Retrato tierno de la bilis negra

 

Por Carmen Garrido

Diario de un loco.Entiéndase como dolor todo lo referido a la fisiología humana. Todo lo que provoque o altere los humores consustanciales al cuerpo, cuyas bases sentó Hipócrates, rizando el rizo, y uniendo, poéticamente, órganos, elementos y estaciones: sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema.

Aunque la depresión sea el gran mal de fines del siglo XX y principios del XXI, todo lo que acontece alrededor de ella sigue siendo tan tabú como lo era en el XIX. La llaga dolorosa y el vacío existencial parecen ser fruto del capricho o de la voluntad, una pose bohemia o maldita. Se convierte en frivolidad la dureza del dolor anímico.

Se suele hablar libremente de la honda melancolía cuando es fruto de hechos sociales aceptables: un desamor, una muerte, una pérdida económica. Cuando la depresión u otras enfermedades mentales aparecen porque sí –dejo de lado el posible análisis psicoanalítico– el silencio se establece alrededor del que lo padece.

Es comprendido el grito en las enfermedades clásicas. Se entiende ese padecimiento porque es primigenio: el dolor en el trasero del bebé, inmediato primer grito. Luego, la vida escancia el mal físico a su gusto, desde la varicela infantil hasta la artrosis final.

Pero se sigue sin empatizar con la ruptura anímica, se sigue tejiendo una red invisible en torno al enfermo psiquiátrico, se alza el ghetto de la pena o de la compasión sobre él y se infantilizan las expresiones, simplificándose en el tan manido: Ánimo, todos hemos pasado por algo parecido. Se estigmatiza al enfermo, ya perteneciente a una raza distinta y algo maldita. Y se huye de él porque, en el fondo, todo necio sabe que es susceptible de recibir también la visita del nihilismo y la pena más honda.

La Literatura ha bebido de la melancolía, las canciones (hasta las más canallas) inciden en ella, todos hemos rozado la línea que bordea el desastre, pero pocos lo reconocen. Cuando impera la bilis negra, hay miedo a que te llamen loco.

Tantos apelativos existen para la locura… Y, sin embargo, nunca se me ocurrió el de “tierna”, un epíteto que se merece el Aksenti Ivanovich de Gógol, versionado por Luis Luque y José Luis García-Pérez. Amigos desde El gran teatro del mundo de Carlos Saura, estos dos amantes del buen teatro se embarcaron en este proyecto de producción propia, que desembarcó en la terraza del Matadero vía Fringe 2013 y que se convirtió en un “mágico sueño de una noche de verano”, con entradas agotadas todos los días. El éxito de este Cuento de San Petersburgo les bajó de las alturas a la sala 1, donde García-Pérez interpreta un monólogo brillante en torno a las fechas de un calendario y a la profunda soledad –tan atemporal– de los soñadores.

 

Luis Luque y José Luis García-Pérez.

 

En una época en la que muchos directores pretenden saltar de la escuela de teatro directamente a los grandes escenarios oficiales, la carrera de Luis Luque (Madrid, 1973) es un ejemplo de sabiduría y paciencia. El ojo clínico para la regiduría se lo han dado sus más de treinta montajes como ayudante de dirección, muchos de ellos al lado de su maestro Miguel Narros.

Una de las primeras obras que vi de Luis Luque fue Porno Casero en la Sala Triángulo, con texto de José Padilla. Desde entonces, las obras que ha dirigido han pasado por el Bellas Artes y el Festival de Teatro Clásico de Almagro (La escuela de la desobediencia); por lo más in de lo off, La Casa de la Portera (Ahora empiezan las vacaciones), y por el festival Fringe del pasado verano hasta llegar al Matadero. Una de las grandes virtudes de este madrileño es su capacidad para la ósmosis. Y su humildad. Su único fin es hacer buen teatro, independientemente del lugar. Prima la apetencia personal, el mimo, el rodearse de buenos actores y dramaturgos, sin importar el aforo. Tanto da si es un teatro clásico o uno recién abierto. Ese mimo con el que cuida a cada una de sus criaturas lo concreta en esta obra con vestuario del gran Paco Delgado (nominado al Oscar por Los miserables); con la excepcional escenografía de Mónica Boromello o con el diseño de la imagen promocional de la mano de Salva Bolta.

Del pequeño espacio en Fringe, Diario de un loco pasa a un formato más grande donde una obsesión de Luque, la proporción aurea, se hace cuerpo en forma de decoración tamizada de rejas, capas de armiño, sillas y pájaros de papel en la que la locura caracolea en torno a sí y a un cielo con costuras de cangrejeras.

