Autopsia

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Autopsia. Miguel Serrano. Editorial Candaya. 400 págs. PVP 18€

Por Héctor Tarancón Royo

portadaautopsia259x390«Pero no basta, en algún momento retiramos la lupa, desconcertados, no hay llama pero hay que seguir viviendo, alguien nos ha engañado, nos dijeron que ardería, que la lupa y el papel nos permitirían incendiar el mundo, quemarlo, reducirlo todo a cenizas. Pero era mentira» (p. 24). En las primeras páginas Miguel Serrano Larraz (1977) va caldeando el ambiente de su última novela, donde los protagonistas se mueven entre el abandono y la destrucción absoluta, entre el incierto éxtasis festivo y la ingenua fugacidad de la amistad, y, en definitiva, entre las malas experiencias y las injusticias propias de la juventud.

En este contexto, el protagonista, Miguel Serrano, relata las diversas manifestaciones que puede encarnar el abuso: la agresión física, la presión social, la soledad del individuo, el amor incomprendido y, sobre todo, el temor ante la llegada del fracaso absoluto. Diferentes traumas que conforman una red, como bien señaló Hal Foster en El retorno de lo real (1996), que vuelven de manera diferida, porque son hechos que no se pueden superar. Un abuso que el propio protagonista confiesa haber ejercido, por lo que el texto participa también de una cierta esperanza redentora.

Relatar una visión injusta de la que también se ha participado es, en definitiva, uno de los muchos reflejos que se van diseccionando a lo largo de la obra. Ningún acontecimiento ni personaje tiene un punto final al que sujetarse, todos los elementos se difuminan al ofrecer diferentes panorámicas que, tremendamente contradictorias, forman parte del mismo hecho. La ambigüedad propia de la vida se traslada de manera literal a la novela, por lo que al final es imposible distinguir qué partes prevalecen sobre las otras o, en definitiva, cuál es la parte verdadera, cuál es la sensación final.

Unos tintes que además se inscriben en el modo de operar de la memoria: «no soy lineal, siempre recupero detalles a mitad de la historia, como la gente que no sabe contar chistes. Me pierdo» (p. 279). Así pues, los acontecimientos se narran en diversos ritmos y temporalidades para ofrecer también el retrato de toda aquella generación de la década de 1970, que recuerda en algunos tramos al efectuado por Agustín Fernández Mallo en su Proyecto Nocilla.

«Solo soy lo que digo, unas manos, una conciencia en movimiento, tal vez un transmisor, un médium» (p. 14). El discurso comienza de forma segura, monolítica: cada capítulo contiene un solo párrafo, pero poco a poco, el arrepentimiento, el dolor y la premura por terminar hacen que cada parte se vaya fragmentando, ofreciendo diferentes fractales que, al final, también se van acortando en extensión: en voz baja, como un susurro, el protagonista ansía el final con todas sus fuerzas para terminar con el sufrimiento, para superar el trauma infantil. Será la tarea del lector escudriñar si es posible la redención ante los malos actos.

Pero, ¿a quién pertenecen estas experiencias? Un error común podría ser el de asociar la biografía del autor con las experiencias del protagonista. Pero no es el caso, tan solo se trata de una metaficción cuidadosamente planteada, que bien puede combinar diversas referencias: el monólogo obsesivo de Reger en Maestros Antiguos (1985), de Thomas Bernhard, plagado de alusiones, ironías y críticas que articulan, al final, la búsqueda de la esencia del amor humano; y la multiplicación de voces en Ciudad de Cristal (1985), de Paul Auster, donde el protagonista se desdobla en varios personajes de forma simultánea. Así, se produce tal multiplicidad que, en ocasiones, los hechos se oyen como un eco lejano, que se va repitiendo y vuelve hacia nosotros.

La sangre borbotea caliente, la nostalgia reverbera en el ambiente, la lágrima combina de manera indeleble realidad y ficción. Un Miguel Serrano se halla sobre la mesa de operaciones, pero la pregunta es sencilla, en voz baja: ¿puedes enseñarme a construir un relato tan fascinantemente perfecto?

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