio para que su alimento se torne nutritivo. Replegados en nuestro refugio interior, atrincherados en la reflexión sosegada, encontraremos belleza y verdad. Sostener ese sentimiento en el silencio, protegerlo hasta dar con el lugar y la persona indicada, es todo un arte del que el poeta es su mayor exponente. Escribió María Zambrano “La palabra de la poesía temblará siempre sobre el silencio y solo la órbita de un ritmo podrá sostenerla”.

Finalizo con Ortega y Gasset  quien proponía la nueva ciencia del silencio y se preguntaba: “¿Por qué no iniciar una nueva cultura, esta novísima scienza? Lo primero sería meditar sobre qué forma de expresión sería la adecuada ¿El diálogo? ¿Las <memorias>? O, por ventura, ¿la novela? ¿Existirá acaso en el mundo la novela como lenguaje que necesitaba madurar en la escuela del arte para poder ser un día la primera forma expresiva del gran brahmán?”

 

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