Debajo de ese firmamento de aves que giran sobre sí mismas, un 3 de octubre de un año decimonónico, comienza el calvario de Axenti Ivanovich, alto funcionario de la administración zarista. La de Ivanovich es un alma sensible rodeada de burócratas torticeros, locos por medrar; un alma delicada que cuida con esmero su trabajo ministerial y, a diferencia de las mentes borreguiles que le rodean, se permite soñar. Soñar despierto, característica de esas psiques emotivas que pueden acabar víctimas de la locura.

 

Diario de un loco.

Foto: Sergio Parra.

 

José Luis García-Pérez (Sevilla, 1972), un clásico del teatro y del cine español, se hace uno con la locura in crescendo del personaje. Sin gritos ni estridencias. Sin la impostación que tanto viene dándose últimamente en los escenarios madrileños, donde la hiperactividad facial de los actores acompaña cualquier sentimiento.

La de García-Pérez es una locura del rostro: cuando la realidad apisona los sueños de Ivanovich y su alma se quiebra, la tristeza más absoluta invade la cara del intérprete. Una transfiguración suave, apenas perceptible. Unos ojos que atraviesan el graderío y transmiten una melancolía inmensa, dueña de la mente y el cuerpo del idealista. La de García-Pérez es la piel de la bilis negra. Tras la desazón amorosa, llega el momento de la cabeza baja, la mirada de hito en hito, las preguntas existenciales, el regreso a la cama-útero, la caída vital de todo un sistema.

No ha nacido este Axenti Ivanovich para la ambición, las especulaciones, las reverencias destinadas a subir en el escalafón. El solitario anhela desea ser amado por Sophie, la hija del director del Ministerio. Y su locura, que ya vislumbramos en su primer parlamento acerca de la perra Madgie, corre paralela a la suerte de la joven.

Debajo de la locura de Ivanovich, que marcan las fechas locas del calendario otoñal, Gógol esboza un perfecto retrato de la Rusia zarista, de la Petersburgo de la mítica Perspectiva Nevski con sus grandes damas que imitaban a la Inglaterra victoriana, rodeadas de pequeños pequineses, entrando con rapidez y suave ruido de sedas en sus carruajes para no mezclar su aire con el de los campesinos negros que cargan frutas para la venta.

Una sociedad estamental tan fuerte como la de la Rusia de la segunda mitad del XIX no permite los ascensos rápidos, a menos que la cuna sea noble. Los generales, coroneles y aristócratas se casan entre ellos para que todo permanezca igual. Dentro de ese mundo, un funcionario de cuarenta años, no tiene cabida. Teoría de las élites.

 

Diario de un loco.

 

Diario de un loco tampoco ha caído en el tópico de querer actualizar una obra ya de por sí atemporal. Y es que los conflictos planteados por el escritor ruso tienen plena actualidad (corrupción, ineficacia de la burocracia, abundancia de chupópteros en torno a los grandes cargos, clientelismo), además de una cómica casualidad: Ivanovich, en su locura, cree ser el nuevo rey de España, tras la partida de Isabell II y el fracaso de la I República. Una locura de ficción paralela a otra real: mientras nuestro loco vuela a través de Europa para sentarse en una sala de trono, un príncipe italiano, Amadeo de Saboya, venía a ocupar el verdadero, en una aventura que le dejaría marcado de por vida. Acabaría retornando a su país, como Aksenti acabaría de inmigrante en la patria común a todos los locos: el psiquiátrico.

Nadie está libre de ser atacado por la melancolía, incluso los espíritus más optimistas. La enajenación o la despersonalización puede convertirse en una okupa corriente de la mente, incluso de las más privilegiadas. O, precisamente, común a las privilegiadas.

Quien no lo haya padecido puede aproximarse a ella en el Matadero. La ruptura del silencio social, lo que nadie te va a contar (es demasiado íntimo el sufrimiento, demasiado pudoroso) se puede ver en la piel de un ruso del XIX: Y quien lo haya sufrido, se reconocerá tanto y tan bien que sentirá que la soledad del dolor mental está superada por una hermandad común a todos los que la albergan. Ése es el gran mérito de Luque y García-Pérez: reescribir un diario común a tantos como bordean la locura, donde cualquier acepción psiquiátrica es aceptada.

Tras este Gógol, Luque volverá a formar tándem con Paco Bezerra para montar una nueva obra. Mientras tanto, el loco Ivanovich seguirá rodando.  Está suelto y no es peligroso. O tal vez sí, para las infelices mentes que se creen a salvo del más común de todos los males.

 

Diario de un loco

Autor: Nikolái V. Gógol.

Versión: Luis Luque y José Luis García-Pérez.

Dirección: Luis Luque.

Intérprete: José Luis García-Pérez (Aksenti Ivanovich).

Lugar: Naves del Español. Sala 1.

Fechas: Hasta el 17 de noviembre. De martes a sábado, a las 20.00h; domingos, a las 19.00h.

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