POR FAVOR, NO ME RESPETE MI OPINIÓN

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Por Oscar M. Prieto. “Un hombre que nunca discrepa es como una semilla que nunca nacerá” escribió Bertrand Russell. La propia etimología de la palabra discutir confirma esta opinión del elegante sabio inglés. Discutir viene del latín discutere, y éste a su vez se compone del prefijo dis, que aporta la connotación de separación, y de la raíz quatere que significa sacudir. Literalmente, los romanos discutían cuando separaban las raíces de las plantas, sacudiéndolas para comprobar su firmeza. Y en verdad, cuando discutimos, sacudimos nuestras opiniones y convicciones y comprobamos, gracias a la sucesión de argumentos, si están bien fundamentadas o si por el contrario es mejor arrancarlas y sustituirlas por otras nuevas más fiables.

“No dejéis nunca de protestar; no dejéis nunca de discrepar; de haceros preguntas, de discutir la autoridad, los lugares comunes, los dogmas. No existe la verdad absoluta. No dejéis nunca de pensar. Sed la voz fuera del coro. Sed el peso que incline el plano. Un hombre que nunca discrepa es como una semilla que nunca nacerá” Arengaba el matemático y filósofo a los jóvenes.

Sí, quizás sea más agradable estar al brasero de las ideas heredadas, no abrir nunca las ventanas para que la casa, nuestra cabeza, se ventile. No vaya a ser que cojamos un resfriado por estar expuestos a alguna idea nueva. Discutir implica lo contrario, exponerse, abrirse estar dispuesto a cambiar y a recibir puntos de vista distintos al nuestro, esto es, a enriquecernos. En una discusión no hay nunca –salvo en las tertulias televisivas, pero no es de esas discusiones de las que estoy hablando- vencedores ni vencidos, y quien la interprete así se equivoca, incluso, me atrevería a decir, que es un grosero, puesto que tener razón es una falta de educación y demostrarlo una grosería. El mismo acto de discutir mejora a los contendientes, siempre que estos se entreguen a la discusión con espíritu honesto. Porque, ya dejó dicho Zarathustra que “la verdad no se colgó nunca del brazo de un incondicional”.

Durante mis años de profesor en la universidad, cada inicio de curso les advertía a mis alumnos de las dos únicas condiciones que tendrían vigencia en mis clases a lo largo del año. La primera la recitaba con el verbo rotundo de Unamuno: “El haber besado los pies de Cristo, no es disculpa para escribir con faltas de ortografía”. La segunda, más provocadora en su expresión, les informaba de que allí no se respetaría ninguna opinión. Siempre había sido yo de esta opinión, de no respetar porque sí las opiniones, pero cuando escuché a Gustavo Bueno decir que él no respetaba las opiniones por principio, me reafirmé en ello.

No se respetan opiniones. No señor. Y no se respetan porque es muy nocivo respetar las opiniones. Es pernicioso, nefasto, sobre todo para aquel al que se le respeta la opinión de entrada, sin necesidad de más. “Respeto tu opinión”, nos dicen, como si de un mantra se tratara, como si decir que respetamos la opinión de otro nos hiciera más civilizados y modernos. Discúlpeme usted, pero yo no quiero que respete mi opinión, como tampoco voy a respetar la suya. Quiero que me respete a mí y, en la medida en que me respeta, se tome la molestia de ser franco y decirme la verdad, lo que de verdad piensa sobre lo que yo estoy opinando. Y si resulta que piensa que lo que opino es una estupidez, por el respeto que me tiene, le pido que me lo diga, incluso, si lo opina conveniente, llámeme estúpido.

No, no es nada bueno respetar las opiniones. Si todo el mundo nos dice que respeta nuestra opinión, seguramente volvamos a casa, caminando con expresión bobalicona en la mirada y con las manos en los bolsillos, satisfechos por regresar un día más con nuestra opinión a salvo. Si todo el mundo nos dice que respeta nuestra opinión, o dicho con más exactitud, si todo aquel a quien le exponemos nuestra opinión sobre algún tema, se calla lo que piensa de nuestra opinión, nunca tendremos la oportunidad de probar hasta que punto nuestra opinión merece la pena, por estar bien fundada, perderemos la ocasión de mejorarla con otros argumentos o, sin rasgarnos las vestiduras por ello, la ocasión tan saludable, por otra parte, de cambiar de opinión. Porque esta es otra: no todas las opiniones son iguales. No señor, las hay más fundadas y las hay menos y, por tanto, no todas merecerán el mismo respeto. Así que le pido, señor mío, que me respete a mí y en la medida en que me respeta sea honesto conmigo al discutir y me diga realmente lo que piensa. Se lo agradeceré.

Tanto afán de consenso está convirtiendo este país nuestro en un páramo intelectual, bastante yermo. Si la vida es movimiento, nada más dinámico para el pensamiento que la discusión. No temamos al conflicto. Maquiavelo en sus Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, demuestra que en la Historia es el conflicto, el debate, el que hace avanzar la libertad a grados cada vez más elevados y más extensos. El pensamiento avanza también por los caminos conflictivos, no por los ya trillados.

Leo en un periódico: “Un hombre sufre un disparo durante una discusión sobre Kant. Ocurrió este lunes en Rusia durante una discusión entre dos hombres sobre el autor de la Crítica de la Razón Pura”

Me emociona esta noticia. No por el disparo en cuestión, sino por la pasión de estos hombres al discutir, como para llegar a ese extremo. Me parece envidiable. Me importa un bledo el detalle que añade la noticia de que los hombres estaban borrachos. Lo único importante, es que discutían sobre Kant y, como parece demostrado, lo hacían sin respetar la opinión del otro. Me parece imposible que esto pueda suceder en España. Imposible y no porque en España seamos más civilizados, imposible, sencillamente, porque en España apenas sabemos quién fue este señor llamado Kant y lo que significa en la Historia del Pensamiento. Veo más factible que se llegue a las manos por discutir sobre qué portero debe ocupar la portería. Y hasta esto, estaría bien siempre que se argumentara. Qué diferencia con aquellos atenienses coetáneos de Esquilo, que se pegaban a la salida del teatro discutiendo sobre las tragedias que acababan de ver.

En fin, como dijo Kant en su lecho de muerte: genug. Ya basta, es suficiente.

Oscar M. Prieto

Escritor

 

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