El hombre bicolor

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El hombre bicolor. Javier Tomeo. Editorial Anagrama, 2014. 120 pp. 12,90 €

Por Francisco Arbós

Me llamo Hermógenes W., he cumplido ya los cuarenta años y tengo los ojos de distinto color. Mi ojo derecho es azul celeste y el otro verde esmeralda. Puede que si tuviese tres, el tercero fuera amarillo.

Maquetación 1El hombre bicolor (Anagrama, 2014) es la novela póstuma de uno de los narradores españoles más valientes de los últimos cincuenta años. Hablamos de Javier Tomeo (Quicena, 1932 – Barcelona, 2013), es tipo con «cara de patata» –en palabras de Ignacio Echevarría– que nos dejó huérfanos en junio del año pasado, y cuya enorme envergadura física nunca pareció guardar demasiado correlato con la apariencia que solemos conceder en nuestro imaginario a los escritores de alta literatura. Sin embargo, a Tomeo debemos agradecerle algunas de las páginas más novedosas y brillantes de la literatura contemporánea en castellano. Hablando en plata, el autor de Amado monstruo es un rara avis a la altura de Boris Vian o Franz Kafka. Su voz atesora la misma potencia narrativa, rayando muchas veces el delirio, y una asombrosa capacidad para embriagarnos con historias alegóricas sacadas de la paleta del pintor más trastornado. «Mi mundo y mis personajes han sido el Ello freudiano, lo inconsciente, las pulsiones», confesaba este autor aragonés para quien Buñuel era un Dios. También le agradecemos el que nos haya legado, a pesar de sus terribles circunstancias –envío el manuscrito a Jorge Herralde desde ese hospital donde agonizaba–, una obra tan relevante desde el punto de vista estético como rica en pensamiento en estos tiempos de bagatelas.

El hombre bicolor narra la extraña aventura de Hermógenes W., quien una mañana de finales del siglo XIX aterriza en una pequeña ciudad para reclamar el pago de los impuestos correspondientes. De su éxito depende el que deje de ser un oficial de segunda para convertirse en todo un Inspector del cuerpo de recaudadores. Sin embargo, lo que encuentra a su llegada es una ciudad extrañamente vacía, como si todos su habitantes acabaran de abandonarla a marchas forzadas ante la amenaza de una plaga. A partir de aquí, todo lo que puede hacer es mantener la calma mientras espera que sus víctimas recuperen la normalidad de sus vidas. Se instala en un hotel frente a la plaza principal, alrededor de la cual dos perros de raza desconocida atestiguan su fantasmagórica presencia mediante ladridos trasnochados y donde las hojas de los árboles no responden con su movimiento a la dirección del viento. Desde lo alto de una colina situada fuera de los límites marcados por esa muralla medieval que cubre la ciudad, le contempla silencioso un castillo vampírico. Todo lo que rodea a Hermógenes inspira una creciente desolación y una amenaza latente: que se pervierta el  orden del universo hasta convertir la soledad en algo inevitable… y la identidad en algo improbable.  

…algunos días, cuando más me duele la soledad, me parto en dos y cambio impresiones con mi otra mitad.

Esta novela de apenas ciento diez páginas tiene la inusitada virtud trasladarnos a un mundo bastante parecido al nuestro. En él conviven el ciudadano satisfecho de su convencionalidad, el protestatario con ánimo de revertir la proporción de poderes –el subconsciente de Hermógenes–, y el político dispuesto a adulterar la baraja para repartir las mejores cartas allí donde los beneficios parecen más evidentes –una presencia fantasmal que se intuye a lo largo de toda la novela. Queda claro desde un principio que el protagonista no sabe a cuál de sus identidades aferrarse, y que quienes fomentan esa discordancia se contentan con esperar la carroñera recolección de los restos.

El hombre bicolor remite a dos de los pensadores literarios más relevantes del siglo XX. Su Boromburg nos recuerda a la Comala de Juan Rulfo, con esa misma parentela venida del Tártaro para recuperar algo de su vida extinguida, y su personaje de Hermógenes parece una mezcla perfecta entre el Josef K. de El proceso y el Gregorio Samsa de La metamorfosis. Su trama es dinámica y envolvente, y su trasfondo remite a una situación sociopolítica que poco tiene que ver con la ficción. Boromburg podría ser cualquier ciudad de Occidente, Hermógenes W. la extensión psíquica de un ciudadano confundido por tanta mentira, y esa presencia fantasmal la representación literaria de un vampiro político dispuesto a chupar la sangre de sus votantes. Juan Benet acusaba a Tomeo de hacer «croquetas literarias», libros de idénticos sabor. Sin embargo, se me ocurre que tal vez esa fijación con lo absurdo, lo raro y lo monstruoso venía impulsada por el poco caso que se le hacía desde las altas esferas editoriales y académicas.

Javier Tomeo puede descansar en paz. Las palabras y las imágenes fueron suyas, y todo lo que vino a continuación pura contingencia. Ya lo decía Sartre.

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