Consumidores y otros animales de compañía

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Por Miguel Ángel Montanaro. Nunca me verán vistiendo una prenda donde una firma comercial o su logotipo, aparezcan visibles sobre la tela. No suelo comprar ropa de marca. No estoy dispuesto a pagar una pasta abusiva por ella para que además, emulando a un hombre anuncio, tenga que hacerle publicidad gratis al fabricante.
La publicidad, es la única actividad humana que ha sido capaz de alterar el lento discurrir de la evolución de nuestra especie.
En apenas un siglo –el tiempo que ha tardado la publicidad en adueñarse de nuestras vidas–, los seres humanos, hemos perdido peso específico en la cadena evolutiva para descender del Homo Sapiens al Homo Gilipollensis.
Perdonarán mi arrogancia, pero estoy en condición de asegurarles que los grandes filósofos erraron en sus predicciones.
No somos el hombre sufriente y por redimir que proponía Kierkegaard, ni el superhombre que postulaba Nietzsche.
Con nuestra regocijada aquiescencia, los hombres y las mujeres de hoy, nos hemos convertido en una subespecie terrible e insaciable, somos: los consumidores.
Hemos renunciado a nuestra humanidad sin reparar en que nos mutábamos en depredadores de escaparates.
Desde hace generaciones nos inoculan publicidad las veinticuatro horas del día y nuestras resistencias mentales se han debilitado.
Todos los años, en verano, para no ir demodé,  compraremos un nuevo traje de baño y si es invierno, cambiaremos la parka.
Que el vecino se ha comprado un coche de ciento veinte caballos, pues nosotros, sin pestañear, adquiriremos uno de ciento cuarenta; reacción muy propia de una sociedad satisfecha como la nuestra, que aplaudió con las orejas la Ética de mínimos de Adela Cortina –una burra coja bien vendida, todo hay que decirlo–, muy indicada por cierto, para nuestras almas de plástico.
Compramos mucho –con la crisis, algo menos–, pero sin saber muy bien por qué.
Puede que para tapar vacíos que pretendemos llenar con objetos.
Estoy convencido de que los publicistas de nuestros días, le darían sopas con honda al mismísimo Freud.
Son unos artistas de la psicología social.
Nadie como ellos para detectar las debilidades humanas y sobre todo, para crear falsas necesidades. Y si esto es solo una opinión discutible, vaya usted a su trastero, revise los artilugios que guarda en él, y haga una lista de los que le sean absolutamente necesarios.
Hay mucha publicidad, demasiada, pero es la que paga muchas actividades que sin su patrocinio, no serían viables.
Ni siquiera, visibles.
La publicidad nos desborda y la vemos en todos los espacios disponibles donde se pueda colocar un cartel. Desde los faldones de los campos de fútbol de tercera división, que anuncian generalmente a empresas de construcción al estilo de: escayolas Manolo official sponsor del Villatortas FC, a las cuñas de radio que ahora, anuncian guarderías infantiles con música de reggaetón.
Hablemos de la publicidad dañina. La que se anuncia en la televisión y la red.
Lejos quedan los tiempos de la inocente publicidad del tipo de: busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo.
Hoy, la publicidad –salvo  honrosas excepciones–,  si no es engañosa, es intrusiva y hay que perseguirla con el puntero del ratón del ordenador para que desaparezca de la pantalla.
Sí, he dicho engañosa. Y no hablo de sutiles juegos de palabras que induzcan al error en el comprador. Hablo de que lo que prometen, en el mayor de los casos, es mentira. ¿O alguien cree de verdad que esos anuncios que aseguran capturar la felicidad o alcanzar la eternidad –¡ojo! ¡La eternidad!–, conduciendo un todoterreno, no son un camelo?
Y qué me dicen de los anuncios plagados de pastelosas voces susurrantes que hablan del reencuentro con nosotros mismos y lo auténtico que hay por descubrir en la vida y etcétera. Anuncios éstos que nos venden a continuación la publicidad de un banco, donde un actor, esgrimiendo una sonrisa inmaculada, interpreta al director de una sucursal bancaria que jamás ha firmado un desahucio.
Repasemos fugazmente la publicidad de productos de belleza y podremos analizar ejemplos espeluznantes de verdaderas tomaduras de pelo; que si es rubio, podremos teñirlo de negro azabache y si es ondulado, lo alisaremos con facilidad con la crema de última generación que inyecta microsoluciones químicas fortalecedoras a la raíz del cabello.
Si la consumidora tiene cincuenta años –eso es imperdonable hoy día–, no hay problema, porque la crema con ácido hialurónico le va a quitar veinte años de encima en dos semanas.
La pregunta es: ¿alguien ha visto alguna vez que una sola de las mujeres que salen en los anuncios de cremas faciales, necesite ponérselas?
Y lo más importante ¿de verdad creen las doñas veteranas, que pringocheándose con esos potingues van a gozar del cutis de porcelana de una estudiante de secundaria de Yokohama?
Hablemos de nosotros. ¿Hay algún hombre en su sano juicio que piense que por echarse el perfume Eau de Julay, –que anuncia un modelo que vive arrestado en un gimnasio a pan integral y pechuga de pavo–, va a ligarse a una nena como la que sale en la tele con cara de estar al borde del orgasmo?
Por cierto, es muy raro que en estos anuncios de cremas para el afeitado y colonias masculinas, el modelo de turno no salga con el torso desnudo o marcando paquete y sigo esperando a que una sola asociación por la igualdad de género denuncie esa cosificación del cuerpo de los hombres.
Algunos, aunque sea difícil de creer, hasta tenemos corazón.
Cómo obviar la publicidad destinada a los consumidores con mascotas –antiguamente, llamados perros y gatos–, donde ya se puede elegir entre diferentes variedades alimenticias de acuerdo a las razas y etapas de crecimiento de los bichos.
De hecho, algunos fabricantes de estas comidas perrunas y gatunas, aseguran que encontraremos en sus productos, un aporte de vitaminas y minerales que para sí los quisieran los más de diez mil niños que mueren de hambre al día en el mundo.
Uno cada ochos segundos. O lo que es lo mismo, en el tiempo que ha tardado usted en leer los dos últimos renglones, un niño ha dejado esta vida perra, donde le hemos negado el alimento que no le escatimamos a nuestro perro.
Como tengan razón los creyentes y exista el infierno, estamos bien jodidos…
Imposible olvidar por otra parte, a una nueva publicidad que nos sorprende últimamente, pues donde haya necesidades por satisfacer, allá encontraremos a un fabricante que las cubrirá y al publicista que nos las venderá. Y hago bien en citar los verbos satisfacer y cubrir, porque hablo del tema de las relaciones íntimas, lo que hace años se venía llamando, el folleteo, vaya.
Sé que no debo ponerme prosaico en los estertores del artículo, pero me veo en la obligación de advertirles de que hoy, el polvo hispánico de toda la vida de salivica y pa´dentro, es de una ordinariez rayana en el mal gusto. Algo incompatible con nuestra recién adquirida condición de gourmets del sexo del primer mundo.
Ahora, hay que catar el asunto del compañero o la compañera de juegos carnales, embadurnándolo primero con lubricantes de sabores, para después, estimularlo convenientemente con un anillo destinado a tal efecto, antes de iniciar los prolegómenos con varios juguetes anatómicos en forma de pene; que es, lo que nuestros abuelos llamaban, la chorra.
Palabra ésta última que me recuerda, que tengo que ir dando por finalizada la columna, porque se me ha aflojado el Jess Extender.

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